Serapio

Jorge Luis Reyes López 

Lapo camina con soltura por entre el caserío del pueblo. A su carácter relajado se agrega el ambiente despreocupado de los habitantes. Este Zihuatanejo no tiene prisa. Nada externo lo sobresalta. No hay congojas. El viento parece acariciar, inyectando optimismo y buen humor, como despejando el pensamiento. El viejo curandero toma atajos para cambiar sus rutas internas. Las viviendas se establecen en áreas que rehúyen la zona lacustre, que es extensa. Las casas están regadas en un territorio relativamente pequeño. Muchos hogares tienen grandes patios donde abundan los huizaches, que son aprovechados doblemente: burros, caballos, vacas y mulas se alimentan de sus vainas. El otro beneficio que brindan sus ramas es bien utilizado por las gallinas, que las convierten en su dormitorio.

Hay solares vacíos donde libremente crecen plantas medicinales que acrecientan la botica herbolaria del abuelo: la susucua para el piquete de alacrán; el atuto o el cirián para aliviar la tos; el cascalote, con sus pequeñas vainas anchas, planas, de color café cuando está maduro, tiene adentro una especie de polvo amarillo que parece azufre. La corteza, hojas y flores son medicinales: puede ayudar en casos de diarreas no tan agresivas. Facilita desinflamar la piel o la garganta. En las heridas ayuda a acelerar la cicatrización lavando la zona afectada o haciendo cataplasmas de la corteza. Ni qué buscar cuando hay encías inflamadas o dolor de garganta. Las infecciones en la piel son combatidas con éxito. Sirve como curtiente. Lapo, por lo general, lo usa haciendo té de la corteza o de las vainas. El viejo tiene cuidado en no excederse en su preparación o uso para evitar estreñimiento o irritación del estómago. Nunca se lo da a las embarazadas o si sospecha que alguien tiene problemas con el hígado.

En la mediagua de la casa de su hija Ramona, el cascalote ayuda también a los arrieros, brindándoles seguridad cuando apersogan a sus cuadrúpedos. Al atarlos con sogas quedan bien sujetados al tronco del árbol corrioso.

La variedad herbolaria en el pueblo es considerable. Algunas otras necesidades hay que resolverlas subiendo al cerro porque ya no las encuentra en el puerto. El suelo tiene humedad. En las partes secas frecuentemente se encuentra agua a menos de cincuenta centímetros de excavar. Zihuatanejo está lleno de charcos y de una laguna que crece y decrece sujeta a los caprichos de cada temporada de lluvias.

El solar donde Lapo tiene su torito, esa modesta vivienda, cuenta con un patio de buen tamaño. Atrás, a no más de cincuenta metros, está la orilla de un remanente de la laguna, suficiente para albergar vida en sus aguas.

Ramona, Esperanza y Soledad, vecinas del barrio del huizache, llevan meses reuniéndose entre el espacio que separa la laguna de los patios de sus casas. Lo hacen antes de que el sol se oculte. Lo han convertido en un ritual. Como si tuvieran reloj, cada una saca una silla de madera, tejido el asiento con fibra de la palma de soyate, y la coloca en el lugar de costumbre. Ese lugar existe atrás de la cuadra central de tres que tiene la calle actual llamada Ignacio Manuel Altamirano, paralela a la calle Antonia Nava, que no existían por esos ayeres.

Ahí, en el crepúsculo, las tres mujeres charlaban mientras cada una peinaba con suma paciencia su pelo, ayudadas con una peineta y un poco de aceite de coco. Ramona, con el pelo negro que le llega a la cintura, se tarda más en acicalarse. Soledad, pelo lacio y menos largo. Esperanza, con el pelo más corto y quebrado. Las conversaciones eran un abanico de las experiencias vividas cada día, salpicadas con nombres y acontecimientos que en el pasado o el presente habían conmocionado a la comunidad.

El viento riza la superficie de la laguna y les llega de frente, moviéndoles el cabello y refrescando su semblante. Parecen figuras sobresalientes que hubieran causado un entusiasmo sin igual en Edgar Degas. Las tres mujeres, pienso, superarían como modelos al cuadro Mujeres peinándose. Las sillas, la laguna, imagino, serían atrapadas por la mano maestra del pintor parisino que falleció en el año de 1917. Una escena colorida, a la que no idealizaría porque no era su estilo. Colores que brillarían como el crepúsculo, capturando los movimientos de las manos recorriendo el pelo con suavidad.

