Serapio

Jorge Luis Reyes López

La memoria todavía produce imágenes añejas de mujeres y varones que, algunos, no están en Zihuatanejo porque así lo decidieron o porque físicamente ya no existen. Mi memoria selectiva pone a conocidos que disfrutaban el futbol. Gozaban ellos y hacían feliz al público. Como muchos de mi generación, crecimos bajo la enorme figura de Pelé, a quien admiramos desde nuestra niñez. Ese primer acercamiento con el Rey, naturalmente, fue por la radio; después, por las conversaciones con estudiantes mayores que residían en otros lugares donde sí había energía eléctrica.

En las costas mexicanas, eso pienso, hay un vivero extraordinario de jóvenes futbolistas que nutrirían de sangre nueva al fútbol profesional, lo oxigenarían. Desafortunadamente, nadie los voltea a ver: no hay asistencia institucional para su formación física, técnica y profesional en un sentido más amplio, más allá de las canchas. Enseñarlos a ser moralmente irreprochables. Adquirir conciencia de cuidar su imagen y su cuerpo. Un deporte que los ayude a ser mejores ciudadanos; mejores padres, hijos, hermanos o, llegado el caso, mejores servidores públicos. Mejores en todo lo posible, y en lo imposible siempre intentando hacerlo posible.

La playa fue un territorio común donde se jugaba con alegría; con creatividad. Un futbol vistoso y festivo. La playa Principal, dominada por el barrio de La Noria y por el Centro; la playa de La Madera, coto de la colonia Darío Galeana.

No es que no existiera una cancha de futbol. Sí la había. El actual Hospital General Bernardo Sepúlveda era parte del campo municipal, donde además de futbol se jugaba béisbol.

Quizá aquellos que nacieron antes de 1945 no fueron muy proclives a jugar en la playa con un balón de voleibol. Ese linaje estaba familiarizado a jugar con una pelota más ruda, más intensa. Una esfera de cuero cocida a mano. Pesada, muy superior al peso actual. El peso aumentaba cuando llovía. Dolía al cabecear; a veces resultaba riesgoso pegarle con la testa.

Algunos profesores de la escuela primaria Vicente Guerrero jugaron con esos históricos balones: Francisco Ortiz, Guadalupe García Ayala, entre otros. De los vecinos y pobladores menciono a Ramón Flores Pinzón, Rubén, El Hígado Elizea, o El Nievero. Llegó un relevo de jugadores que practicaron y jugaron con el viejo balón y con las novedosas nuevas pelotas.

En el año de 1960 la escena futbolística era dominada por el artefacto de cuero natural vacuno.

Hermelindo “Melle” Velázquez López, vecino del Centro, cobró notoriedad por la fuerza con que aporreaba la pelota con el pie izquierdo… ¡sin zapatos!, a pesar del esfuerzo altruista del doctor Armando Morales Vallejo, que obsequiaba zapatos y uniforme, particularmente a su querido equipo Independiente. El zurdo Melle era el mayor de sus hermanos, casi todos jugadores: Miguel Ángel, La Quituya; Vladimir, El Pipo; Lolis; Maribel y Columba.

El puerto siguió creciendo. Aparecieron jugadores no nacidos en el pueblo que ayudaron al crecimiento del fútbol local: Velazco, El Coruco; el profesor Raúl Arriaga; los hermanos Arturo, Armando y Roberto Barajas Morales; Andrea García, El Carta Blanca, un zacatecano que supo hacer amigos.

De los jugadores locales, una familia hizo importantes aportaciones: José, La Caica; Rosalío, La Cachorra; y Martín Pineda. Todos los hermanos, buenos jugadores. Resalta José, La Caica, un portero fuera de serie que pudo brillar profesionalmente de haber tenido oportunidades.

El futbol y los futbolistas eran intensos, lo mismo que sus seguidores. No había incentivos económicos. El orgullo, la popularidad, el sabor de la victoria pagaba todos los esfuerzos. No era común que los jugadores cambiaran frecuentemente de equipos. Tampoco hacían dramas baratos revolcándose en el suelo cuando el adversario les hacía algún “cariño”.

