EDITORIAL

La otra pandemia

¿Quién escucha cuando nos dicen que cada año más de 200 mil niños mueren de diarrea viral porque no tienen agua potable?, pregunta el filósofo Markus Gabriel, ¿por qué nadie se interesa por esos niños? Entre otras razones porque esos niños no mueren en Europa. Han fallecido 20 mil personas en el Primer Mundo por el coronavirus y no hay manera de desestimar el daño. El dolor que la repentina pérdida deja entre familia y amigos es inconmensurable. Y desde luego, no solo preocupa la magnitud de la tragedia sino el corolario, que podría culminar en millones de víctimas. Las grandes potencias están en su derecho de hacer todo lo posible a su alcance para intentar detener la pandemia.

Solo habría que estar conscientes de que la medicina que han decidido auto administrarse irradiará calamidades impredecibles para el resto del mundo. La decisión radical de los países europeos y ahora Estados Unidos de cerrar sus economías a cal y canto provocará una debacle económica de proporciones inéditas. Para esos países se traducirá en una depresión que les llevará un buen rato compensar.

Solo para poner las cosas en perspectiva: la diabetes mata a 1.6 millones de personas cada año, el cáncer en las vías respiratorias otros 1.7 millones y las enfermedades diarréicas 1.4 millones, según la Organización Mundial de la Salud (cifras de 2016). El año pasado murieron de gripe medio millón de personas.

La mitad de las muertes en el hemisferio sur, es decir decenas de millones de personas cada año, obedece a causas vinculadas a la pobreza (desnutrición, insalubridad, tuberculosis, enfermedades trasmisibles). En los países ricos este tipo de padecimientos solo causan 7 por ciento de las defunciones, señala el mismo reporte de la OMS. El parón en seco de la economía en las metrópolis será un tsunami que provocará devastadoras olas sobre la precaria situación de miles de millones de personas en el planeta. O como ha dicho el Primer Ministro paquistaní, si cerramos las ciudades los salvamos del coronavirus pero los matamos de hambre. O, en otras palabras, habría que cuidar que no termine matando a los que no infecte.

Los jefes de Estado de las potencias actuaron en función directa de sus intereses electorales, desesperados por ser percibidos como los más responsables de proteger de manera inmediata a sus ciudadanos. Lo más urgente era tomar decisiones, después se vería el impacto que estas decisiones tendrían para sus propios gobernados al mediano plazo. Pero lo más grave es que decidió, cada cual, apertrecharse en su propia casa. Nadie vio por el vecindario, ni siquiera dentro del barrio mismo de vecinos ricos, mucho menos contemplaron lo que sus decisiones terminarán provocando en África, Asia y América Latina.

El problema es que vivimos tiempos planetarios, no nacionales. El virus mismo es un fenómeno global y una frontera tras otra ha sido inservible para contenerlo. La miseria a la que puede condenarse a la otra mitad de la población, las hambrunas, las enfermedades, la inestabilidad política, las inevitables emigraciones y los campos de refugiados, no pasan por su mente, aunque pasarán por su porvenir. Los árabes y subsaharianos que hoy habitan los barrios bravos de París, Londres o Marsella son hijos del colonialismo. La violencia y la disolución social que aqueja a Europa abreva en lo que las metrópolis hicieron hace 200 años en las tierras que espoliaron. Y eso era antes de la globalización.

En las próximas semanas México tendrá que tomar decisiones claves. AMLO ha argumentado ante el G20 la necesidad de hacer algo que contemple también a los que menos tienen. Ojalá pueda ser entendido por los que más tienen, dentro y fuera de México.

