Serapio

Jorge Luis Reyes López

La construcción de vivienda en Zihuatanejo ha pasado por etapas distintas en la forma y el uso de materiales.

La palma redonda, tanto como la palma de coco, han sido proveedores constantes en la elaboración de casas. En la década de los años cincuenta, las habitaciones populares se construían principalmente con madera. Horcones, soleras y murillos eran cimiento y parte de los techos hechos con palapa. El piso, mayoritariamente, era el suelo. Poco a poco surgieron paredes construidas con adobe. Un antecedente cercano fueron los muros de bajareque. Lo que se conoció como “vaso de la casa” lo constituían los horcones, que cumplían la función de las modernas columnas de concreto o de acero.

En forma horizontal se liaban con bejuco o se aseguraban con clavos las varas, generalmente llamadas “patas de venado”, formando una especie de molde al dejar a los horcones en el centro, ya que ellos eran la fortaleza para construir esas paredes huecas que luego se rellenaban con barro, piedra o estopa de coco, lo que daba frescura a la estancia y permitía tener un aislante del ruido. El adobe fue una innovación importante en cuanto a la construcción de paredes. De hecho, dio pie a los primeros techos de teja de barro.

Para la década de los sesenta ya había casas con paredes de tabique y techos de teja o concreto.

Las tabiquerías tuvieron un rol importante en el desarrollo urbano de Zihuatanejo: tabique, teja, petatillo, cuñas y baldosas se producían en las factorías de lodo y barro. La mayoría de los tabiqueros eran originarios del pueblo llamado El Conchero, situado a la orilla de la carretera, poco antes de llegar al puerto de Acapulco.

La producción específica tiene procesos diferentes, aunque al final todos se agrupan en el mismo lugar: el horno.

Hacer tabique requiere elegir tierra de buena calidad que no esté muy contaminada con barro. Encontrado el lugar ideal, se desarrolla toda una estrategia de operación: ubicar el sitio más conveniente para construir el horno; elegir dónde estarán los patios para tender y secar el tabique. El círculo de esta primera etapa se cierra con la conveniencia de colocar el área de corte y batido de tierra para convertirla en lodo, asegurándose de que esté en estrecha cercanía con el patio.

Hacer teja es diferente. Se requiere fundamentalmente de barro, al que frecuentemente hay que atemperar para evitar que el producto se reviente.

Una de las primeras tabiquerías fue la de don Víctor Reyes Ruíz. Actualmente esos terrenos están ocupados por las viviendas de Infonavit La Parota y por una gran tienda de autoservicio.

Los patios tenían que estar impecables: bien nivelados, lisos, sin estorbo alguno. Cada tabiquería tenía su propio estilo: algunas trabajaban en equipo, otras en solitario. Una vez cortada la tierra con barreta o azadón, se distribuía formando un círculo, dejando el centro vacío; ahí se vaciaba el agua. Después, con el azadón, se mezclaba con la tierra mientras se batía y se agregaba agua hasta obtener un lodo pastoso y consistente, que sería transportado en unos discos hechos con alambrón con los que se formaba el aro. Desde las orillas de ese aro surgía un entramado de alambre recocido que convergía en el centro formando una telaraña de finos hilos metálicos.

En el patio yacía un molde de madera, generalmente de seis rectángulos, llamado gavera, donde se vaciaba el lodo. El tabiquero lo amasaba asegurándose de que no hubiera huecos internos. Una vez compactado, pasaba por encima de la gavera un racero metálico, una especie de cinturón corto con el que emparejaba y alisaba la superficie de cada bloque destinado a ser tabique.

Los trabajos iniciaban de madrugada para que, al asomarse los primeros rayos solares, los tabiques comenzaran su proceso de secado. Por la tarde, ya oreado el tabique, se desbabillaba, es decir, se le cortaban los sobrantes de lodo que se habían salido del molde. Después se colocaban de canto para que, al terminar el día, estuvieran estibados de manera tal que quedaran expuestos al sol dos o tres días más, hasta quedar totalmente secos y fuera de los patios.