En la playa, a partir de las cinco de la tarde, empezaban a llegar los muchachos con la intención de integrar un trabuco antes de iniciar las cáscaras. Lo mismo sucedía con las retadoras, siempre ansiosas porque anotaran gol y poder entrar al relevo. Público local, turistas nacionales y extranjeros disfrutaban de un espectáculo gratuito.

Pedro Lara Mejía, El Coco, gambeteaba con estilo, muy a la brasileña; Toño Farías, El Perro, intentando sus chilenas —total, la caída en arena no era dolorosa—; Juan Otero Souza regodeándose con sus trallazos.

En Zihuatanejo sigue habiendo jugadores con potencial, no solo en el puerto. Las comunidades urbanas y suburbanas cuentan con promesas. Sin embargo, siguen abandonados, descuidados por las instituciones del fútbol profesional.

Jugadores como Vladimir Velázquez López; Adrián, El Pato Aburto; Víctor Manuel Reyes López, Vitico; Marcelo Ruiz González, Mota; o El Venado Gutiérrez, y otros tantos buenos jugadores de la comunidad de El Coacoyul, merecían mayor fortuna. Algunos lograron, en su carácter amateur, enfrentarse en partidos amistosos a equipos profesionales de la primera división mexicana. Algunos incluso jugaron contra la selección nacional de Tanzania. Otros más lograron pisar el césped del estadio Jalisco, en la ciudad de Guadalajara, jugando en el preliminar Chivas vs América, con estadio lleno.

Hoy las condiciones han mejorado, pero no lo suficiente para cumplir las aspiraciones de los jóvenes futbolistas. Hay patrocinio. Maestros de educación física asesorando o responsabilizándose enteramente del equipo; abundan voluntarios dirigiendo partidos con buena fe, aunque careciendo de la formación técnica necesaria; los medios de comunicación se ocupan de ellos. Hay más campos, más ligas, más categorías. Hay futbol femenil. Quizá algunos muchachos estén en las fuerzas inferiores de equipos profesionales; tal vez otros estén en la antesala de debutar. No lo sé.

En todas las actividades humanas se ponderan los valores humanos, particularmente la honestidad. El futbol y lo que lo rodea no está exento.

Voy a narrar dos acontecimientos que resaltan la importancia de no mentir:

Uno. En el año de 1978, el gobierno municipal a cargo del arquitecto Armando Federico González Rodríguez y la Federación Mexicana de Futbol, presidida por el doctor Rafael Del Castillo, acordaron celebrar un cuadrangular en la Unidad Deportiva del puerto. El torneo tenía carácter oficial. El ganador representaría a México en la justa internacional a celebrarse en la ciudad de Toulón, Francia. Los equipos participantes: la selección nacional amateur, dirigida por el exjugador Jesús Del Muro; El Puebla (la fuerza inferior), teniendo como técnico a Isidro Lángara (legendario delantero centro de la selección de España en los años treinta. Ostenta el mejor promedio goleador de la historia del seleccionado, con 17 goles en 12 partidos oficiales, un promedio histórico de 1.42 goles por encuentro, marca nunca igualada en España); Zacamel (fuerzas inferiores del Zacatepec), a cargo del Piteco Sánchez; y el PROPEMEX, equipo local.

La noche anterior al inicio del torneo se celebró una reunión para discutir los términos y acuerdos a respetar durante el torneo. Fue la sala de Cabildos del Ayuntamiento la sede. Asistieron los cuatro técnicos; Efraín Meneses González, en su carácter de presidente de la liga municipal de futbol; Arturo Yamazaki, representando a la Comisión de Árbitros de la Federación Mexicana de Futbol, presentó a la tripleta de árbitros que pitarían todos los juegos. El árbitro central sería Jorge Humberto Rojano. Uno de los abanderados era Arturo Brizio Carter, de apenas 22 años. Había un representante del doctor Del Castillo.

El acuerdo más importante era la edad máxima de los jugadores: 20 años o menores. El equipo local, considerado con muchas carencias, podía jugar con futbolistas no mayores a los 24 años. El Piteco, al oír el límite de edad, arqueó las cejas mirando fijamente al técnico del PROPEMEX; en un receso lo buscó.