EDITORIAL

La 4T, enferma de credibilidad

Dos encuestas ponen ya a López Obrador por debajo del 50 por ciento de aprobación. La de GEA-ISA, dada a conocer el miércoles, y el tracking poll de Consulta Mitofsky y El Economista que el día de ayer daba al Presidente 50.1 por ciento de aprobación con una tendencia a la baja desde diciembre y con una semana fatídica por lo que seguramente hoy amanecerá en 50 o un poco por debajo. Es un asunto meramente simbólico, pues en la práctica no cambia un ápice las decisiones de Gobierno ni la manera de comportarse del Presidente, simplemente indica que ha pasado a un momento en que hay más ciudadanos que desaprueban su actuación de los que lo aprueban.

Son solo dos encuestas, es cierto, y también lo es que son las únicas que hasta ahora reflejan el efecto coronavirus. Para darnos una idea de lo que significa este nivel de aprobación son más o menos los números que tenían Fox y Peña Nieto a estas alturas de su mandato, lo que desvanece la idea del Presidente todo poderoso que nunca bajaría del pedestal del apoyo popular. Dos datos de la encuesta de GEA-ISA reflejan claramente este cambio de estatus. Cuando se pregunta qué tanto le cree a usted al Presidente López Obrador el derrumbe de la credibilidad en un año es bestial. Si bien el número que dice creerle poco es más o menos estable (entre 45 y 47 por ciento) los que decían creerle mucho (los amlovers) pasaron de 30 a 14 por ciento, mientras que los que dicen no creerle nada (los amhaters) creció de 16 a 37 por ciento. Esta pérdida de credibilidad habla de un fuerte desgaste del discurso y la gran distancia entre la promesa y los resultados.

Otro dato que refleja la pérdida de credibilidad es la pregunta de si el Gobierno de López Obrador representa una nueva etapa de la vida de México (la famosa Cuarta Transformación) o solo un Gobierno más. Hace un año 60 por ciento pensaba que era una nueva etapa; hoy solo 40 por ciento cree en el discurso de la 4T, mientras 47 por ciento lo considera un Gobierno como cualquier otro. Más aún, hoy el referéndum sería una pésima idea, pues de acuerdo con esta encuesta 46 por ciento votaría por la revocación.

Vienen meses difíciles para la administración de López Obrador. De cómo salga librado de la pandemia depende en gran medida el futuro del sexenio y su proyecto de trasformación del Estado. En materia económica la batalla es por decrecer lo menos posible, las predicciones que se han publicado andan entre 3.7 y 4 por ciento y que la recuperación comience en el último trimestre del año, pero, si como dice López-Gattel, la emergencia se prolonga hasta octubre, la economía podría comenzar a recuperarse hasta el 2021, con un fuerte efecto electoral para Morena y el Presidente. Eso, por supuesto, considerando que en materia de salud todo sale como lo tienen planeado y que la 4T se recupere de la falta de credibilidad que hoy le aqueja.

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Más información menos rumor

Desde los inicios de la epidemia -ahora pandemia- los ciclos informativos en los distintos países se han centrado en cubrir lo que esta ocurriendo allá afuera. Mientras nosotros estamos encerrados en casa, periodistas alrededor del mundo están buscando información y contándonos lo que pasa. Hoy, más que nunca, la importancia del periodismo se pone en relieve. Article 19 ha señalado que el periodismo independiente, los reportes de la ciudadanía, el discurso público abierto y el libre flujo de información resultan indispensables en el esfuerzo global para contrarrestar el COVID-19.

Además, en estos meses algunos hemos reparado en el daño que provoca el ruido o la desinformación. En el informe Mentiras Virales: la desinformación y el coronavirus, Article 19 señaló que “El público alrededor del mundo ha tenido problemas para discernir entre hechos y ficción. Algunos han adoptado creencias o prácticas que profundizan los riesgos a la salud en lugar de mitigarlos. Entre los mitos que circulan en Internet y en otras partes hay afirmaciones de que el uso de secadoras de manos, el consumo de ajo y la ingesta de cloro pueden curar la infección, que los orígenes del brote residen en armas biológicas chinas o de Estados Unidos o en un siniestro complot de la Fundación Bill & Melinda Gates, y que un episodio de los Simpson de 1993 se predijo el coronavirus por nombre. Entre más falsedades mundanas, también figuran cifras exageradas de la infección, así como descripciones inexactas de las políticas de los gobiernos. Los investigadores han descubierto que la desinformación sobre el COVID-19 ha circulado mucho más que la información de fuentes acreditadas como la OMS y los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades.”