La teja tenía un proceso diferente. Se usaba barro mezclado con algún material que lo cohesionara, frecuentemente llamado “liga”. Era el pajoso de burro, caballo o mula el más utilizado, pero nunca el de vaca. Se recogía en costales yendo a los potreros. Después, en las tabiquerías, se amontonaba y con un garrote se majaba hasta desmenuzarlo. Era un vegetal fino que se mezclaba con el barro.

Convenientemente se trabajaba en pareja. Uno moldeaba el barro en una tabla lisa y perfecta, donde colocaba un rectángulo hecho por un herrero. La parte superior era más ancha que la inferior. Aproximadamente treinta centímetros más abajo había otro banquito formado por una tabla horizontal clavada sobre dos minipostes. Ahí se colocaba lo que se conocía como “burro”: un molde curvo con mango, frecuentemente hecho con madera de parota.

El cortador colocaba con cuidado en el burro el barro salido del molde e iniciaba otra tarea: el tendedor —así se llamaba quien manejaba el burro— llegaba al patio, se hincaba y depositaba el molde. Alisaba el barro y, con sumo cuidado, lentamente sacaba el burro, asegurándose de que la futura teja no se cayera. Ahí permanecía todo el día asoleándose. Por la tarde era levantada y colocada en forma vertical para culminar el secado. Dos de los mejores tejeros de esa época eran los hermanos Nogueda: Esteban, que cortaba, y Félix, que tendía.

El último eslabón del proceso era quemar el tabique y la teja. Algunas veces la horneada era solo de tabique; otras era mixta. En este caso, las tejas siempre serían las capas superiores.

Quemar era un arte lleno de sabiduría. Por lo general, los hornos eran de dos tipos: el conocido como “de campaña”, que era una excavación en el piso, y el que se hacía a cielo abierto. Todos los hornos tenían dos bocas que terminaban sin salida. El combustible usado era la estopa de coco, vendida por los copreros después de haber extraído la pulpa seca. Se transportaba en carretas con redilas improvisadas con varas y tiradas por bueyes.

Los quemadores no se bañaban después de quemar ni se lavaban el rostro si no habían transcurrido al menos tres días. Corrían el riesgo de quedar ciegos si lo hacían. El horno se forraba con tabique crudo, enjarrado con lodo en las puntas, formando una costra que evitaba que se escaparan el fuego y el calor. Las esquinas de los hornos eran referencias obligadas para suspender la alimentación de combustible. Cuando el fuego llegaba al techo, se aventaban estopas de coco para reforzar la lumbre arriba y que la cocción fuera pareja.

Nunca los atizadores estaban exentos de pasarse de calor. Cuando esto sucedía, el tabique o la teja sufría una metamorfosis caprichosa: su color rojo esperado se convertía en tornasol y su cuerpo retorcido emitía un sonido metálico al golpearlo. Los viejos tabiqueros decían, cuando esto pasaba, que el quemador había “fundido” el tabique o la teja.

Gindo Morelos, Librado Reséndiz y Chico Campos Galeana eran los carreteros más ocupados. Ellos transportaban desde los asoleaderos de copra el bonote hasta las tabiquerías.

Tabiqueros fueron Román Juárez, don Severiano y don Luis Martínez Santana.

Tabiquerías se establecieron en la parte baja de la actual colonia Vicente Guerrero. Eran terrenos propiedad de Salvador Espino, que los rentaba, y en lo que ahora es la colonia Ignacio Manuel Altamirano.

El tabique o la teja eran transportados de las tabiquerías a las obras en carretas de cajón; ya no se usaba la figura de redila. Con el paso del tiempo, camiones de redila fueron adecuados para transportar los productos colocándoles costeras alrededor. Finalmente llegaron los famosos vehículos llamados volteos.

Sin embargo, todos, absolutamente todos los transportes necesitaron cargadores: uno abajo, en la tierra o desde el horno, lanzaba el tabique; otro, arriba de la carreta o del camión, lo recibía y acomodaba. La teja, como siempre: cara y delicada. Se acarreaba y subía en hombros, y se colocaba verticalmente para evitar que se quebrara el menor número posible antes de llegar a su destino. Algunos cargadores eran suficientemente hábiles para saber lanzar y cachar la teja.

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