—¡No está parejo el piso! Conozco a los jugadores de la selección y del Puebla. Algunos vienen rasurados. Nos llevan ventaja. Tenemos que impedirlo. Tú, como anfitrión, estás obligado a apoyarme. —Piteco, ¿eso es verdad? Porque, de ser así, son deshonestos —respondió el aludido. —¡Por supuesto que lo es! —confirmó. —Como anfitrión estoy en una encrucijada. No conozco a la mayoría y de los técnicos solo a Del Muro. Tengo la obligación de procurar una buena atención. ¿Qué propones? —¡No jugar! —respondió.

Los partidos empezaban al otro día por la mañana. La afición, entusiasmada. Desde Acapulco hasta Morelia llegaban aficionados. La Unidad Deportiva, preparada. Prensa deportiva nacional, como el periódico ESTO, ya se había presentado con el presidente municipal.

Con un panorama así, los técnicos inconformes se refugiaron en su conciencia: ninguno rompería el pacto, y ambos exigieron que se asentara en el acta la decisión de jugar bajo protesta por violación al límite de edad. El torneo concluyó como naturalmente lo calculó la FMF: la selección amateur, campeona.

La otra anécdota: Hace pocas semanas se jugó en la cancha Vitico el segundo torneo Verano de Oro 2026, para jugadores de 60 años y mayores. Todos los equipos podían contar con dos jugadores de 59 años, como una concesión. Todo caminaba bien. De pronto estalla el escándalo en vísperas de jugar la final. Leyendas de Morelia, que ya había perdido la semifinal, protesta, acusa y pide que se sancione a Zihuatanejo, con quien había perdido la semifinal, por traer más de dos jugadores menores de 60 años.

Salieron a flote la deshonestidad de ambos equipos. Zihuatanejo y ningún otro equipo del torneo deberían romper las reglas. Cierto, no hay excusas. Pero —y aquí viene el “pero”— si las Leyendas de Morelia ya lo sabían, ¿por qué esperaron para protestar? Qué tal si calcularon mal. Si ganaban, no tenía caso protestar. Si sucedía, como sucedió, que perdieran, entonces el recurso de la protesta podía llevarlos a la final.

Lo que sucedió fue frustrante y bochornoso: Zihuatanejo, descalificado, se apropia de la cancha e impide que se juegue la final sin importar el aficionado. “Ganamos en la cancha y ahí nos deben ganar”. Sí y no. Sí, se deben ganar los partidos jugando. No se deben ganar los juegos con trampas. Indudablemente, lo sucedido también es responsabilidad de los organizadores. Si Morelia descubrió los fraudes, ¿por qué no hicieron lo propio los organizadores y oportunamente? Ni Zihuatanejo ni Morelia. El campeón, por decisión de gabinete, fue uno de los finalistas.

Si bien se aplaude el esfuerzo de organizar ese tipo de torneos, se reprueba la deshonestidad y la negligencia de los responsables de coordinar los juegos.

En suma, estas anécdotas solo pretenden recordarles a los jugadores que no mientan, independientemente de que otros equiperos lo hagan. Y a los organizadores, que sean más responsables y hagan su tarea con pulcritud y oportunamente.

Serapio

JORGE LUIS REYES LÓPEZ

En los cerros que rodean la bahía de Zihuatanejo todavía quedan caminos que parecen no llevar a ninguna parte. Senderos angostos, cubiertos de hojarasca, que suben entre los renovales y bajan después hacia los arroyos, como si la tierra misma los hubiera dibujado para que por ellos caminaran los hombres, los burros y las vacas.

Por esos caminos conocía cada recodo un vaquero llamado Pancho el Cuche.

Con certeza no se sabía de dónde le había venido aquel apodo. Algunos decían que desde chamaco había sido medio cuche, es decir, con cierta maña para escabullirse de los problemas. Otros aseguraban que el sobrenombre se lo habían puesto porque, cuando era niño, perseguía a los marranos por los corrales y terminaba revolcándose con ellos en el lodo.

Lo cierto era que a Pancho le quedaba bien.

Era chaparro, panzón, nalgón y cabezón. Tenía los dientes separados y torcidos, como si cada uno hubiera escogido por su cuenta el lugar donde quería estar. Su piel quemada parecía tener el mismo color de la tierra de los cerros. Usaba sombrero, camisa de mezclilla y pantalones gastados por los años y por la silla de montar.

Siempre llevaba en la boca un pedazo de hoja de tabaco.

Lo mascaba lentamente, con la paciencia de quien no tiene prisa.