La información es un bien codiciado en estos contextos y, como en todo, los más privilegiados tienen mayor acceso a ella. Finalmente, no solo por la falta de acceso a servicios de salud de calidad es que los pobres del mundo se vuelven también más vulnerables, también por la falta de acceso a la información de las medidas preventivas necesarias que deben de seguir y por las pocas opciones para adoptar las restricciones sugeridas por el Estado (no cualquiera puede encerrarse y dejar de trabajar) Las poblaciones más vulnerables siempre tienen que decidir entre la muerte por hambre o la muerte por una enfermedad.

No obstante, la historia nos muestra que en contextos de crisis los sistemas se pueden reformular y ser creativos. Tal vez es momento de pensar que la transparencia y la rendición de cuentas no solamente tiene que ver con portales de internet y tecnologías de información, si no también en explotar los comunicación social federal, local y municipal como un mecanismo de transparencia proactiva más que de promoción o propaganda gubernamental.

Ahora también nos toca repensar nuestra relación con el Estado y nuestra posición frente a él, ya que tampoco es sólo responsabilidad de los gobiernos asegurar que todas y todos estemos bien. En este contexto es cuando nos damos cuenta que nuestra vida depende de nosotrxs y aunque le queramos achacar a los gobiernos todas las culpas, somos los únicos que podemos protegernos y apoyarnos. Es decir, los gobiernos toman medidas duras o blandas, depende de cada uno y depende de cada etapa, pero somos nosotrxs quienes decidimos si seguir las recomendaciones que mayoritariamente nos dejarían fuera del riesgo, somos quienes decidimos apoyar a los vulnerables, también los que decidimos asumir y expandir el rumor, mantener la desinformación y dejar a un lado las fuentes autorizadas.

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Lo que viene

The Economist, el célebre semanario inglés, publicó este viernes un editorial escalofriante: “El planeta Tierra se está cerrando. En la lucha por controlar a covid-19, un país tras otro exige a sus ciudadanos que den la espalda a la sociedad. A medida que las economías se derrumban, los gobiernos desesperados están tratando de animar a las empresas y los consumidores entregando billones de dólares en ayuda y garantías de préstamos. Nadie puede estar seguro de qué tan bien funcionarán estos rescates. Pero hay algo peor. Detener la pandemia podría requerir las duras terapias de shock cuantas veces sea necesario. Y, sin embargo, ahora también está claro que tal estrategia condenaría a la economía mundial a un daño grave, tal vez intolerable. Algunas opciones muy difíciles están por venir”.

Las autoridades europeas se han comprometido a sostener la mayor parte del sueldo de los trabajadores durante el confinamiento y apoyar fiscal y financieramente a las empresas para evitar su desplome ahora y después del estado de shock.

Las finanzas públicas de México no solo no tienen la fortaleza necesaria, tampoco podrían hacerlo aunque quisieran: más de la mitad de los trabajadores mexicanos laboran en el sector informal, sin prestaciones, seguridad social o respaldo de alguna especie. Es decir, viven al día. Algunos ya lo han dicho, “prefiero correr el riesgo de una gripe que quedarme sin comer durante varias semanas”.

El viernes un grupo de vendedores ambulantes en Acapulco paralizó una avenida en protesta por el cierre de restaurantes en la zona porque eso representa una amenaza contra su modo de vida.

Para el ciudadano europeo un confinamiento financiado por el Estado, así sea forzado, es un trueque aceptable, un incordio comprensible a cambio de mantener la salud. Para la mitad de la población mexicana, equivale a un salto al vacío, una exigencia inadmisible. No se quedarán cruzados de brazos. Un país en el que la mera incertidumbre provoca acaparamiento y compras de pánico de papel de baño hace temer por la caja de Pandora que abriría un apagón indiscriminado y un llamado al “sálvese como pueda”.

