SERAPIO

Jorge Luis Reyes Luis Reyes López

Ciertamente, el hombre es el único animal que comete dos veces el mismo error. En las columnas del miércoles 22 y 29 de abril escribí un equívoco sobre la misma persona: Gustavo Vargas Galeana es el nombre correcto de quien me ayudó a construir esos relatos. Más aún, él es el padre que bautizó al Barrio del Mitote con ese nombre. Para Gustavo Vargas Galeana, mis disculpas y mi reconocimiento. Dicho lo anterior, entremos en el asunto del día de hoy.

Veredas y velorios forman parte de la naturaleza de los pueblos. En el principio, Zihuatanejo tenía una vasta red de caminos de herradura que lo comunicaban con tierras que parecían lejanas. Mujeres, niños y hombres caminando entre sierras, cerros y llanuras, y por caminos que no se mueven, pero por los que mucha gente se mueve. Arrieros que traen y llevan mercaderías al puerto, al lugar donde el gran océano tiene su descanso. Los viejos caminos que se transitan en burros, caballos o mulas. Bestias cargando jinetes o tiliches. El puerto parece un pulpo con suficientes tentáculos que lo alimentan y, a la vez, alimenta. Leche, queso, jocoque y requesón se transportan de Barrio Viejo.

Dos veredas salen del puerto para unirse en la cañada de El Limón. Una serpentea entre hornos de piedra caliza por el rumbo del arroyo de El Limón. La otra pasa por la orilla de Las Salinas, sigue por el barrio de Los Hermanos y sube al cerro de Las Mesas hasta juntarse al final de la cañada; convertidas ya en un solo camino, bajaban por las tierras de la hacienda de La Puerta y continúan la ruta estrecha por una planicie con poca fronda hasta llegar al pueblo de Barrio Viejo, hoy conocido como San José Ixtapa.

El pueblo más cercano, Agua de Correa, tenía diversos caminos. El arroyo ofrecía un trayecto idílico. Se empieza por el bordo del estero frente a la playa principal, trazando un arco hasta llegar a las aguas neutrales, una breve franja donde lo dulce y lo salado conviven. Esa frontera separa al estero de la corriente de agua dulce. A partir de ahí, la vegetación es cambiante. El macizo de manglares queda atrás. Palmeras de coco de seis a quince o más metros se levantan como vigilantes voluntarios. Árboles de mango ofrecen sombra y, dependiendo de la época del año —abril o mayo—, los olores de la fruta en racimo se esparcen en el ambiente.

El suelo, lleno de hojarasca y de mangos caídos, es pisoteado en el mes de junio, algunos ya agusanados. Al avanzar, la tentación de bajar al arroyo aumenta. Tramos del lecho eran de arena fina; otros están llenos de piedras bolonchas; por allá hay piedras sembradas, grandes peñascos rodeados de pozas de hasta tres metros de profundidad. Sentir el agua arriba del tobillo, pisando esa arena más grande y más dura que la de la playa, es estimulante.

En alguna parte del trayecto la sed se presentará; entonces hay por lo menos dos opciones: encontrar un pozo de agua hecho por no sé quién. De no funcionar esa posibilidad, entonces hay que hacerlo escarbando en la arena, fuera de la corriente, hasta hacer que el agua filtrada aparezca y esperar a que el líquido se asiente claramente. ¿Cómo beber? Hincado, acercando la boca directamente a la superficie y sorber el líquido; la otra forma es juntar ambas manos formando un recipiente y acercarlo a la boca. Eso es práctico, pero no elegante.

En esta categoría nada supera a las hojas de platanillo. Esa planta, parecida al colombo, de hojas grandes y anchas, pero más pequeñas y menos verdes. La naturaleza ofrece la oportunidad, según la habilidad de cada quien, para hacer con ellas un recipiente perfecto, parecido a un cono, doblando hacia adentro cada una de sus cuatro esquinas. Lo que sigue es sencillo: sumergir en el agua el vaso vegetal y sacarlo rebosante. Saciada la sed, la mini odisea continúa.

Salir del lecho y subir por algún paredón terroso para retomar la senda. Paso a paso se miran las plantas de piña. No tan alejados de ellas, los arbolitos de cacao con una altura que varía de los cuatro a los ocho metros. Hojas grandes, alargadas, brillantes, de un color verde intenso. Del tronco delgado brotan flores pequeñas de tonos blancos o rosados. Adheridas al tronco, unas mazorcas alargadas y gruesas, con una cáscara dura y rugosa, cuelgan como adornos descuidados.

Siempre resulta grato comerlo, sabiendo diferenciar el fruto verde del maduro. El primero es verde y brillante; el otro, amarillo, naranja o rojo, de tamaño más grande y pesado. Entonces, al abrirlo, está la recompensa; el premio está a la vista: más de treinta semillas cubiertas con una pulpa blanca, dulce y jugosa. Sobran razones para paladear más de una fruta.

Las semillas, después de almacenar la pulpa en el estómago, hay que llevarlas a casa junto con otras mazorcas metidas en una tirinche, para fermentarlas, después secarlas y posteriormente molerlas en molinos de mano para sacar chocolate en forma de masa oscura que, combinada con azúcar en moldes artesanales, dará luz a unas medallas gruesas llamadas tablillas.

Terminado el banquete de las pulpas de las semillas de cacao, la caminata tiene que seguir arroyo arriba. Pronto, después de cruzar el pequeño delta formado por el brazo del arroyo de El Limón que se une a la corriente principal que viene de Agua de Correa, el olfato atrapa el intenso olor del zapotillo. Esa fruta, parecida a la almendra, con un sabor profundo, obliga al afortunado a ruñir hasta la última ofrenda de la corteza.

Sentarse bajo la sombra, recargado en el tronco del árbol mientras se vive un aquelarre de olor; se mira el espejo de agua, interrumpida su calma sin movimiento aparente por la fantástica velocidad del tequereque, que se desplaza por la superficie sin hundirse, poniendo en el pensamiento el imperio de la velocidad sobre la gravedad.

Ya descansado, se sigue el camino que lleva a la población de Agua de Correa, alejándose del arroyo para internarse en un espeso bosquecillo plagado de árboles altos, fuertes, frondosos, con sus copas entrelazadas generando una sombra espesa, fresca en el día y pesada por las noches debido a su absoluta oscuridad. Tinieblas que mortifican. Son los hujes, causantes de sombras placenteras en el día y de una oscuridad supersticiosa por las noches, soltando la rienda a las fantasías, como la del perro negro echando lumbre por el hocico y con sus ojos negros como brasa.

Dejando atrás el bosquecillo, el camino se torna franco hasta llegar al caserío.

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