De vez en cuando hacía una pausa, ladeaba la cara y escupía hacia un costado.

—¡Puaaj!

Después volvía a masticar. Pancho era un parlanchín redomado, tanto que con los animales podía pasarse horas conversando.

—A ver, Prieta, no te me hagas la desentendida.

La vaca levantaba la cabeza.

—Sí, tú. ¿A quién crees que engañas?

La vaca lo miraba con sus ojos grandes y tranquilos.

—Ya sé que tienes hambre. Pero primero vamos a buscar a las otras.

Y la Prieta, como si hubiera entendido perfectamente, se levantaba y comenzaba a caminar. Pancho conocía a cada animal por su nombre. Sabía cuál era flojo, cuál corneaba, cuál se apartaba del grupo y cuál tenía la costumbre de caminar siempre al frente.

También sabía leer el monte. Conocía el olor de la tierra cuando la lluvia se acercaba. Distinguía el ruido de un arroyo entre el canto de los pájaros y podía saber, por la forma en que se movían las hojas de los árboles, si el viento venía de la sierra o de la bahía. Los cerros eran para él como un libro abierto. Había aprendido a leerlos sin letras.

Sabía dónde encontrar agua durante la temporada seca, dónde crecían los mejores pastos y en qué parte se escondían las reses cuando se espantaban.

A pie o montado en su burro, Pancho arreaba el ganado por aquellos caminos.

Algunas mañanas salía antes de que el sol apareciera detrás de los cerros.

El pueblo todavía dormía.

Las casas permanecían cerradas y apenas comenzaban a escucharse los primeros ruidos del día: una puerta que se abría, el ladrido de algún perro, el canto lejano de un gallo.

Pancho caminaba al frente, mientras el burro lo seguía.

A veces iba hablando solo.

—Hoy nos vamos para El Limón.

El burro levantaba las orejas.

—No pongas esa jeta. Allá hay sombra.

El animal seguía caminando.

—Y no me digas que estás cansado porque apenas vamos empezando.

El burro parecía no estar de acuerdo.

—Bueno, bueno. Tú ganas.

Y Pancho sacaba de una bolsa una tortilla doblada y un pedazo de queso.

En aquellos tiempos, Zihuatanejo era todavía un pueblo pequeño. La bahía parecía más grande porque había menos casas y menos ruido. Las calles eran tranquilas y los vecinos se conocían casi todos.

No había la prisa de los años que vendrían. No había automóviles entrando y saliendo a todas horas ni edificios altos que escondieran el horizonte.

Había polvo, árboles, huertas, animales y mar. Y había tiempo, mucho tiempo.

Pancho formaba parte de aquel mundo, como los hujes, los arroyos y los caminos de tierra.

Cuando el sol subía demasiado, llevaba el ganado hasta la orilla del arroyo de El Limón. Ahí crecían los hujes, árboles de sombra generosa bajo los cuales las vacas podían descansar durante las horas más calientes. Las reses se acomodaban lentamente. Una se echaba. Luego otra. Después otra. En pocos minutos, el ganado entero parecía haberse convertido en un montón de cuerpos tranquilos, respirando despacio.

Pancho se sentaba bajo uno de los hujes. Sacaba su bule de agua. A veces llevaba también un pequeño trago de tequila o de mezcal.

—Nomás uno —decía.

Pero casi siempre terminaba siendo más de uno. El mezcal le calentaba el pecho y el tequila le soltaba la lengua.

Entonces comenzaba a hablar con las vacas.

—Ustedes no saben lo que era este pueblo antes.

Una vaca movía la cola para espantar una mosca.

—No, no saben.

Pancho miraba hacia la bahía. A lo lejos, el azul del mar brillaba bajo el sol.

—Antes había paz.

Se quedaba callado. Después agregaba:

—Paz de verdad.

El viento movía las hojas del huje. El agua del arroyo corría lentamente entre las piedras. Y Pancho cerraba los ojos. Muchas veces se quedaba dormido recargando la cabeza sobre una de las gruesas raíces del árbol. Entonces, mientras dormía, por sus ojos pasaba una parte de la vida del viejo Zihuatanejo. Veía el pueblo como había sido muchos años atrás. Miraba a los hombres regresar de la pesca con las manos ásperas y el olor del mar pegado a la ropa. Veía a las mujeres conversando en las puertas de sus casas. A niños corriendo descalzos por las calles. Campesinos limpiando sus milpas. Burros cargados, perros echados bajo las sombras y hombres sentados afuera de las tiendas, hablando de cualquier cosa. La bahía limpia y silenciosa.