El confinamiento obligado a un precio tan alto solo tiene sentido si las autoridades están en condiciones de hacerlo cumplir. En Francia existe en la práctica un estado de sitio. Para salir a la calle, incluso para ir de compras al mini súper del barrio, todo ciudadano requiere un permiso que debe descargar por online y firmar, introducir la fecha, edad y motivo de su traslado (y solo sirve para una vez). La policía impone multas punitivas que incluso pueden llevar a la cárcel a un infractor. ¿Están las autoridades mexicanas en condiciones de ordenar a sus ciudadanos un confinamiento que serán incapaces de hacer cumplir?

Es entendible la impaciencia de los que ven pasar los días sin que el Gobierno imite las medidas tomadas en Europa. Está claro que, como dice The Economist, tendremos que elegir entre dos males (combatir la pandemia de manera radical o el riesgo de una bancarrota económica de alcances impredecibles). Pero hay un escenario aún más penoso: quedarnos a medias. Lo peor de los dos mundos sería auto inducir el coma a la actividad productiva como se ha hecho en Italia o Francia y de todos modos padecer la pandemia porque gran parte de la población siguió contaminándose.

Necesitamos hacer algo, pero sobre todo necesitamos hacerlo bien porque equivocarse puede resultar trágico. Podríamos perder más vidas por una mala decisión que por la pandemia misma. Lo que hagamos tendrá que ser asumido pensando en la salud, en el sentido más amplio, de todos los mexicanos.

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El momento meme

Las redes, las benditas redes, se convierten en animal maldito cuando se voltean. Las mismas redes que crean personajes los destruyen con proporcional velocidad con la que los crean. Las redes, como Saturno, devoran a sus hijos predilectos: los hacen, los crecen y luego los derrumban para tragarlos. Son implacables y no tienen consideraciones ni memoria. No es personal, así son esas olas que igual arrastran y llevan lejos, que destruyen y arrojan al acantilado.

El punto de no retorno en las redes es el momento meme, ese instante en el que el político pasa del personaje que generaba opinión y movía las voluntades a convertirse en el punto de encuentro de la carrilla, la mala leche, la venganza anónima de quienes se sienten decepcionados, traicionados o simplemente obtienen placer en destruir.

El momento meme suele coincidir con una baja en la popularidad. López Obrador dice estar muy bien en las encuestas a pesar de las campañas en su contra, pero no es cierto: ni hay tales campañas, pues son los mismo grupos de oposición, poco articulados e ineficientes que hace un año cuando el Presidente estaba en la cumbre, ni su popularidad está muy bien. Lo que cambió en estos 12 meses es que las redes han revolcado al Presidente por una seguidilla de malas decisiones y desencuentros particularmente con las clases medias urbanas que son las que hacen opinión.

En el mes 15 de sus respectivos gobiernos Fox había perdido 22 puntos de popularidad al pasar de 72 a 50; Calderón, que comenzó con poca legitimidad, había subido cuatro puntos, de 61 a 65; Peña comenzaba su despeñadero al pasar de 57 a 43 y López Obrador ha perdido 13 puntos, al pasar de 75 a 62, la mayoría de ellos de diciembre para acá (los números pueden verse de “la encuesta de encuestas”, un promedio que construye Oraculus con datos de todas las encuetas publicadas). El caso más parecido al de Andrés Manuel es sin duda el del Fox, pues ambos comparten una gran decepción -producto de enormes expectativas- y la falta de resultados como motores de la caída, y a su propia boca como el acelerador de este proceso. La mañanera paso de ser la tribuna más importante de la nación y el púlpito desde donde se reforzaba la creencia y se condenaba a los infieles a la fuente más importante de memes y chistes de las redes sociales. Cada salida del Presidente genera más desgaste político y mayor virulencia.