Las mujeres, ajenas a cualquier consideración, reían con discreción moderada y elegante. Hablaban de cosas cotidianas: el nixtamal que molieron a mano en el metate, o el incidente que casi se convertía en accidente cuando la manija del molino daba vueltas mientras adentro, al fondo del recipiente, una especie de broca gira triturando los granos de maíz y expulsándolos en forma de masa. Al tiempo que la mano empuja el nixtamal al fondo surge el peligro: cuando la distancia se calcula mal, los dedos pueden ser triturados.

R: ¿Cómo les fue el día con los alimentos? E: Hice unas gordas de manteca con machigüe. S: Le compré un litro de leche a don Jorge, el del conejo. Con eso les di un plato de pachomata. Alcanzó para todos. R: Tenía verdolagas y las guisé con huevos. Les llené el tecomate de tortillas. Ninguno se quedó sin comer. S: ¿Y a medio día? R: Trajeron un armadillo. Lo guisé en salsa verde. E: No se me antoja. R: Sabe bien. Lo único es que hay que ser cuidadosos con el choquío. La carne es blanca y blandita. Lo pongo a reposar en limón. Después lo hiervo antes de pasarlo a la cazuela. Ahí lo mezclo con los recaudos hasta que hierve. Entonces retiro los tizones y lo dejo que se consuma un poco con el calor de las brasas. S: Me fiaron un kilo y medio de carne con hueso en la carnicería de don Pedro Jiménez. Hice caldo y tortillas quebradas. E: Nosotros comimos caldo también, pero de huachinango. S: Estamos aquí sentadas platicando, pero al rato nos toca hacer la cena. E: No es tan pesada. R: Depende mucho de la costumbre. Si comen ligero o pesado. Hoy solo habrá té de limón y pan. S: No pos sí. Los míos son bravos. Quieren enchiladas. Dejé remojando los chiles guajillos ya desvenados. En un ratito llego, pico cebolla y les desmorono el queso seco al servirlas y asunto terminado. E: Yo les daré gordas de harina con sal, frijoles y queso seco. ¡Y a dormir!

Las tres estallaron en carcajadas. Parecían niñas despreocupadas. Frente a ellas, un perro negro, criollo, llamado Relámpago, se paseaba nervioso. Traía las orejas ariscadas y no le quitaba el ojo a la laguna. El sol se había ido. El cielo tenía colores encendidos diversos. Era una combinación hermosa de formas color naranja, tornasol, un juego de colores cambiantes: azul, verde y violeta iridiscentes con destellos dorados. Parecía que el cielo quería despedir a las mujeres con una visión alucinante que les levantara el ánimo antes de hacer la última tarea del día. Así parecía.

El Relámpago aumentó su ansiedad. Gruñía con ira y miedo. No se separaba de las vecinas. No podía saberse si lo hacía por instinto de protección o porque buscaba refugio. R: ¿Qué le pasa al perro? S: Sepa. Está muy raro.

Sin que lo esperaran, el can se despegó en una rápida carrera, ladrando desaforado hasta llegar a la laguna, metiéndose unos centímetros al agua. Como llegó, salió: furioso y veloz. Ya no les gustó a las mujeres la actitud del perro. Se tornaron reservadas por momentos, al tiempo que expresaban en sus rostros un intenso interés por la conducta del Relámpago. Se pararon. El perro estaba con ellas. Empezaba a oscurecer. De plano, el perro se había desbordado. Corría por la orilla de la laguna ladrando. Entraba a la laguna y chapoteaba con furia las manos en el agua.

—¡Se volvió loco este animal! —No, algo malo pasa; es mejor que regresemos a nuestras casas.

Cada una tomó su silla. Entonces pasó. Del centro de la laguna emergió una figura entre color café y negro, con el agua escurriéndole por su cuerpo. Se veía alto. Casi dos metros. Brazos y rostro no se parecían a nada humano. Asustadas, las mujeres se miraron.

—¡Vámonos! —Que nadie sepa. —Juremos que nadie lo sabrá.

El perro estaba desquiciado. No se separaba de ellas. Esa noche ninguna familia cenó.

Un niño, en la soledad de la cama, daba vueltas sin poder encontrar sosiego; en los momentos que dormía, la figura oscura de la laguna lo despertaba sobresaltado. Muchas noches pasaron antes de que la calma volviera a sus sueños, guardando en lo más profundo de sus pensamientos el recuerdo de aquel atardecer tornasolado.

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