Jorge Luis Reyes López
El conocimiento que posee Lapo de la herbolaria local es respetable. Cada oportunidad que tiene de intercambiar hierbas, recetas o consejos con los arrieros la aprovecha cabalmente. Ocasionalmente se desplaza a las comarcas cercanas con el propósito de mantener surtida su botica personal. La hierba la utiliza como anestesia. No le incomoda ese olor a hoja quemada de mazorca seca de maíz; solo se asegura de que el humo no lo avienten en su dirección.
Hoy salió no muy temprano hacia el cerro de La Ropa. Necesitaba la susucua para curar el piquete de alacrán. Pero eso no era todo: recientemente se habían presentado algunos casos de piquetes de arlomo y necesitaba la planta correcta. Sabía que en el cerro de La Ropa la encontraría. Decidió caminar por la playa, avanzando por el Eslabón. El calor estaba fatal. Sin dudarlo dirigió sus pasos a los frondosos manzanillos que se agrupaban en la playa, justo en la base de la pendiente del cerro.
Llegó y se quitó el sombrero. Todo su cuerpo se refrescaba. La brisa marina y la espesa sombra de los árboles le proporcionaban lo necesario para descansar. Se sentó en la arena, inclinando la espalda en el tronco del árbol. ¡Qué sensación de paz y comodidad sentía! La sombra arbórea lo revitalizaba. En la arena yacían varias frutas verdes, como perones, que caían de las ramas abundantes en fruto. Sabía lo letal que era comerlas. No resistió la tentación de agrupar algunas bolitas verdes brillantes, a las que acarició mecánicamente.
No recuerda en qué momento se quedó dormido. Cuando despertó vio frente a sí a un turista extranjero que, a corta distancia, lo miraba intensa e inquisitivamente. Serapio le calculó unos cuarenta y dos años. El hombre era alto, quizá 1.80 metros; esbelto, no más de 80 kilogramos, pensó el abuelo. Tenía el pelo castaño, corto y con claras entradas; ojos azul grisáceos; tez clara; rostro alargado y estrecho; frente amplia y prominente; nariz recta, entre mediana y larga; boca mediana y labios finos; mentón marcado sin ser exagerado. Cuando sonrió lo hizo con amplitud. Un tipo carismático: esa era la imagen que proyectaba.
Inició la conversación presentándose: “Soy Timothy Leary. Vengo de Estados Unidos y es la primera vez que visito Zihuatanejo. Estoy hospedado en el hotel Catalina”. “Sí, claro —respondió el abuelo—, ese hotel es joven; lo construyeron hace ocho años, en 1952”. “Sí —retomó Leary—. Está alejado del pueblo, es muy discreto, se siente una paz monacal. Tiene una vista preciosa; desde arriba el color del agua se ve verde azul transparente. Es muy divertido bajar a la playa en ese carrito minero que se desplaza en rieles sostenido por cables de acero. Estoy impresionado por la belleza del lugar. Se respira armonía, tranquilidad. Es muy fácil conectarse con la naturaleza y con el universo”.
A Lapo lo desconcertaba el lenguaje que utilizaba. Definitivamente acaparaba la atención al hablar. “Tiene madera de líder”, concluyó Serapio. “Este hombre es algo más que un simple turista”. “Soy Serapio López Guillén, curandero y sobandero del puerto”.
Esta conversación sucedió en el verano de 1960. Zihuatanejo tenía escasos mil seiscientos y pico de habitantes. Intercambiaron opiniones sobre la medicina herbolaria, particularmente sobre los hongos mágicos, así llamados popularmente por curanderos y chamanes. “No los conozco”, respondió el abuelo, y se despidieron.
Serapio regresó a casa. Timothy hizo lo propio: volvió a Cambridge, Massachusetts, a la Universidad de Harvard, donde era un prestigiado académico e investigador. Era psicólogo clínico, investigador de estados alterados de conciencia. Fue la figura más conocida en los años sesenta del movimiento psicodélico, por su defensa del LSD y otras sustancias para explorar la mente.
En Harvard trabajó en lo que se conoció como el “Zihuatanejo Project”. Lo hizo junto a dos colegas: Richard Alpert, que después cambió su nombre por el de Ram Dass, y Ralph Metzner.
