JORGE LUIS REYES LÓPEZ
Anastacio roncaba encogido en la hamaca. En una esquina de la casa, un pedazo de estiércol de vaca era una brasa humeante que ahuyentaba a los molestos zancudos. La noche era prisionera de un bochorno pegajoso. El cuerpo estaba mojado por el sudor. Solo traía puesto un calzoncillo; así era más tolerable dormir. El puerto era una cuna natural que abrigaba el nacimiento y desarrollo de una variedad de insectos. En un costado del pueblo, el estero, con sus aguas salobres encharcadas durante el verano, tenía las condiciones adecuadas para ser un criadero de mosquitos. En el otro lado del caserío, la laguna también aportaba su dotación a la plaga. El humo no siempre lograba apartar a los desagradables visitantes de la casa.
En la contraesquina del hogar reposaba un mosquito de manera diferente a la mayoría de sus congéneres. Los otros se colocaban en forma paralela al suelo negro y húmedo. Este insecto tenía el abdomen levantado; su cuerpo estaba inclinado. Sus alas parecían moteadas, nada similar a las de sus parientes. Parecía que estaba cazando, agazapado, paciente, esperando su momento, su oportunidad. Salió de una charca de agua clara. Era una hembra que necesitaba sangre para que sus huevos se desarrollaran. Levantó el vuelo con un zumbido sordo. Fue directo, sin titubeos, a la pierna de Tacho. Con precisión silenciosa, sus estiletes perforaron la piel. Ya había localizado un vaso sanguíneo. Procedió a inyectarle saliva para evitar que la sangre se coagulara y empezó a chupar. Su víctima no se movió; no se enteró del pequeño hurto.
No estaba del todo claro el día cuando Tacho se despertó. Estiró las piernas y se colocó de costado. Pasados unos minutos, se sentó. Finalmente se levantó y se vistió. Tenía que subir al cerro para continuar los trabajos a fin de preparar la tierra. Necesitaba dejarla lista antes de que las lluvias llegaran. Habían pasado más de diez días de aquella noche en la que le sustrajeron la sangre mientras dormía. Se sentía agripado; a veces tenía escalofríos. Si quería tener buena cosecha, no podía descuidar el terreno. Tacho vivía solo. Tenía buena relación con los Jiménez, sus vecinos.
Regresó a casa cansado. Descansó en la hamaca. La cabeza le punzaba, le dolía. Seguramente era a causa del sol, que estuvo intenso. Se preparó un brebaje. No era muy dado a visitar doctores, además de que estaban muy escasos en el puerto. Calentó agua y, cuando empezó a hervir, aventó unas rajas de canela. Le pondría limón y un chisguete de mezcal, y con eso se cortaría lo que para él era una gripa latosa. Durante la noche durmió mal y sudaba diferente.
De vez en vez llegaba un médico al puerto. Bien a bien no se sabía de dónde era. Tenía prestigio de ser un buen doctor. Moreno y alto, de buen humor, y algo que ayudaba a sus pacientes era la paciencia para escucharlos. “El Dr. Princes”, le llamaban algunos.
Hace una semana que empezaron los escalofríos. Ahora tenía temperatura alta. El dolor de cabeza se había vuelto permanente. Los músculos le dolían y fácilmente se fatigaba. En ocasiones salía con urgencia a defecar en el baño del patio, un cuarto de tablas con un asiento de madera desgastada con un hoyo redondo en el centro. Cuando terminaba, aventaba cal sobre el excremento líquido. Le quedaba un fuerte dolor abdominal. Con dificultad se levantaba. No bien lo hizo cuando le empezó una náusea repentina. Arqueaba el cuerpo mientras vomitaba lo poco que su estómago había tolerado.
