SERAPIO

Jorge Luis Reyes López

Todos los escurrideros y arroyos terminan vaciando sus aguas en la bahía. En sus márgenes hay una diversidad de árboles que cubren parte de las corrientes. Gruesos y altos hujes, como silenciosos centinelas, extienden sus raíces. En sus ramas crecen pequeños bultos que, una vez tostados y molidos, se asemejan al café. Los avillos, con sus troncos ásperos, copas frondosas y sus ruedas con gajos que cuelgan como fruto prohibido, causan sobresaltos nocturnos cuando truenan las ruedas al abrirse. Algunos riachuelos proporcionan la oportunidad de tomar agua limpia. Los habitantes acostumbran excavar en las orillas. Hacen pozos cuadrados colocando tablas verticales en cada costado. Dejan que la arena filtre el líquido. Los cuidan y los respetan. En la parte superior los tapan también con madera. Las mujeres, a veces con el dorso desnudo, lavan ropa. Se agrupan en su tarea. Los hijos pequeños las acompañan. Las piedras de la ribera sirven como tendederos mudos. Al final, la ropa seca es doblada y colocada en la artesa de madera, que viaja sobre la cabeza femenina, amortiguando el golpe con un yagual que impide el contacto directo entre el cráneo y el recipiente rectangular.

Durante los descansos platican. Se ayudan en la vigilancia de los menores. No conviene dejarlos sueltos porque corren riesgo de ser jugados por los chaneques. Los hijos quedarían güilos. Nadie desea tener esa desgracia en su hogar solo por haber sido descuidada.

Se cuentan cosas espantosas de sucesos no verificados, pero que encantan los oídos y sazonan las charlas. Leyendas de otros lares, de otros pueblos. Cuentan de un hombre montado en un caballo negro que aparece en los caminos de herradura por la noche. Busca cobrar almas o comprarlas por dinero. En el batidero de leyendas, la Llorona es popular. El Nagual, una tradición prehispánica, tiene residencia en el puerto. Los hombres solitarios que viven en las faldas de los cerros son los más propicios para ser tenidos por sospechosos. Los curanderos, en especial. Aquí se oyen tantas cosas, de tantos lugares, que a veces algunas inocentes pasan noches acongojadas. Brujas abundan, como aquella mulata presa y acusada de hechicera, que escapó de la cárcel dibujando con carbón un barco en la blanca pared, para después subirse a la nave.

Sin duda, la tarde fue intensa en el intercambio de leyendas. Los chaneques dominan las conversaciones populares cuando de seres misteriosos y poderosos se trata.

Doña Martina tiene la casa río arriba. Hace dos años el marido se fue para el norte, dejándola con dos hijos: Noé, de ocho años, y Saúl, de seis. Para mantenerlos, lava y plancha ropa ajena. Desde que el padre de los niños se fue, no ha escrito carta alguna ni le ha mandado dinero. Ella ha perdido toda esperanza de que alguna vez regrese.

Los sábados temprano, doña Martina se levanta, prepara el bastimento para la comida del mediodía. Antes de irse a lavar, desayunará con sus hijos. No los dejará solos en la casa; tendrán que acompañarla. La ropa sucia la lleva en un costal. En una cubeta de lámina metió dos panes de jabón de cachaza, hecho con grasa de puerco y sosa. Suficientes para lavar al menos tres docenas. Esperaba que el día fuera soleado para regresar a casa temprano después de comer. En la orilla del río hay una poza sombreada por el viejo jovero; ahí lavará. Hay suficientes rocas grandes para tender la ropa y aprovechar cabalmente el calor solar para obtener un secado rápido. Mientras lava, dejará que Noé cuide de Saúl, en tanto ella se encarga de la ropa. Al terminar de desayunar, la familia camina en dirección a la poza; ahí iniciará su faena. El jovero cubre con sus ramas un amplio espacio, suficiente para protegerla del sol durante el tiempo que estará lavando.

Noé y Saúl decidieron buscar cáscaras de pochota para jugar a los barquitos. El mayor de los hermanos tenía el encargo de cuidar del menor. Se le dijo con claridad que se quedara en el río, a la vista de la madre. Si había necesidad de ir al monte, que no se alejara del río, y que de ninguna manera dejara solo a Saúl. Martina vació el costal, apartando pantalones y camisas. Pronto su atención y esfuerzo se centraron en la tarea de lavar.

Los niños, con el agua entre rodilla y tobillo, caminaban por entre la arena gruesa, divertidos con el avistamiento de los pececitos que les mordisqueaban los pies. Reían felices. Cerca de las piedras se movían algunas crías de langostinos. Todo un mundo en miniatura. “Están muy chiquitos los animalitos”, expresó Saúl. “Aquí todo es pequeño”, confirmó Noé. Se sentaron en la arena. El agua no les llegaba al pecho. Con las manos golpeaban la superficie del río, salpicando agua y carcajadas. Así, sin prisa para ellos, el sol fue cambiando su posición, disminuyendo la sombra del jovero. La piel de sus dedos estaba arrugada.

“Espérame aquí, no te vayas a mover, hermano”, le recomendó Noé a Saúl. “¿A dónde vas?” “Al monte, no me tardo.”

Al quedarse solo, el pequeño siguió sentado; pronto empezó a chapotear, entretenido por el sonido sordo que producía la corriente al ser golpeada con las palmas de las manos. Pequeñas piedras caían a su alrededor, haciendo ondas expansivas interrumpidas por su cuerpo. El niño rió haciéndose el desentendido, dando por hecho que era una travesura de su hermano. No buscó el lugar de donde salían los miniproyectiles, hasta que sintió en la espalda pequeños punzantes como alfileres tocando la piel. Volteó y lo vio. Un niño de menor tamaño que el suyo. Bien vestido. Rostro agradable, con una sonrisa amable, con las manos extendidas haciendo ademanes de invitación. En una de sus manos traía algo parecido a una fruta, quizá una naranja, que parecía ofrecérsela. Saúl salió del agua y caminó hacia el desconocido sin temor alguno.

“¿Cómo te llamas?” “Chanito. ¿Tú?” “Saúl.”

Noé regresaba al río. Una boruca parlanchina llegó a sus oídos, causándole extrañeza. Con sigilo avanzó entre la maleza siguiendo la dirección del sonido. Pudo ver, en un claro, a su hermano jugando con un extraño niño que tenía un rostro de adulto con una mirada pícara. No le gustó la invitación que le hacía a su hermano para que se adentraran en el monte. Desde su espalda gritó:

“¡No!”

Mientras abandonaba la espesura. Chanito y Saúl voltearon a mirarlo.

“¡Mi hermano no va a ninguna parte contigo!”

Chanito sonrió y, tronando los dedos, contestó:

“Así sea.”

Al terminar de hablar, solo quedaron los hermanos, desconcertados por la fulminante ausencia de Chanito.

Convertidos en adultos, Noé y Saúl sostienen que los chaneques existen, y así lo transmiten a sus hijos y nietos.

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