Alpert era profesor de la Universidad de Harvard, especialista en desarrollo de la personalidad y motivación humana. Era diez años menor que Leary. Medía quizá un poco más de 1.80; hombre delgado y atlético; cabello castaño oscuro, liso, bien peinado; ojos marrón oscuro en un rostro ovalado y fino; boca mediana, labios finos y una sonrisa cálida. Su expresión era amable. Elegante para vestir: le gustaban las camisas de cuello abierto. Tenía el aspecto de un joven profesor universitario. Su apariencia era pulcra, refinada. Era el más sociable de los tres. Procedía de una familia acomodada de Boston.
Ralph Metzner había nacido en Alemania y crecido en Estados Unidos. Por ese entonces rondaba los veintisiete años. También era alto, casi 1.80. Su cabello castaño claro tendía a un rubio oscuro; ojos claros, entre azul gris y verde gris; rostro angular; nariz recta y grande; boca estrecha; mirada seria, intelectual. Reservado, cerebral, tenía el estereotipo del clásico investigador universitario. Era el menos carismático de los tres. Obtuvo el doctorado en Harvard. Fue investigador de los estados alterados de conciencia, psicólogo y académico.
Leary, líder del “Zihuatanejo Project”, inició entre 1960, 1961 y principios de 1962 un trabajo extenuante a través de una convocatoria que fluía entre círculos académicos, intelectuales, exalumnos de Harvard, artistas y grupos de contracultura. Se difundió ampliamente en la red social académica. La respuesta ascendió a casi cinco mil solicitudes. Los psicólogos ya habían determinado que solo experimentarían con treinta y cinco personas. Empezarían en el verano de 1962 en el hotel Catalina, que rentarían total y exclusivamente. La segunda fase sería en el verano de 1963. Tendría una duración de seis semanas y un costo de 200 dólares al mes, con derecho a hospedaje y alimentos. Los seleccionados llegarían por su cuenta a México.
Durante más de un año realizaron entrevistas para depurar al grupo. Buscaban personas con alta apertura mental, interesadas en la psicología, la filosofía y la espiritualidad; con baja rigidez moral y gran capacidad de introspección. No aceptaban perfiles autoritarios, cerrados o con fuerte resistencia a experiencias psicológicas intensas. Evaluaban la estabilidad emocional básica, la tolerancia a estados alterados, la curiosidad sin comportamiento destructivo y, sobre todo, la disposición a abandonar el ego. La pregunta central del equipo era: “¿Esta persona puede explorar su mente sin colapsar psicológicamente?”.
El grupo final fue una mezcla de psicólogos jóvenes, artistas, intelectuales y buscadores espirituales. Exestudiantes o académicos de Harvard; pintores, músicos, escritores experimentales; bohemios de Nueva York y California; jóvenes de familias adineradas. Entre los participantes estaban el psicólogo Gunther Weil, Paul Lee —teólogo de Harvard— y algunos colaboradores del “Harvard Psychedelic Project”. La mayoría eran estadounidenses, aunque también había algunos de origen europeo.
En el verano de 1962 arrancó la primera etapa del “Zihuatanejo Project”. Todos hospedados en los bungalós del hotel Catalina. Cada participante pagaba 200 dólares por mes, con derecho a hospedaje y alimentación. Cada integrante costeaba por su cuenta el viaje a México. “Zihuatanejo Project” era un centro experimental psicológico. Crearon una comunidad intencionalmente contracultural. Experimentaron en grupo con LSD. Fue un movimiento psicodélico temprano. Su cuna: Zihuatanejo. Usaban entre 100 y 500 microgramos de LSD en sesiones grupales. Se guiaban por un texto inspirado en The Tibetan Book of the Dead. Las sesiones psicodélicas eran por la mañana: experiencias individuales y grupales. Se registraban los estados de conciencia. Interactuaban con la playa, el mar, la pesca local y se aislaban.
Los académicos buscaban un modelo de educación psicológica alternativo: conocer los efectos del LSD en grupo y desarrollar algo semejante a un retiro psicodélico terapéutico.
