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Editorial

Protagonistas

Los partidos han jugado un papel secundario en la transición. Protagonista principal ha sido la sociedad civil y de ella podría depender que el sexenio en curso tenga un buen desenlace.

Dos precisiones: 1) me estoy refiriendo al cambio positivo de reglas del sistema, no al relevo de personas o partidos en los gobiernos y, 2) excluyo de este análisis el enorme impacto que han tenido en algunos momentos los actores internacionales, en especial Estados Unidos.

En la historia difundida por partidos y gobiernos, ellos son los héroes de la transición. En 2013, el entonces jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, declaró que: “durante los últimos dieciséis años, los gobiernos emanados de la izquierda […] hemos transformado a la Ciudad de México”. Borró impunemente al rico tejido social de la capital. Un complemento del razonamiento es minimizar las contribuciones de la sociedad. Andrés Manuel López Obrador ha sido muy claro al respecto: “Le tengo mucha desconfianza a todo lo que llaman sociedad civil o iniciativas independientes”. Y en momentos de enojo las ha acusado de recibir “moches”, de faltarles “baño de pueblo” y de ser “fifís”.

Los fieles a los partidos se autoelogian, porque así justifican los privilegios que se han asignado. En 1977 se definieron en la Constitución como “entidades de interés público” y en 2007 se escrituraron el cuerno de la abundancia: a partir de ese momento, calculan sus prerrogativas con base en el “número total de ciudadanos inscritos en el padrón electoral” multiplicado por el salario mínimo. En otras palabras, son las únicas instituciones con aumentos anuales garantizados en la Constitución.

Estoy entre los que han documentado el papel que juega la sociedad organizada en la exigencia de libertades y la denuncia de excesos. Salvo contadas excepciones, los partidos estuvieron ausentes en el Movimiento del 68 o en el sismo del 85, en las observaciones electorales y en el levantamiento zapatista, en las luchas del periodismo independiente por la libertad de expresión, en la defensa de los derechos de la mujer y el medio ambiente (el Partido Verde es una vergüenza nacional) y, en fechas más recientes, el movimiento de víctimas.

En la victoria electoral de Morena del 1o. de julio de 2018 concluyeron los esfuerzos de partidos encabezados por López Obrador y de ciudadanos de la sociedad organizada. El nuevo gobierno quedó en una posición ideal para culminar la transformación. El balance de resultados es desigual.

Una franja de funcionarios hace un esfuerzo notable por atacar problemas tan graves como la violencia y la inseguridad o por combatir la corrupción, una lucha que parece tomar nuevos bríos con la lista de presuntos corruptos presentada el pasado lunes por AMLO y Manuel Bartlett. En otra franja, afloran los vicios de siempre y pareciera haber una correlación entre quienes llenaron cargos con cuotas y cuates y las ineficiencias y escándalos. Entretanto, cunde la epidemia de ocurrencias y frases sueltas.

Los sujetos históricos tardan décadas en degradarse o engrandecerse. Los partidos políticos -Morena incluido- siguen demostrando su resistencia al cambio. Dijeron que reducirían sus prerrogativas, pero continúa intacto el saqueo de la ubre presupuestal. Este 2019 los partidos con registro nacional recibirán 4,965 millones por 4,554 en 2018. Si se les pregunta por esa incongruencia, responden que ellos sólo respetan la Constitución.

La sociedad civil ha sido capaz de adaptarse a los nuevos tiempos y mejorar su trabajo. Hay casos de corrupción e ineficiencia, por supuesto; más de los que uno quisiera. Sin embargo, hay una clara evolución positiva. Hace 50 años el movimiento de derechos humanos se caracterizaba por la espontaneidad y el voluntarismo; en la actualidad por su profesionalismo y la capacidad para organizar campañas conjuntas. Lo mismo podría decirse del periodismo de investigación independiente o de los movimientos en favor de los derechos de la mujer y la diversidad sexual.

Por ahora, Andrés Manuel López Obrador tiene los controles del cambio y él va marcando los ritmos y las cadencias. Independientemente de sus enojos, la sociedad civil organizada sigue siendo el contrapeso y, si el régimen entrara en turbulencias, esta sociedad asumiría el protagonismo. No sería la primera vez que lo hace en nuestra larguísima transición.

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