SOS COSTA GRANDE

(Misael Tamayo Hernández, in memóriam)

El presidente AMLO no será la etiqueta permanente de la Cuarta Transformación de México y mucho menos de Morena. Dijo ayer que se retirará en cuanto termine su mandato,  y dejará en manos de otros la continuidad de su proyecto transformador de México.

Fuentes del partido señalan que el mandatario está muy decepcionado, al ver la manera en que sus compañeros de partido se comportan, y porque han hecho del movimiento más importante de este siglo en materia político-electoral, un centro de rapiña por los cargos públicos.

Y el mejor ejemplo está en Guerrero, una de las entidades más lópezobradoristas del país, donde los líderes políticos comenzaron a mostrar el cobre desde la elección de 2018.

Si recordamos, la elección interna de 2015, en la que se eligieron a los candidatos del partido para participar por gubernatura, diputaciones locales y federales, así como alcaldías, fue hasta algo infantil, de ternura, pues no recurrieron a encuestas como ahora, ni tampoco buscaron candidaturas “de unidad” como en 2018, sino que no habiendo casi nadie interesado en participar, usaron la “tómbola”, para designar a los candidatos y candidatas, dejándole a la suerte la selección de estos.

El método fue harto criticado pero fue la manera que encontraron para enviar al campo de batalla electoral a rostros nuevos de la política, a quienes les tocó picar piedra.
Pero de esa elección derivó todo lo demás. El partido logró su registro en el estado y a nivel nacional, y entonces todo fue empatándose con la movilización de AMLO rumbo a la campaña presidencial de 2018.

Ahí fue que el partido, que dicen es de todos, que es de la sociedad, que es un instrumento de empoderamiento del pueblo, comenzó a centralizarse, al más puro estilo del PRD, partido que se movía y se mueve aún a partir de “tribus”, o mal llamados grupos políticos, que actúan sin respeto de los lineamientos partidistas o estatutos.

Pablo Amílcar Sandoval dijo la semana anterior que Morena se está convirtiendo en otro PRD. Pero quienes asistimos al nacimiento del partido amarillo, podemos atestiguar que no, que Morena se está convirtiendo en algo peor, y que su pudrición será más veloz.

Del PRD podemos recordar el entusiasmo inicial, la masificación de sus bases, que al paso de los años se fueron aglutinando en torno a figurines municipales, regionales, estatales y nacionales, que además fueron siendo cooptados por el régimen prianista.

Pero el PRD tuvo que luchar a brazo partido por ganar sus primeros puestos de poder, y eso les permitió una lucha de largo aliento.

Al contrario, Morena nace prácticamente con el poder en la mano. A diferencia del PRD, que nunca llegó a alcanzar la presidencia de la República, y que quedó en unos cuantos gobernadores, así como un puñado de diputados y senadores que se estuvieron rolando el poder por 3 decenios, el partido lópezobradorista sólo tardó 3 años, desde su primera elección, para convertirse en el principal partido del país, el de mayor votación y, por lo tanto, el de mayores prerrogativas (financiamiento público).

La disputa en Morena está en todos los frentes. A causa de esa actitud troglodita, es hora que el partido carece de un dirigente estatal, así como tampoco exigen los comités municipales. Hay quienes se adjudican estos espacios, pero la verdad es que el proceso de renovación de las dirigencias nunca se concretó, porque allá arriba andaban como perros y gatos, hasta que el Tribunal Electoral les enmendó la página y los obligó a elegir a su presidente nacional mediante encuesta, proceso que también se convirtió en una rebatinga, sobre todo entre los favoritos de la militancia: Mario Delgado y Porfirio Muñoz Ledo.

Será hasta pasada la elección de este año cuando se renueven las dirigencias estatales, y para esto ya hay varios haciendo cola en la fila de las tortillas, tal y como sucedió en la elección para gobernador, que vergonzosamente la cola acumuló a 18 prospectos. ¡18! 

Hoy, algunos están sujetos por conveniencia a la decisión del CEN de Morena, otros ya volvieron a sus actividades y están indiferentes, pero otros de plano andan que el sol no los calienta y siguen en campaña.

Lo peor, que hasta demandaron al Comité Ejecutivo Nacional alegando que se violaron sus derechos políticos, cuando hay documentos firmados ellos (Pablo Amílcar y Luis Walton), para aceptar primero la encuesta como método de selección; y, segundo, para aceptar los resultados. Pero ni lo uno ni lo otro cumplieron.

Luego entonces, hay profundas diferencias entre el PRD y Morena. Podemos agregar muchas más, pero una de las más desagradables es la reactividad hacia los medios de comunicación de parte de Morena, sus miembros y  funcionarios, en contraste con lo que sucedió con el PRD, que fue un partido abierto y siempre respetuoso de la prensa.

Gracias al perredismo de los años 90 la prensa también tuvo que abrirse y democratizarse. De hecho, en esos tiempos nacieron muchos medios regionales y estatales, y fue un bum de la prensa escrita, antes demasiado centralizada.

Con el Morena de 2020 es todo lo contrario: tenemos las puertas cerradas en muchos aspectos y se ha sembrado en la sociedad la idea de que los medios con corruptos y que sacan noticias en contra de la actuación de los funcionarios morenistas porque somos antiAMLO, porque somos parte del PRIAN, y cosas peores.

Estas fallas son grotescas, porque incluso las están replicando personajes que antes fueron del PRD y que tenían una relación buena con al prensa, pero que una vez que se empoderaron marcaron distancia a conveniencia.

Así sucede cuando un político cambia de amarrillo a guinda, se siente más pejista que el Peje. Veremos en qué terminan.

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