Miraba a sus propios compañeros de aquellos años. Algunos ya estaban muertos. Otros se habían ido. Algunos simplemente habían desaparecido de su memoria, como desaparecen ciertas huellas después de una lluvia fuerte. Pero en sus sueños regresaban.

Entonces Pancho volvía a ser un muchacho. Corría detrás de las vacas. Montaba el burro. Se bañaba en el arroyo. Se metía al mar y bebía mezcal con los amigos mientras la noche caía sobre el pueblo.

En esos sueños, Zihuatanejo nunca cambiaba. La bahía permanecía igual. Los cerros seguían verdes, libres de viviendas aferradas como garrapatas a las verijas de las lomas. Los caminos seguían de tierra y la gente seguía saludándose por su nombre.

—Buenos días, Pancho. —Buenos días. —¿Cómo amaneció? —Pues amanecí, ya es ganancia.

Algunas veces, al despertar, Pancho no sabía si había estado soñando o recordando. Abría los ojos lentamente.

El sol se filtraba entre las ramas del huje. Las vacas rumiaban. El arroyo seguía corriendo. Una mosca insistente caminaba por su nariz. Pancho la espantaba con la mano.

—¡Chingada mosca!

Se incorporaba con dificultad. Miraba a su alrededor.

—¿Y ustedes qué?

Las vacas levantaban la cabeza.

—¿Ya descansaron?

Ninguna respondía.

—Pues vámonos.

Se ponía de pie, acomodaba el sombrero y escupía de lado.

—Todavía nos falta camino.

Había tardes en que Pancho no quería regresar; se quedaba sentado bajo el árbol mirando hacia los cerros. El viejo vaquero sabía que el pueblo estaba cambiando. Lo había visto poco a poco. Primero aparecieron más casas. Después llegaron vehículos, luego más. Los caminos se hicieron calles. Algunas huertas desaparecieron. Los lugares donde antes pastaban las vacas comenzaron a tener cercas.

Aquel Zihuatanejo tranquilo que llevaba en la memoria comenzó a parecerle un pueblo de otra época. Pancho no decía que los tiempos nuevos fueran malos. Pero entendía que algunos acontecimientos parecían infernales. Simplemente eran muy distintos.

—Cada tiempo tiene lo suyo —decía.

Pero cuando lo hablaba, había tristeza en su voz.

Una tarde, mientras el ganado descansaba junto al arroyo de El Limón, Pancho se quedó dormido; el tabaco quedó entre sus labios. Volvió a soñar. El pueblo estaba tranquilo. Escuchó las campanas de la iglesia. Oyó risas, el golpeteo de un remo contra una canoa. Alguien lo llamó de lejos:

—¡Pancho!

Se volvió. Era un viejo amigo que había muerto hacía muchos años.

—¿Qué haces aquí? —Vine a buscarte. —¿Para qué?

El amigo sonrió.

—Para que nos vayamos a arrear las vacas.

Pancho soltó una carcajada.

—¡Pero si yo ya estoy viejo! —Aquí no.

Pancho miró sus manos. Ya no estaban arrugadas. Vio sus piernas. Volvían a ser fuertes. Se tocó los dientes y los sintió jóvenes, aunque seguían igual de torcidos.

—¿Y el burro? —Ahí está.

Pancho lo vio a unos metros. El animal parecía esperarlo.

—Pues vámonos.

Los dos comenzaron a caminar hacia los cerros. Detrás de ellos la bahía permanecía azul y tranquila.

Cuando Pancho despertó ya estaba cayendo la tarde. Las sombras de los hujes se habían alargado. Las vacas empezaron a levantarse. El vaquero permaneció sentado unos instantes, mirando el agua. Después se llevó la mano a la boca. Luego sacó el tabaco y lo arrojó al suelo. Buscó otro pedazo de hoja. Lo cortó con los dientes y lo mascó.

—Ya está bueno de dormir.

Se levantó.

—Vámonos, muchachas.

