Lecciones de Bolivia
Raymundo Riva Palacio
En Bolivia se rompió el
orden constitucional cuando las Fuerzas Armadas le recomendaron a Evo Morales
que renunciara a la Presidencia. Con el último respaldo que tenía para aferrarse
al poder, Morales dimitió y junto con él las tres personas que seguían en la
línea de sucesión, provocando un vacío de poder que aún no se llena, y una
crisis política que camina a la anarquía. El arbitraje de las Fuerzas Armadas
fue el colofón de semanas de protestas tras unas elecciones consideradas
fraudulentas, en donde Morales utilizó recursos tramposos para ganarlas,
sentando en Bolivia, en muchos sentidos, un precedente preocupante para América
Latina.
Sus opositores se fueron a
las calles, y se enfrentaron violentamente a la policía durante semanas.
Previamente, el Tribunal Electoral controlado por Morales, incumplió con la
función legal que le correspondía y avaló el fraude. Como la Cámara de
Diputados y el Senado estaban en manos de incondicionales del presidente,
tampoco existieron los contrapesos para impedir sus abusos. La falta de equilibrios
exacerbó a la sociedad y aumentó la polarización. La inexistencia de
instituciones que sirvieran de equilibrio para contribuir a una salida política
y constitucional al problema, obligaron a la ominosa intervención de las
Fuerzas Armadas.
Los observadores bolivianos
han subrayado que el jefe de las Fuerzas Armadas, el general William Kaliman,
que “recomendó” a Morales renunciar, mantenía una relación excepcional con él.
Morales los había colmado de privilegios, dinero y les encomendó
responsabilidades que habían estado en el ámbito civil, como en el área de la
aviación y programas sociales. Los militares eran parte de la gobernabilidad
del presidente Morales, a quienes había co-optado política y económicamente.
Durante la mayor parte de
la crisis, que explotó el 20 de octubre cuando la oposición rechazó los
resultados electorales, se mantuvieron neutrales y pasivos. En una primera
explicación del cambio de actitud, se puede conjeturar que Morales estaba
derrotado antes de dimitir, que se comprobó cuando al anunciar nuevas
elecciones para detener la crisis, el conflicto se agudizó. Al presidente no le
quedaba más recurso que apoyarse en las Fuerzas Armadas para sofocar la
rebelión, lo que en un análisis de costo-beneficio, por la reacción del general
Kaliman, era más alto intervenir para sofocar la rebelión que deslindarse de
Morales. No querían un baño de sangre. Morales dimitió ante el riesgo que aferrarse
a la Presidencia pudiera haberlo causado.
Su caída fue posible porque
el país se había roto. Las instituciones estaban anuladas como intermediarias
al haberse puesto al servicio de Morales. Dos días después de la elección,
líderes políticos, de la sociedad civil y sindicatos, convocaron a una huelga
general. Los organismos internacionales regionales, también mostraron su
precariedad, incapaces de poder actuar. Cuatro días después de la cuestionada
elección, la Organización de Estados Americanos recomendó una segunda vuelta,
que denunció Morales como un intento golpista. El Tribunal Electoral reconfirmó
la victoria de Morales, quien ya había declarado que su victoria y la mayoría
absoluta en el Congreso y el Senado, se debían a la voluntad de los bolivianos.
El domingo, la oficialista Central Obrera Boliviana, que durante los casi tres
lustros de Morales en el poder fue la cabeza de una coalición de sindicatos,
organizaciones vecinales y pueblos indígenas que se agrupaban dentro del
Movimiento al Socialismo, el partido del gobierno, rompió con él.
Morales utilizó los
recursos de la democracia para minar la democracia. En 2017 una Suprema Corte
subordinada a él, abolió los términos para mandatos constitucionales,
permitiéndole ir por una nueva reelección. La libertad de expresión sufrió
regresiones y utilizó los tribunales para hostigar y controlar a periodistas
independientes. Su discurso polar fue alejando a las clases medias, en donde el
Comité Civil de Santa Cruz, encabezado por Luis Fernando Camacho, uno de los
dos motores de la rebelión, fue ganando apoyo e influencia. Morales canceló
proyectos de co-inversión con el sector privado y dejó de recibir recursos para
inyectarlos en la economía, cuyo mensaje negativo se acentuó por la creciente
intervención del gobierno en la economía y la amenaza de nacionalización de los
activos empresariales.
Un país partido, con una
ruptura del orden constitucional originada por una violación de las leyes
electorales, que está en el origen del conflicto y en el colofón del
derrocamiento de Morales, es una derrota de la democracia,. El andamiaje se ha
mostrado como era, débil y disfuncional, mantenido por un gobierno autoritario.
Le falló el cálculo y la sensibilidad política a Morales, al no ver la
descomposición acelerada que la imposición para un nuevo mandato presidencial
había provocado.
Este error debilitó sus
alianzas, y aferrarse a un nuevo mandato presidencial, cegado por su ambición
de poder, le impidió notar que se estaba quedando solo. La Central Obrera
Boliviana no actuó como contrapeso de los sindicatos que convocaron la huelga
general, y la policía lo fue abandonando en los últimos días al pasarse al lado
de la oposición. No encontró el respaldo político de sus vecinos, con la
posición extrema del presidente brasileño, Jair Bolsonaro, que se sumó temprano
a la petición de una segunda vuelta.
La caída de Morales aporta
lecciones para muchos, como aquellos que apuestan por el aniquilamiento de las
instituciones, o de quienes, estando al frente de las instituciones, se vuelven
subordinados de los presidentes. Los equilibrios son importantes y los
contrapesos son fundamentales, particularmente cuando los líderes se ciegan por
su poder y respaldo popular, pensando que con sólo gobernar a una parte del
país, es suficiente. Bolivia, con la agudización de sus contradicciones y el
colapso de la alianza en el poder ante un repudio encendido, es un buen espejo
para reflexionar y evitar caminar por el mismo sendero que recorrió Evo
Morales, que fue el de la polarización y la desunión.
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