En algún momento de la crisis por COVID-19, por una cuestión de salubridad, el Presidente tendrá que abandonar o al menos cambiar la estrategia de la rueda de prensa diaria. Es una gran oportunidad para romper la inercia negativa, pero López Obrador ha demostrado que aquel dicho de que “la vida te da muchas oportunidades callarte, no las desaproveches” no está en su refranero popular.

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Aquí no pasa nada

Estados Unidos anunció el martes un plan para reactivar su economía, equivalente a un billón de dólares (un trillón dicho en inglés). En México, el mismo martes el gobierno anunció que ya tiene disponibles 150 millones de dólares para comprar tapabocas y guantes para los doctores que atienden a pacientes con coronavirus.

Los presidentes de todo el mundo están dedicados de tiempo completo a hacer informes en cadena nacional y ruedas de prensa para dar a conocer nuevas y más drásticas medidas sanitarias y económicas contra el coronavirus. En México, ayer la conferencia mañanera empezó con una explicación de cómo va la construcción del aeropuerto de Santa Lucía.

El director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha dicho que los gobiernos deben instruir a sus ciudadanos medidas de distanciamiento social, de permanecer en casa, como única vía para retardar los contagios y no colapsar los sistemas de salud. En México, ayer el presidente AMLO organizó un acto con 450 invitados para conmemorar el 82 aniversario de la Expropiación Petrolera.

El propio director de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, pidió antier con un énfasis inusitado que los gobiernos del mundo hicieran todas las pruebas posibles de coronavirus a sus ciudadanos: “hagan pruebas, hagan pruebas, hagan pruebas”, dijo. En México el gobierno dice que hacer muchas pruebas es una pérdida de tiempo.

Donald Trump ya se convenció del peligro del coronavirus. Lo estuvo desdeñando todo lo que va del año. Esta semana sus discursos han sido de franca alerta. Era el único mandatario que faltaba en darle el golpe a la gravedad del asunto. Bueno, no: Bolsonaro en Brasil y López Obrador en México siguen pensando que el resto del mundo está exagerando.

Menos mal que Trump ya entendió la dimensión de la pandemia. Porque en México, ayer el Presidente dijo que no hacía falta ningún plan fiscal extraordinario porque “nosotros pensamos que se va a estabilizar la economía mundial porque está interviniendo el gobierno de Estados Unidos… y van a hacer todo por estabilizar. Eso ayuda a todos los países del mundo, no le conviene a nadie que haya recesión mundial o crisis”.

Ayer en su conferencia matutina el Presidente de México mostró una estampita religiosa, un amuleto protector, “detente, enemigo, el corazón de Jesús está conmigo”. Sería chistoso, hasta divertido, significaría un necesario brochazo de sentido del humor, si estuviéramos frente a un Jefe de Estado que hubiera entendido la gravedad de la pandemia, que hubiera realizado el mayor número de pruebas posibles para contar con un buen diagnóstico, que hubiera ordenado la suspensión de actividades para contener el virus y que hubiera anunciado un millonario plan de rescate a la economía. Pero no. Es López Obrador.

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COVID-19: la economía desarrolla ‘síntomas graves’

El sector que más está resintiendo los efectos de la pandemia de coronavirus COVID-19 es, sin duda alguna, el de la economía. Y los efectos que causará, es necesario decirlo, apenas comienzan.

¿Qué tan profunda será la crisis que provocará esta pandemia? Es difícil decirlo en este momento, pero los pronósticos que comenzaron a circular ayer, respecto de cómo impactará a la economía mexicana son claramente desalentadores.

El banco Credit Suisse afirmó ayer, en un reporte enviado a sus clientes, que la economía mexicana se contraerá este año al menos cuatro puntos, producto de los efectos que el COVID-19 traerá consigo.