El ganado comenzó a caminar. Pancho tomó las riendas del burro y avanzó detrás. El sol se estaba ocultando. La bahía parecía cubierta de sombras. Pancho se detuvo un momento. Miró hacia atrás. Allá quedaron los hujes. El arroyo. Los caminos. Los cerros.

Todo parecía igual. Sin embargo, nada era igual.

Pancho sonrió. Escupió de lado.

—Mientras yo me acuerde —dijo en voz baja—, el viejo Zihuatanejo no se va a morir.

Luego siguió caminando. Detrás de él, lentamente, las vacas fueron perdiéndose entre los renovales mientras la noche bajaba. Pancho el Cuche regresaría a su casa con el olor del monte en su cuerpo, el sabor del tabaco en la boca y una historia nueva que contarles a sus animales al día siguiente.

Porque los hombres pasan. Los pueblos cambian. Los caminos desaparecen, pero mientras alguien recuerde el nombre de los árboles, el sonido de los arroyos y las historias de quienes caminaron antes por ellos, el viejo Zihuatanejo seguirá viviendo.

Enfoque – Beatriz Mojica es la más viable a la candidatura a Gobernador de Guerrero


Carlos Díaz Figueroa

No es ninguna sorpresa en Beatriz Mojica Morga levantar la mano previo al método de encuesta, toda vez que la constancia ha sido precepcion de regreso al terreno electoral al igual que en el 2015, donde logró una votación de certeza y margen.

La senadora morenista en las últimas contiendas en las urnas ha dejado huella de triunfó, de tales, la acreditan un perfil opcional y viable de mira a la candidatura a Gobernador en Guerrero.

El trabajo electoral de Beatriz Mojica está reflejado en el territorio con el respaldo directo del pueblo, en un puente de comunicación en precedentes y de frente a las causas sentidas y de marginación con altos índices de rezagos y pobreza.

Las razones viables de la aspiración tienen ciertas lecturas de seguridad y diferencia de margen, lo que significa confianza y continuidad para seguir Morena siendo mayoría de representación y transformación de gobernabilidad.

“Guerrero no le puede apostar a la improvisación y se debe continuar con el proyecto de gobierno de Evelyn”, fue la opinión al interior y exterior entre militantes y seguidores a días del registro y a la encuesta interna del partido de Morena.

De ahí, la opción más viable rumbo a la contienda electoral del 2027 con Beatriz quien representa un tendencia de certeza y amplio margen en el terreno, donde se logran los votos para ganar una elección crucial, sin ningún precedente.

Y bueno, la senadora con licencia está lista para que este martes acuda al registro en la sede de la cúpula nacional, lo que será la apertura del desafío en otra oportunidad por buscar después de las encuestas la candidatura a Gobernador.

Políticamente Incorrecto – La medición de Covarrubias

Roberto Camps

En política ha sido costumbre leer las encuestas únicamente a partir de un dato: quién aparece arriba en la intención de voto. Sin embargo, los procesos internos de Morena se mueven ahora bajo la lógica de demostrar que la verdadera batalla no se gana solamente en el terreno de la popularidad, sino en la combinación de atributos que construyen una candidatura competitiva. Hasta hace poco, tu nivel de conocimiento —incluyendo los negativos— te daba la candidatura, pero esto ya cambió. Éste es un criterio que se hará valer en la definición de la candidatura para Guerrero y las otras entidades.

Resulta particularmente interesante la medición de Covarrubias y Asociados publicada esta semana por Crónica, porque además de preguntar por preferencias, realiza un ejercicio de ponderación sobre variables que suelen ser determinantes en los procesos internos de la 4T.

A simple vista, el dato principal es contundente: Beatriz Mojica aparece en primer lugar con 24.1 por ciento de las preferencias para convertirse en la candidata de Morena al gobierno de Guerrero, seguida por Félix Salgado Macedonio con 13.6 por ciento. La diferencia supera los diez puntos y marca una ventaja significativa para una etapa todavía temprana de la sucesión. Casi dos a uno.

Pero el dato verdaderamente relevante está en otro lado: la encuesta mide opinión positiva, honestidad, cercanía, conocimiento del estado, cumplimiento, percepción de ser buen candidato y disposición a votar. Es decir, intenta identificar no sólo quién es más conocido, sino quién tiene mayores probabilidades de convertirse en una candidatura ganadora.