Don Pedro, vecino de Tacho, era carnicero y se había percatado de la salud mermada de Tacho. Le pidió a su esposa que preparara un caldo de gallina, que, a su juicio, le ayudaría a recuperar la salud. Dos tortillitas hechas a mano, calientitas, completaron la receta gastronómica. Cuando el señor Jiménez llegó a la casa del enfermo, lo llamó por su nombre. Nadie respondió. Impaciente y preocupado, empujó la puerta y entró. Lo que miró lo alarmó. Hecho un ovillo, yacía en la hamaca su vecino, temblando como si estuviera convulsionando.
—Tacho, Tacho, ¿qué te pasa? —¿Eres tú, papá? —preguntó el enfermo—. Acércate, papá. Me siento mal. ¡Ayúdame, no me dejes solo, papá!
“Este hombre está muy mal. Está delirando”, pensó don Pedro. Dejó el caldo en la mesa y salió apresuradamente en dirección a su casa. Ahí, de forma breve, explicó a su esposa la crítica salud del vecino. Altagracia, su mujer, le sugirió que fuera a casa de doña Juve, lugar donde se hospedaba el médico cuando venía al puerto, y preguntara por él. “Con suerte ya está en el pueblo. Si lo encuentras, tráelo de inmediato”.
El marido salió de casa y se dirigió diligente a la posada de doña Juve. Al llegar, vio al médico sentado, balanceándose en una mecedora frente a una mesita donde había un jarro de barro que seguramente tendría café, pensó don Pedro. Lo saludó y, con premura, le pidió que fuera a ver al enfermo. Botiquín en mano, el Dr. Princes acompañó a Jiménez hasta llegar con Tacho, que respiraba con dificultad. Colocó el termómetro en la axila. Treinta y nueve grados. Vio que la piel estaba amarilla. No dudó en el diagnóstico:
—Paludismo. Tiene paludismo. Le haremos la lucha; tal vez no sea demasiado tarde. Ayúdeme, don Pedro, tómele el brazo. Voy a inyectarle quinina en la vena. Es necesario matar el parásito. Mientras, traiga una cubeta con agua y bañe todo su cuerpo, de cabeza a pies.
Tacho se sacudía al contacto con el líquido. Don Pedro se convirtió en su enfermero atento y vigilante. Trapos mojados eran puestos en el estómago y en la frente. Consiguió hielo, muy escaso en el pueblo, y lo mezclaba con el agua antes de bañar al enfermo.
—No puedo hacer más —dijo el doctor—. Cuídelo. Regreso mañana.
La noche fue difícil para paciente y enfermero. En la madrugada la fiebre desapareció. Pasaron tres días en los que el enfermo tomó agua de coco y caldo de gallina. Ya no tenía sudoraciones. Estaba consciente. En las últimas veinticuatro horas no tuvo fiebre. El color amarillento de su piel casi no existía. El Dr. Princes decidió quedarse más días en el puerto para asistir a Tacho en el periodo de convalecencia. Después regresaría a la capital del país.
Los días pasaban. La medicina ya no era inyectada; ahora tomaba tabletas. Energía y apetito habían regresado. Antes de partir, el doctor visitó al paciente.
—Toma las medicinas, aunque te sientas mejor. Si no lo haces, puedes tener una recaída.
Años después, platicando don Pedro Jiménez con el doctor Princes y Tacho, recordaban los momentos difíciles que habían puesto en el dintel de la muerte al paciente.
—La malaria —dijo el doctor— puede ser mortal de no atenderse a tiempo. —¡Qué bueno que yo tuve paludismo! —exclamó aliviado Tacho.
About Author
Tambien Te Puede Interesar...
-
Palabra de Mujer – Guerrero abre nuevas rutas aéreas – Hay créditos disponibles para micro y pequeños empresarios
-
Palabra de Mujer – Día Internacional del Pescador – Morena y su escuela municipalista
-
El SUSPEG, tiene Secretario General y es Javier Pat – Tinta Jurídica
-
ARTÍCULO DE OPINIÓN 29 – Se desmarca Ángel Aguirre de la Cuarta Transformación
-
Abelina López Rodríguez, Alcaldesa de Acapulco, REPROBADA en bien Gobierno según el INEGI – Tinta Jurídica