Los elementos que la institución financiera toma en cuenta para su sombrío pronóstico son, esencialmente, una previsible caída en la producción industrial y el sector servicios, así como el desplome en los precios del crudo que ayer llegó a su punto más bajo en casi dos décadas.

Se trata, es preciso puntualizarlo, de una crisis que amenaza al mundo entero y eso lo podemos constatar al observar los altibajos que han tenido las bolsas de todo el planeta en los días posteriores a la declaración del Director General de la Organización Mundial de la Salud, en el sentido de que nos encontramos ante una pandemia.

Pero siendo un fenómeno de carácter global, la fórmula para encararlo es necesariamente una de tipo doméstico y aquí cada gobierno del mundo debe reaccionar de forma que los efectos negativos de la crisis puedan ser paliados en el mayor grado posible.

El presidente Trump anunció ayer el envío de un paquete de estímulos por 850 mil millones de dólares y eso regresó -al menos temporalmente- la confianza a los mercados evitando que siguieran acumulando pérdidas.

Diversos gobiernos alrededor del mundo han anunciado medidas similares ante lo evidente: si la única forma de contener la propagación del virus es la drástica reducción de la movilidad social, tal medida tendrá un inmediato reflejo en la economía.

México no va a ser la excepción y por ello, de forma paralela a las medidas sanitarias -que se están adoptando a cuentagotas- es indispensable el diseño e implementación de medidas de mitigación que ayuden a paliar los efectos negativos de la pandemia sobre la economía.

No se trata, por supuesto, de colocar al mercado por encima de la salud de las personas, o de priorizarlo a toda costa. Se trata sí, de entender que la salud de la economía es también responsabilidad del Estado y que ésta ha sido la primera en desarrollar síntomas graves ante la llegada del coronavirus.

La contracción en el Producto Interno Bruto se antojaba inminente. La instalación de la pandemia la ha vuelto inevitable. Ahora de lo que se trata es de reducir al mínimo los efectos que tendrá este hecho en la economía de cada hogar mexicano. Veremos si el gobierno de López Obrador está a la altura de las circunstancias.

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El presidente rebasado

El Presidente dijo que no era necesario cancelar eventos masivos. Y fueron los artistas quienes empezaron a anunciar que no darían sus conciertos.

El Presidente dijo que no tenían por qué parar las actividades culturales y económicas. Y a las pocas horas los anfitriones pospusieron el Festival de Cine de Guadalajara y el Tianguis Turístico en Mérida.

El Presidente dijo que no teníamos que ser tan drásticos con las medidas anticoronavirus como en otros países. Pero la presión de la sociedad llevó a que finalmente se dejara de jugar la Liga de futbol mexicano.

El Presidente dijo que no había por qué aislarnos, pero empresarios y directivos empezaron a planear cómo podrían sus trabajadores seguir chambeando desde casa.

El Presidente dijo que no teníamos por qué suspender clases. Y las universidades empezaron a anunciar cursos en línea para que sus alumnos no tuvieran que acudir a las aulas, mientras las escuelas privadas evaluaban cerrar sus puertas. Aceptó el gobierno: suspendamos clases a partir del día 20. Y le reviraron universidades, escuelas y varios gobernadores: se suspenden una semana antes.

El Presidente dijo que no hacía falta hacer tantas pruebas de coronavirus a potenciales infectados. El número uno de la Organización Mundial de la Salud dijo ayer en su conferencia: “no se puede luchar contra un incendio con los ojos cerrados. Hagan pruebas, hagan pruebas, hagan pruebas”.

El Presidente dijo que nuestra economía resistía. Ya está el dólar en 23 y ayer la caída en las bolsas del mundo fue peor que cuando se inventó el término “lunes negro”.

El Presidente dijo que estábamos en manos de los científicos más serios. El subsecretario de Salud, que funge como secretario, y la ha hecho de vocero del tema del coronavirus, declaró que el Presidente no tiene por qué evitar los actos multitudinarios porque él “es una fuerza moral, no es una fuerza de contagio” del virus.