Y es ahí donde Mojica construye su verdadera fortaleza.

Mientras Félix Salgado conserva ventajas asociadas a su larga trayectoria política —como la cercanía con la gente y el amplio conocimiento de su figura en todo el estado—, la senadora domina los indicadores vinculados a la competitividad electoral.

Beatriz encabeza la opinión positiva. Encabeza la percepción de honestidad. Encabeza la evaluación sobre quién sería un buen candidato. Encabeza la disposición de voto. Y, por supuesto, encabeza la preferencia para representar a Morena.

En otras palabras, la encuesta está diciendo algo más profundo que un simple liderazgo momentáneo: está señalando que Beatriz Mojica es actualmente la aspirante que reúne más condiciones para construir una mayoría electoral.

En los procesos internos de Morena, especialmente después de 2018, la discusión ha dejado de centrarse exclusivamente en quién tiene más historia dentro del movimiento. Lo que termina pesando es quién garantiza mejores condiciones para ganar la elección constitucional.

Bajo esa lógica, el indicador más importante del estudio es el de “buen candidato”. Ahí Mojica alcanza 25.8 por ciento, una cifra que la coloca claramente por encima de sus competidores. Se trata de un atributo que suele sintetizar múltiples percepciones: capacidad, confianza, estabilidad, liderazgo y viabilidad electoral.

Cuando un aspirante comienza a ser visto como el perfil con mayores posibilidades de triunfo, se produce un fenómeno político conocido: los liderazgos empiezan a alinearse. Los grupos regionales reducen resistencias. Los actores neutrales observan con mayor interés. Los respaldos potenciales comienzan a moverse.

Eso explica por qué la ventaja de Mojica no puede interpretarse únicamente como una fotografía del momento, sino como una señal de consolidación.

Otro elemento relevante es la variable de honestidad. En una fuerza política cuya narrativa sigue construida alrededor del combate a la corrupción y la reivindicación ética de la función pública, ese atributo tiene un peso específico mayor que en otros partidos. Mojica aparece también al frente en ese rubro, reforzando una imagen pública asociada a confianza y credibilidad.

La encuesta, además, parece reflejar un fenómeno de amplitud política. El respaldo de la senadora ya no parece concentrarse en un solo segmento del electorado morenista. Su posicionamiento muestra capacidad para conectar con diversos sectores sociales, regionales y generacionales, una condición indispensable para quien aspire a gobernar un estado tan complejo y diverso como Guerrero.

En este momento, los únicos perfiles que muestran una ventaja consistente en términos de posicionamiento político estatal son Beatriz Mojica Morga y Félix Salgado Macedonio, quienes aparecen de manera recurrente en las mediciones públicas con niveles de conocimiento y preferencia que les permiten generar una puntuación efectiva dentro de cualquier modelo de encuesta.

El resto de los aspirantes enfrenta un problema estructural: su nivel de conocimiento estatal es todavía insuficiente para traducirse en una ponderación competitiva. En términos prácticos, una persona puede tener buena imagen entre quienes la conocen, pero si su nivel de conocimiento es bajo, el resultado ponderado tiende a ser reducido o incluso cercano a cero.

Bajo esa lógica, perfiles como Esthela Damián Peralta, Iván Hernández Díaz, Pablo Amílcar Sandoval Ballesteros, Jacinto González Varona y Rubén Cayetano García tendrían primero que superar la barrera del conocimiento ciudadano antes de aspirar a una puntuación relevante en una encuesta definitiva.

La señal que envió la dirigencia nacional es que no bastará con tener cargo, cercanía política o presencia en redes sociales. Lo que contará será la combinación de conocimiento, opinión favorable, competitividad electoral y negativos controlados. Con la información pública disponible hasta ahora, únicamente Beatriz Mojica y Félix Salgado aparecen con una base de posicionamiento que les permite arrancar con puntuación propia en una eventual medición estatal, mientras que el resto sigue disputando el derecho a entrar realmente en la competencia.

Quizá por eso es que desde hace rato se mueve una contracampaña dirigida a la puntera Beatriz Mojica, en un caso a través de supuestos encuestadores de Morena que hablan mal de la senadora y entregan volantes de otra campaña, y hacen la “encuesta” inductiva. Esto es un solo caso, pero hay más ejemplos de estas campañas negras, por cierto, prohibidas por la dirigente Ariadna Montiel en su visita a Acapulco. Construir la unidad ignorando los agravios es algo complejo, pero no imposible.