Verano de 1963. “¡Don Serapio, don Serapio!”, repetía una voz apremiante. Lapo salió de su torito para asomarse y ver quién hacía tanto argüende. Un empleado del hotel Catalina le explicó brevemente que, por favor, fuera a atender a un huésped que se había zafado el codo, pero que no quería salir del hotel para ser atendido.
Cuando llegó al hotel, en ese mes de julio, vio a un grupo de extranjeros que parecían ajenos a lo que los rodeaba. Afuera del círculo estaba el paciente. “No haga caso de lo que ve, don Serapio”, le recomendó el empleado. “Ahí está su cliente”, agregó, señalando al extranjero.
Lapo pidió una silla junto al paciente. Una vez que le llevaron lo que pidió, el empleado se despidió rápidamente diciendo: “No puedo estar aquí”. Agregó que, al terminar, pasara a recepción para que se le pagara.
El abuelo estaba incómodo, distraído. No se concentraba. Exploró el brazo y le dijo: “Esto te va a doler”. “No se preocupe, señor, lo toleraré”. “¿Seguro?” “¡Sí!”, respondió.
Se detuvo para mirar con calma el brazo. Luego se enderezó al escuchar una voz que le sonaba familiar. Volteó y descubrió que ese hombre era el mismo con el que conversó en la playa, a la sombra de los manzanillos, en 1960. Solo que ahora lo veía raro.
El paciente estaba descuidado y Lapo aprovechó para hacer un movimiento rápido y brusco: jaló la muñeca del brazo y, con la otra mano, empujó el codo hacia adentro y hacia arriba. El hombre sudó, gritó y pudo ver su codo arreglado.
Lapo sabía que algo pasaba en el grupo. Conocía el olor de la marihuana, y ahí nada olía parecido a la hierba. Sabía que masticar la cáscara de plátano seco puede drogarte, hacerte alucinar. Esa posibilidad también la desechó. Vio cómo pasaban un gotero por cada boca. Lapo no sabía que se trataba de LSD.
En 1938 el químico suizo Albert Hofmann lo sintetizó, extrayéndolo de un hongo que crece en los cereales: el cornezuelo del centeno. Cuando lo toman, el tiempo y el espacio se deforman; emociones y pensamientos se alteran. Aseguran ver colores muy intensos, alucinan, perciben las cosas distorsionadas; luego el tiempo se detiene o se acelera. Tienen ideas muy rápidas, difíciles de entender.
Serapio escuchó un tropel que parecía bajar atropelladamente las escaleras en dirección al grupo. Creyó que era su imaginación alterada. No lo era. Pronto apareció un grupo de hombres uniformados con los colores de Migración. Al menos pudo reconocer a uno: el de la estación de Migración que tenía su oficina en el Palacio Federal.
El 10 de junio de ese año, el periódico estadounidense Newsweek publicó el artículo No Illusions, donde escribían sobre una colonia psicológica en México en la que se experimentaba con LSD en un hotel de la costa del Pacífico. ¡Todo se colapsó! La prensa mexicana hizo eco: “LSD Paradise / Colonia extranjera en la costa”. “Experimentos psicológicos y conductas sospechosas” fue de lo más amable que publicaron. El 2 de julio, el San Francisco News-Call Bulletin publicó: “Paradise Lost by Mexico LSD Colony”.
El gobierno mexicano no aguantó la presión diplomática de Estados Unidos y Migración, días después, detuvo en una redada al grupo huésped del hotel Catalina. En esos precisos momentos los treinta y cinco realizaban actividades con psilocibina, que se encuentra en los llamados “hongos mágicos”; cuando se consumen, el cuerpo los transforma estimulando la serotonina.
Desde la Ciudad de México un avión DC-3 voló especialmente a Zihuatanejo para trasladarlos a lo que sería su rápida deportación.
Timothy Leary murió en 1996. Richard Alpert, después de la deportación, viajó a la India. Ahí conoció al gurú Neem Karoli Baba y cambió su nombre por el de Ram Dass; murió en 2019, el mismo año en que falleció Ralph Metzner. Los tres fueron expulsados de Harvard.
