Serapio

Jorge Luis Reyes López

Apenas habían cambiado el rastro de la calle que años después se llamaría Ejido, para instalarlo en el callejón que lleva a la escuela primaria federal Vicente Guerrero, un callejón sin nombre al que hoy se le adjudicó el nombre de León Felipe.

En ese callejón vivieron Amelia González y Juan Ruíz. Tenían de vecina a Enedina Dozal y a Damián Pineda, seguido de Dolores Ambario Salomón, el Toro Mocho Alvarado. En la otra acera, Hermila Solís, Hilario Orozco y Sofía Pineda disfrutaban del cálido ambiente comunitario.

Las autoridades municipales disfrutaron poniendo nombres alienígenas a las calles y colonias de las ciudades, arrumbando la historia local. Felipe Camino Galicia, León Felipe, fue indudablemente uno de los grandes poetas españoles de la Generación del 27. Nació en Tábara, Zamora (11 de abril de 1884), y murió en México, Distrito Federal (18 de septiembre de 1968). Nada que reprochar a su grandeza. Yo prefiero la grandeza autóctona: el callejón del Pichón, de Kid Tabaco (el nombre de batalla de Juan Ruíz González).

El beisbol es uno de los deportes más añejos que se practican en el puerto. Los incipientes barrios se organizan para practicarlo. Niños y adultos por igual lo juegan. Los partidos eran más interesantes cuando un barrio retaba al otro.

El barrio de La Palma Liada, vecino del barrio del Rastro, tomó la iniciativa de desafiarlo.

Transcurría el año de 1959 en un Zihuatanejo tranquilo. No había ajetreos. Nadie tenía prisa. Todo se disfrutaba, lo mismo la salida del sol que la puesta. No había ruidos antinaturales. La lluvia, el viento, el oleaje marino y el concierto de la fauna local eran los mejores arrullos que oían los pueblerinos.

El niño tomó la iniciativa de promover el partido que enfrentaría a los dos barrios. Los recursos eran limitados. No había energía eléctrica para vocearlo o anunciarlo en una radiodifusora. Ya lo había platicado con sus amigos en la escuela. Les pidió que corrieran la voz entre los salones de los otros grados. De igual manera, les recomendó que lo hicieran con sus vecinos.

El muchacho llegó sin hacer ruido y pegó el papel de estraza en la pared de la casa de Amelia. Usó engrudo espeso, de ese que huele a harina cocida y que se queda duro como piedra. Dio dos palmadas para alisarlo y se fue como llegó.

El papel anunciaba un juego de beisbol entre dos barrios, dando la información del día, lugar y hora del encuentro. Amelia no sabía leer. Juana Galeana, su vecina, había visto todo. Desde la mediagua, donde cuidaba a su nieto Ismael acostado en una hamaca, tuvo de primera vista los movimientos del pequeño promotor-deportista. Ella tampoco sabía leer. Tocó la puerta; cuando la casera salió, le preguntó: —Amelia, ¿viste lo que te pusieron? —dijo señalando el papel mugroso. —¿Qué dice? —preguntó Amelia. Juana entrecerró los ojos, fingiendo descifrar los garabatos, y soltó con seguridad: —Que eres mitotera. Amelia abrió la boca sorprendida. —¿Cómo que mitotera? —Pues eso dice —insistió Juana—. Ahí dice clarito.

No pasó mucho tiempo antes de que alguien se enterara. Luego otro. Y otro. Cada quien añadió algo: que si era una burla, que si era un aviso, que si alguien se estaba quejando.

Entre tanto argüende, Ricardo Martínez Manríquez, hijo de Callita, meneaba la cabeza y, divertido, sonreía al tiempo que musitaba: —Este canijo de Mauricio.

Para la tarde, media calle estaba reunida frente a la casa de Amelia. Misteriosamente, el anuncio había desaparecido. Nadie podía leer lo que no veía. Solo quedaba la frase lapidaria de Juana: —Que eres mitotera. Ninguno preguntaba ni quería saber quién hizo tal afirmación. El populacho se comió a la autora de la frase, pero se reservó el contenido.

Unos acusaban, otros defendían, y muchos nomás iban a ver qué pasaba. El papel inocente se volvió el centro de un alboroto que crecía con cada palabra.

Al día siguiente, Mauricio miró el papel que había retirado de la casa de Amelia y, soltando una carcajada, dijo: —Qué barrio del Rastro. Barrio del Mitote. Desde entonces, al barrio del Rastro se le empezó a conocer de otra forma.

Y todo por un papel, un poco de engrudo… y unas ganas enormes de hablar.

Han pasado 67 años desde que nació el Barrio del Mitote. El lugar está lleno de vida. El tiempo lo ha hecho vigoroso, bullanguero. Juana y Amelia se han ido. Los descendientes de los habitantes de esa cuadra son orgullosos y conocidos vecinos de la localidad.

El Toro Mocho tuvo hijos: Geño, hombre amable dedicado a bucear; y el Torito Alvarado, destacado boxeador local. Parte de su tiempo lo dedicó a ser instructor de box, forjando una generación de deportistas hábiles y valientes.

Los hijos de Amelia, sobradamente conocidos: Marcelo, elegante futbolista en su juventud y amigo de todos; Kid Tabaco, que se enfrentó a Tamakun en una célebre pelea de box que enloqueció a los aficionados; el Bronco, Gilberto, Sara, Eve y Mario siguen paladeando los vaivenes del tráfico peatonal que transita la pequeña cuadra de su barrio. Esa cuadra que ahora se llama Nicolás Bravo, delimitada por la calle Vicente Guerrero y la avenida.

La cenaduría de Antelia Romero y de Arcadia, Calla Manríquez, son atendidas por sus hijos y nietos. Por las noches el ajetreo crece. Las voces se multiplican. —Dame tamales —pide alguien. —A mí tacos dorados con consomé —grita otro. —Atole de tamarindo y dos órdenes de enchiladas —sigue la retahíla de pedidos.

Son vacaciones. Un hombre de más de 70 años toma asiento en la cenaduría de Callita. El lugar está atascado de comensales. Con dificultad encontró lugar para él y para su esposa. Diligente, el mesero se acerca: —¿Qué les ordeno? El hombre responde con otra pregunta: —¿Quién le puso el nombre tan feo del Barrio del Mitote? El mesero alza los hombros y dice: —Sepa, no sé. —¿Está el dueño? —insiste el recién llegado—. Dile que está aquí el que bautizó al Barrio del Mitote. Que venga.

Desconcertado, el mesero se aleja a dar un mensaje que no lo convence mucho. —Don Ricardo, está un señor que dice que fue el que le puso el nombre al barrio. Sin contener la risa, se para y dice: —¡El desgraciado de Mauricio!

Mauricio Galeana Solís y Ricardo Martínez Manríquez se funden en un abrazo sincero sin hacer tanto mitote.

P. D. En la publicación del pasado miércoles 22 escribí que Mauricio Vargas Galeana se enfrentó a Joaquín González Ramírez en una pelea de calientaring en la arena de box Libertad. Me disculpo y aclaro: Gustavo Vargas Galeana es el nombre correcto que debí publicar.

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