Serapio

Jorge Luis Reyes López

La memoria todavía produce imágenes añejas de mujeres y varones que, algunos, no están en Zihuatanejo porque así lo decidieron o porque físicamente ya no existen. Mi memoria selectiva pone a conocidos que disfrutaban el futbol. Gozaban ellos y hacían feliz al público. Como muchos de mi generación, crecimos bajo la enorme figura de Pelé, a quien admiramos desde nuestra niñez. Ese primer acercamiento con el Rey, naturalmente, fue por la radio; después, por las conversaciones con estudiantes mayores que residían en otros lugares donde sí había energía eléctrica.

En las costas mexicanas, eso pienso, hay un vivero extraordinario de jóvenes futbolistas que nutrirían de sangre nueva al fútbol profesional, lo oxigenarían. Desafortunadamente, nadie los voltea a ver: no hay asistencia institucional para su formación física, técnica y profesional en un sentido más amplio, más allá de las canchas. Enseñarlos a ser moralmente irreprochables. Adquirir conciencia de cuidar su imagen y su cuerpo. Un deporte que los ayude a ser mejores ciudadanos; mejores padres, hijos, hermanos o, llegado el caso, mejores servidores públicos. Mejores en todo lo posible, y en lo imposible siempre intentando hacerlo posible.

La playa fue un territorio común donde se jugaba con alegría; con creatividad. Un futbol vistoso y festivo. La playa Principal, dominada por el barrio de La Noria y por el Centro; la playa de La Madera, coto de la colonia Darío Galeana.

No es que no existiera una cancha de futbol. Sí la había. El actual Hospital General Bernardo Sepúlveda era parte del campo municipal, donde además de futbol se jugaba béisbol.

Quizá aquellos que nacieron antes de 1945 no fueron muy proclives a jugar en la playa con un balón de voleibol. Ese linaje estaba familiarizado a jugar con una pelota más ruda, más intensa. Una esfera de cuero cocida a mano. Pesada, muy superior al peso actual. El peso aumentaba cuando llovía. Dolía al cabecear; a veces resultaba riesgoso pegarle con la testa.

Algunos profesores de la escuela primaria Vicente Guerrero jugaron con esos históricos balones: Francisco Ortiz, Guadalupe García Ayala, entre otros. De los vecinos y pobladores menciono a Ramón Flores Pinzón, Rubén, El Hígado Elizea, o El Nievero. Llegó un relevo de jugadores que practicaron y jugaron con el viejo balón y con las novedosas nuevas pelotas.

En el año de 1960 la escena futbolística era dominada por el artefacto de cuero natural vacuno.

Hermelindo “Melle” Velázquez López, vecino del Centro, cobró notoriedad por la fuerza con que aporreaba la pelota con el pie izquierdo… ¡sin zapatos!, a pesar del esfuerzo altruista del doctor Armando Morales Vallejo, que obsequiaba zapatos y uniforme, particularmente a su querido equipo Independiente. El zurdo Melle era el mayor de sus hermanos, casi todos jugadores: Miguel Ángel, La Quituya; Vladimir, El Pipo; Lolis; Maribel y Columba.

El puerto siguió creciendo. Aparecieron jugadores no nacidos en el pueblo que ayudaron al crecimiento del fútbol local: Velazco, El Coruco; el profesor Raúl Arriaga; los hermanos Arturo, Armando y Roberto Barajas Morales; Andrea García, El Carta Blanca, un zacatecano que supo hacer amigos.

De los jugadores locales, una familia hizo importantes aportaciones: José, La Caica; Rosalío, La Cachorra; y Martín Pineda. Todos los hermanos, buenos jugadores. Resalta José, La Caica, un portero fuera de serie que pudo brillar profesionalmente de haber tenido oportunidades.

El futbol y los futbolistas eran intensos, lo mismo que sus seguidores. No había incentivos económicos. El orgullo, la popularidad, el sabor de la victoria pagaba todos los esfuerzos. No era común que los jugadores cambiaran frecuentemente de equipos. Tampoco hacían dramas baratos revolcándose en el suelo cuando el adversario les hacía algún “cariño”.

En la playa, a partir de las cinco de la tarde, empezaban a llegar los muchachos con la intención de integrar un trabuco antes de iniciar las cáscaras. Lo mismo sucedía con las retadoras, siempre ansiosas porque anotaran gol y poder entrar al relevo. Público local, turistas nacionales y extranjeros disfrutaban de un espectáculo gratuito.

Pedro Lara Mejía, El Coco, gambeteaba con estilo, muy a la brasileña; Toño Farías, El Perro, intentando sus chilenas —total, la caída en arena no era dolorosa—; Juan Otero Souza regodeándose con sus trallazos.

En Zihuatanejo sigue habiendo jugadores con potencial, no solo en el puerto. Las comunidades urbanas y suburbanas cuentan con promesas. Sin embargo, siguen abandonados, descuidados por las instituciones del fútbol profesional.

Jugadores como Vladimir Velázquez López; Adrián, El Pato Aburto; Víctor Manuel Reyes López, Vitico; Marcelo Ruiz González, Mota; o El Venado Gutiérrez, y otros tantos buenos jugadores de la comunidad de El Coacoyul, merecían mayor fortuna. Algunos lograron, en su carácter amateur, enfrentarse en partidos amistosos a equipos profesionales de la primera división mexicana. Algunos incluso jugaron contra la selección nacional de Tanzania. Otros más lograron pisar el césped del estadio Jalisco, en la ciudad de Guadalajara, jugando en el preliminar Chivas vs América, con estadio lleno.