Muchas fábricas chinas están cerradas. En Italia no dejan que ningún vehículo disfrute las privilegiadas autopistas. En Nueva York cerraron los teatros de Broadway, en París los cafés ya bajaron la cortina y en Madrid ya no hay bares abiertos. Cerró Disney todos sus parques, no hay deportes y los restaurantes más famosos del mundo han empezado a apagar sus estufas. Europa, tan acostumbrada a moverse en tren y sin fronteras, ha pedido que nadie viaje durante un mes.

Pero el Presidente mexicano organiza mítines para besar niños y abrazar simpatizantes, e impulsa que se junten 50 mil personas en el festival de música Vive Latino.

Este lunes, el Presidente entró a la conferencia mañanera en Palacio Nacional. Le ofrecieron gel antibacterial para que se limpiara las manos. No lo aceptó. Atrás de él venían miembros de su gabinete. Ellos sí se frotaron las manos.

Por el mundo, por la sociedad mexicana y a veces por su propio gabinete, el Presidente ha sido rebasado.

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Epidemia de chairos y fifís

Existe en México una epidemia peor que la del coronavirus: es la epidemia de chairos y fifís, esa falsa polarización que pretende monopolizar la discusión de los asuntos públicos y políticos en el país. El virus de la polarización entre chairos y fifís comenzó desde la campaña presidencial de 2006, aunque entonces no se denominaban así los bandos, creció considerablemente en la campaña por la Presidencia en 2018 y desde entonces no ha parado de incrementarse a lo largo del Gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

¿Qué es el epidemia de chairos y fifís? Es la polarización entre una supuesta “izquierda” que asume que está llevando a cabo la Cuarta Transformación de la vida pública nacional y los “conservadores” que se oponen a esta transformación y que antes respaldaron a los gobiernos neoliberales anteriores.

El medio de contagio es el enfrentamiento de sus posturas, infectando especialmente las redes sociales. Ambos bandos consideran que tienen la ideología y el programa político correcto para cualquier asunto relevante de la vida nacional: desde el manejo de la economía, las relaciones con Estados Unidos, los asuntos migratorios, el aeropuerto de Texcoco, el Tren Maya, el movimiento feminista, hasta el ridículo asunto de la rifa del avión presidencial.

Y ahora el virus de la polarización entre chairos y fifís se hace presente en el debate sobre la epidemia del coronavirus. Los infectados por el virus de chairos y fifís parecen posicionarse no desde los datos duros y verificables, sino desde sus trincheras políticas.

Así vemos cómo incontables fifís critican e insultan a López Obrador por las medidas adoptadas para la contención de la epidemia de coronavirus. Cuestionan lo que el Gobierno está haciendo sólo para tener otra oportunidad para descalificar a un Gobierno que no apoyan, e insultar a un gobernante que desprecian. Y sin embargo, desconocen los protocolos de la Organización Mundial de la Salud, las fases de contención de la epidemia e incluso qué es el virus SARS-CoV-2 y la enfermedad nombrada COVID-19.

Lo más miserable de los de este bando es cómo lucran con temas tan importantes, simplemente pensando en ganar votos y recuperar espacios del poder. Es la posición despreciable de partidos como Acción Nacional y de la Revolución Democrática (PRD). Ahora la tarea “política” más importante de este partido es pagar abogados a las familias que tienen problemas de desabasto de medicinas. No están pensando en las familias que tienen este problema, están pensando en votos, los cínicos.

En el bando de los chairos, es común aplaudir todo lo que diga el líder del movimiento y descalificar las críticas fundadas al Gobierno de la Cuarta Transformación. Recientemente lo más grotesco fue que compraron la versión de que detrás del movimiento feminista que organizó las manifestaciones del 8 de marzo y el paro del 9 de marzo, estaban los “conservadores” enemigos del actual Gobierno.

Esta polarización cree que la sociedad mexicana se divide entre sus bandos políticos y no por el antagonismo social que produce un sistema de dominación como el capitalismo moderno.

