Serapio

Jorge Luis Reyes López

Ramona fue madre de nueve hijos, y administradora, sin sueldo ni descanso, de una multitud doméstica, sabía que algunos días eran especialmente difíciles para despertar a sus criaturas.

Entre 1956 y 1960 la familia tenía un reloj viejo de cuerda que parecía funcionar con la misma voluntad de sus muchachos: algunos días se adelantaba, otros se atrasaba. Y cuando más se necesitaba, guardaba un silencio sospechoso.

Monche, como cariñosamente le llamaban algunos familiares y vecinos, tenía un método infalible, se levantaba antes que todos, a las cinco de la mañana ya estaba despierta encendía el fogón y preparaba algo para el desayuno y después comenzaba la batalla.

-¡Párense chamacos! Van a llegar tarde a la escuela.

Silencio.

¡Despiértense, hoy hay honores a la bandera!

Aquellas palabras tenían una fuerza especial. No porque los niños sintieran un entusiasmo desbordante por madrugar, sino porque sabían que, si llegaban tarde, la escuela no perdonaría la ausencia precisamente ese día.

La primera respuesta casi siempre venía de debajo de una sábana.

-Todavía está oscuro.

– Pues la escuela no va a esperar que salga el sol.

Uno se hacía el dormido. Otro aseguraba que le dolía el estómago. No faltaba quien dijera que era domingo.

La pregunta que nunca faltaba: ¿De verdad tenemos que ir? 

No, hombre- respondía Ramona- Si quieren, quédense. Yo voy a mandar sus huaraches a la escuela.

A esas horas nadie comprendía la ironía materna.

Afuera, Zihuatanejo apenas comenzaba a aclararse. El pueblo tenía otro rostro. El aire era fresco y el día parecía todavía indeciso entre comenzar o seguir durmiendo.

Esas mañanas de honores a la bandera hacían que aflorara la disciplina doméstica convertida casi en una operación militar.

-¡Llevan media hora diciendo ya voy.

– Es que estoy despertando.

– Pues despiértate más rápido.

Entre regaños, carreras y bostezos terminaban listos.

Cuando llegaban a la escuela, ya se escuchaba el movimiento de otros niños. Los maestros organizaban las filas y los alumnos se acomodaban para la ceremonia. La bandera esperaba su momento solemne en medio de aquel pequeño mundo escolar: solo eran seis grupos. Uno por grado.

Los niños que minuto antes apenas podían mantener abiertos los ojos, se transformaban durante los honores. Se cuadraban, guardaban silencio y miraban hacia el lábaro patrio,

La escuela primaria federal “Vicente Guerrero” aprovechaba el espacio que la separaba del palacio federal, para convertirlo en el patio escolar y ahí desarrollar sus ceremonias cívicas.

Días especiales eran muchos. Aquellos desayunos escolares eran singularmente atractivos. El programa federal de asistencia alimentaria, conocido como el Programa de Desayunos Escolares, principalmente lo administraba la asociación Pro Nutrición Infantil, terminó centralizado por el gobierno federal, incrementando las raciones. Fue una transición para que el 31 de enero de 1961 se fundara el Instituto Nacional de Protección a la Infancia el INPI. Los estudiantes de la primaria, tenían un cuarto de litro de leche de sabores: chocolate, fresa o vainilla. En algunas ciudades los alumnos comían una torta de frijoles refritos con mole, huevo, o longaniza; un pan de dulce y alguna fruta fresca de la estación.

Dos presidentes de la república mexicana tuvieron la responsabilidad de pensar, diseñar e implementar los beneficios infantiles: Adolfo Ruiz Cortines (1 de diciembre de 1952 hasta el 30 de noviembre de 1958) y Adolfo López Mateos (1 de diciembre de 1958 hasta el 30 de noviembre de 1964), este último decretó la creación del INPI.

Para muchos niños aquello representaba una verdadera fiesta. No era solamente comida. Era la sorpresa de recibir algo diferente a lo que normalmente había en casa.

Entre aquellos alimentos había una bebida que quedó grabada en la memoria de quienes la probaron. Tenía sabor a chocolate y tenía un color que hoy parecería imposible: rosa. Aquello desconcertaba a los niños.

¿Es chocolate? . -Sí. – ¿Y por qué esta rosa?.

Nadie parecía tener una respuesta satisfactoria. La bebida, según se decía, llevaba aditamentos vitamínicos. Para los pequeños, sin embargo, esas explicaciones importaban menos que el sabor y el extraño color.

Era como tomar chocolate de otro planeta. Y luego estaba el pan. Un pan cuya forma y sabor terminaron sepultados en algún rincón de la memoria.

Los niños lo recibían con entusiasmo. Algunos lo comían lentamente, tratando de prolongar el desayuno;  otros lo devoraban como si temieran que alguien pudiera quitárselo.

Años después, muchos recordarían aquella bebida rosada con sabor a chocolate.

Del pan, en cambio, quedaría solamente una sensación. La textura. El olor. La forma indefinida. El gusto de una época.

Ramona nunca imaginó que aquellas mañanas apresuradas terminarían convirtiéndose en recuerdos. Para ella eran simplemente los días de escuela. 

Eran las cinco de la mañana, todos los hijos dormidos: Vidal, Mercedes, Ana, Emma, Marisela,  María de Jesús; Víctor Manuel, Ricardo y el mayor. Un fogón encendido, y una madre tratando de conseguir que los más grandes estuvieran a las seis en punto frente a la escuela.

Pero para sus hijos, con el paso de los años, aquellas mañanas adquirirían otra dimensión.

Recordarían el Zihuatanejo de entonces, las calles, las voces, los maestros, las filas, las ceremonias y la bandera ondeando en las mañanas de fiesta patria.

Y recordarían a Ramona. Levantando sábanas de las camas de madera con chiches que servían para que la pita se afianzara formando un tejido seguro para colocar el petate donde los hijos pudieran dormir por pares.

¡Arriba, ya son las cinco!

Entonces por primera vez, comprenderían que detrás de aquella voz había una mujer que cada día libraba su propia batalla.

Una batalla silenciosa contra el sueño, contra la pobreza, contra el reloj y contra la dificultad de criar nueve hijos.

Y que mientras ellos protestaban por levantarse temprano, Ramona ya llevaba varias horas trabajando para que pudieran llegar a la escuela.

Por eso, muchos años después, cuando alguien preguntaba cómo eran aquellos días de escuelas entre 1956 y 1960, alguno de los hijos podía comenzar a contar la historia.

Pero tarde o temprano aparecía siempre la misma escena.

La oscuridad de la madrugada. Los niños escondidos entre las sábanas. Y Ramona firme anunciando el comienzo de otro día.

-¡Arriba que la bandera no espera!

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