Hoy las condiciones han mejorado, pero no lo suficiente para cumplir las aspiraciones de los jóvenes futbolistas. Hay patrocinio. Maestros de educación física asesorando o responsabilizándose enteramente del equipo; abundan voluntarios dirigiendo partidos con buena fe, aunque careciendo de la formación técnica necesaria; los medios de comunicación se ocupan de ellos. Hay más campos, más ligas, más categorías. Hay futbol femenil. Quizá algunos muchachos estén en las fuerzas inferiores de equipos profesionales; tal vez otros estén en la antesala de debutar. No lo sé.

En todas las actividades humanas se ponderan los valores humanos, particularmente la honestidad. El futbol y lo que lo rodea no está exento.

Voy a narrar dos acontecimientos que resaltan la importancia de no mentir:

Uno. En el año de 1978, el gobierno municipal a cargo del arquitecto Armando Federico González Rodríguez y la Federación Mexicana de Futbol, presidida por el doctor Rafael Del Castillo, acordaron celebrar un cuadrangular en la Unidad Deportiva del puerto. El torneo tenía carácter oficial. El ganador representaría a México en la justa internacional a celebrarse en la ciudad de Toulón, Francia. Los equipos participantes: la selección nacional amateur, dirigida por el exjugador Jesús Del Muro; El Puebla (la fuerza inferior), teniendo como técnico a Isidro Lángara (legendario delantero centro de la selección de España en los años treinta. Ostenta el mejor promedio goleador de la historia del seleccionado, con 17 goles en 12 partidos oficiales, un promedio histórico de 1.42 goles por encuentro, marca nunca igualada en España); Zacamel (fuerzas inferiores del Zacatepec), a cargo del Piteco Sánchez; y el PROPEMEX, equipo local.

La noche anterior al inicio del torneo se celebró una reunión para discutir los términos y acuerdos a respetar durante el torneo. Fue la sala de Cabildos del Ayuntamiento la sede. Asistieron los cuatro técnicos; Efraín Meneses González, en su carácter de presidente de la liga municipal de futbol; Arturo Yamazaki, representando a la Comisión de Árbitros de la Federación Mexicana de Futbol, presentó a la tripleta de árbitros que pitarían todos los juegos. El árbitro central sería Jorge Humberto Rojano. Uno de los abanderados era Arturo Brizio Carter, de apenas 22 años. Había un representante del doctor Del Castillo.

El acuerdo más importante era la edad máxima de los jugadores: 20 años o menores. El equipo local, considerado con muchas carencias, podía jugar con futbolistas no mayores a los 24 años. El Piteco, al oír el límite de edad, arqueó las cejas mirando fijamente al técnico del PROPEMEX; en un receso lo buscó.

—¡No está parejo el piso! Conozco a los jugadores de la selección y del Puebla. Algunos vienen rasurados. Nos llevan ventaja. Tenemos que impedirlo. Tú, como anfitrión, estás obligado a apoyarme. —Piteco, ¿eso es verdad? Porque, de ser así, son deshonestos —respondió el aludido. —¡Por supuesto que lo es! —confirmó. —Como anfitrión estoy en una encrucijada. No conozco a la mayoría y de los técnicos solo a Del Muro. Tengo la obligación de procurar una buena atención. ¿Qué propones? —¡No jugar! —respondió.

Los partidos empezaban al otro día por la mañana. La afición, entusiasmada. Desde Acapulco hasta Morelia llegaban aficionados. La Unidad Deportiva, preparada. Prensa deportiva nacional, como el periódico ESTO, ya se había presentado con el presidente municipal.

Con un panorama así, los técnicos inconformes se refugiaron en su conciencia: ninguno rompería el pacto, y ambos exigieron que se asentara en el acta la decisión de jugar bajo protesta por violación al límite de edad. El torneo concluyó como naturalmente lo calculó la FMF: la selección amateur, campeona.

La otra anécdota: Hace pocas semanas se jugó en la cancha Vitico el segundo torneo Verano de Oro 2026, para jugadores de 60 años y mayores. Todos los equipos podían contar con dos jugadores de 59 años, como una concesión. Todo caminaba bien. De pronto estalla el escándalo en vísperas de jugar la final. Leyendas de Morelia, que ya había perdido la semifinal, protesta, acusa y pide que se sancione a Zihuatanejo, con quien había perdido la semifinal, por traer más de dos jugadores menores de 60 años.

Salieron a flote la deshonestidad de ambos equipos. Zihuatanejo y ningún otro equipo del torneo deberían romper las reglas. Cierto, no hay excusas. Pero —y aquí viene el “pero”— si las Leyendas de Morelia ya lo sabían, ¿por qué esperaron para protestar? Qué tal si calcularon mal. Si ganaban, no tenía caso protestar. Si sucedía, como sucedió, que perdieran, entonces el recurso de la protesta podía llevarlos a la final.

Lo que sucedió fue frustrante y bochornoso: Zihuatanejo, descalificado, se apropia de la cancha e impide que se juegue la final sin importar el aficionado. “Ganamos en la cancha y ahí nos deben ganar”. Sí y no. Sí, se deben ganar los partidos jugando. No se deben ganar los juegos con trampas. Indudablemente, lo sucedido también es responsabilidad de los organizadores. Si Morelia descubrió los fraudes, ¿por qué no hicieron lo propio los organizadores y oportunamente? Ni Zihuatanejo ni Morelia. El campeón, por decisión de gabinete, fue uno de los finalistas.

Si bien se aplaude el esfuerzo de organizar ese tipo de torneos, se reprueba la deshonestidad y la negligencia de los responsables de coordinar los juegos.

En suma, estas anécdotas solo pretenden recordarles a los jugadores que no mientan, independientemente de que otros equiperos lo hagan. Y a los organizadores, que sean más responsables y hagan su tarea con pulcritud y oportunamente.

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