La polarización entre chairos y fifís es una epidemia que no sólo cansa, sino que envenena la discusión pública, pues subestima u oculta las verdaderas divisiones de este país: la desigualdad, la explotación, el despojo, la represión, el racismo, el clasismo que atañen por igual a ambos bandos. Pero al centrar la discusión entre apoyar o criticar al Peje, se pierde objetividad y claridad sobre los verdaderos problemas nacionales.

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Trump no es invencible

El súper martes fue muestra evidente de la falacia que es el mito de que Bernie Sanders es mejor opción para derrotar a Donald Trump que Joe Biden. El sorpresivo auge de Biden se debió precisamente a que tiene el potencial de sacar a Trump de la Casa Blanca. El más reciente modelo de FiveThirtyEight, sitio obligado para interpretar encuestas y tendencias, da a Biden 88 por ciento de probabilidad de amarrar la candidatura en las elecciones primarias que tomarán lugar en las próximas semanas. Empezando con seis estados este martes. Biden encabeza los sondeos nacionales. Trump sabe que Sanders sería más fácil de vencer por eso alienta descaradamente su candidatura.

Impulsado por su demoledor triunfo en Carolina del Sur, Biden saltó de la retaguardia en la contienda a candidato puntero en las 72 horas más extraordinarias de la historia reciente de la política estadounidense. Rebasó la considerable ventaja en delegados que llevaba Sanders y se impuso en la mayoría de estados que celebraron primarias el súper martes, incluidos Texas, Massachusetts y Maine que presuntamente favorecían a Sanders.

Decisivos en el giro fueron Pete Buttigieg y Amy Klobuchar, dos precandidatos en el centro del espectro político que súbitamente abandonaron la contienda para respaldar a Biden. El dramático anuncio a unas horas de que abrieran las urnas tuvo efecto de bola de nieve: decenas de influyentes personajes de afiliación demócrata cerraron filas tras Biden. La cargada tuvo impacto en votantes indecisos que optaron por Biden en la recta final. En Texas, por ejemplo, cerca de 50 por ciento se decidió por el ex vicepresidente, 24 horas antes.

Para Trump el panorama es desalentador. La semana pasada fue una de sus peores. La bolsa neoyorquina se desplomó en medio del creciente temor de que el coronavirus provoque recesión mundial. Su gobierno se esfuerza infructuosamente en restarle importancia. Nadie cree sus mentiras de que tiene al virus bajo control. Asegura que la vacuna casi está lista. Otra mentira. Y, por si fuera poco, su archienemigo, al que quiso destruir con una sucia campaña en colusión con Ucrania, se vislumbra como su adversario en noviembre.

Por ahora, Trump perdió la narrativa. Vive en un universo alterno. Cree que puede reelegirse. No sabe, ni quiere saber, que el problema es él; que la elección es contra él. Más que referendo, como suelen ser las reelecciones, esta tiene el potencial de ser veredicto de culpa. Sigue teniendo una base de apoyo dura. Pero son más lo que desaprueban su desempeño que los que no. El súper martes fue testimonio del intenso repudio que despierta entre electores que en el pasado lo apoyaron. Ningún Presidente contemporáneo que buscó reelegirse tuvo un porcentaje tan elevado de gente que ya decidió que no va a votar por él.

Es cierto. Tiene la ventaja de ser el Presidente. La historia reciente muestra lo difícil que es destronarlos. Sólo dos-George H. W. Bush y Jimmy Carter- no lograron reelegirse en las últimas cuatro décadas. Pero en ocho meses pueden suceder muchas cosas. El coronavirus volverse pandemia y los mercados tocar fondo. El electorado lo haría pagar en las urnas.

Si los pronósticos no fallan y Biden es el ungido demócrata, la opción binaria será: estabilidad y certidumbre o cuatro desastrosos años más de lo mismo. Los votantes tienen la última palabra.

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