La discusión interna de Morena en Guerrero todavía no es quién va ganando la encuesta, sino quién logra reunir las condiciones mínimas para que su nombre produzca una medición estadísticamente significativa.

Hoy, esa condición parece estar concentrada principalmente en Beatriz Mojica y Félix Salgado. Pero la decisión del senador está en el aire, porque además del elemento de la medición, aplicarán los lineamientos que se emitan el próximo lunes cuando se publique la convocatoria, y estos tienen que ver con su reglamento, tema que ya ha sido ampliamente discutido.

Por último: en Morena las candidaturas se definirán no por una imposición, como algunos creen, sino por la posibilidad de ganar. Ése será el elemento que marcará el rumbo de la sucesión en Guerrero.

Serapio

Jorge Luis Reyes López

El conocimiento que posee Lapo de la herbolaria local es respetable. Cada oportunidad que tiene de intercambiar hierbas, recetas o consejos con los arrieros la aprovecha cabalmente. Ocasionalmente se desplaza a las comarcas cercanas con el propósito de mantener surtida su botica personal. La hierba la utiliza como anestesia. No le incomoda ese olor a hoja quemada de mazorca seca de maíz; solo se asegura de que el humo no lo avienten en su dirección.

Hoy salió no muy temprano hacia el cerro de La Ropa. Necesitaba la susucua para curar el piquete de alacrán. Pero eso no era todo: recientemente se habían presentado algunos casos de piquetes de arlomo y necesitaba la planta correcta. Sabía que en el cerro de La Ropa la encontraría. Decidió caminar por la playa, avanzando por el Eslabón. El calor estaba fatal. Sin dudarlo dirigió sus pasos a los frondosos manzanillos que se agrupaban en la playa, justo en la base de la pendiente del cerro.

Llegó y se quitó el sombrero. Todo su cuerpo se refrescaba. La brisa marina y la espesa sombra de los árboles le proporcionaban lo necesario para descansar. Se sentó en la arena, inclinando la espalda en el tronco del árbol. ¡Qué sensación de paz y comodidad sentía! La sombra arbórea lo revitalizaba. En la arena yacían varias frutas verdes, como perones, que caían de las ramas abundantes en fruto. Sabía lo letal que era comerlas. No resistió la tentación de agrupar algunas bolitas verdes brillantes, a las que acarició mecánicamente.

No recuerda en qué momento se quedó dormido. Cuando despertó vio frente a sí a un turista extranjero que, a corta distancia, lo miraba intensa e inquisitivamente. Serapio le calculó unos cuarenta y dos años. El hombre era alto, quizá 1.80 metros; esbelto, no más de 80 kilogramos, pensó el abuelo. Tenía el pelo castaño, corto y con claras entradas; ojos azul grisáceos; tez clara; rostro alargado y estrecho; frente amplia y prominente; nariz recta, entre mediana y larga; boca mediana y labios finos; mentón marcado sin ser exagerado. Cuando sonrió lo hizo con amplitud. Un tipo carismático: esa era la imagen que proyectaba.

Inició la conversación presentándose: “Soy Timothy Leary. Vengo de Estados Unidos y es la primera vez que visito Zihuatanejo. Estoy hospedado en el hotel Catalina”. “Sí, claro —respondió el abuelo—, ese hotel es joven; lo construyeron hace ocho años, en 1952”. “Sí —retomó Leary—. Está alejado del pueblo, es muy discreto, se siente una paz monacal. Tiene una vista preciosa; desde arriba el color del agua se ve verde azul transparente. Es muy divertido bajar a la playa en ese carrito minero que se desplaza en rieles sostenido por cables de acero. Estoy impresionado por la belleza del lugar. Se respira armonía, tranquilidad. Es muy fácil conectarse con la naturaleza y con el universo”.

A Lapo lo desconcertaba el lenguaje que utilizaba. Definitivamente acaparaba la atención al hablar. “Tiene madera de líder”, concluyó Serapio. “Este hombre es algo más que un simple turista”. “Soy Serapio López Guillén, curandero y sobandero del puerto”.

Esta conversación sucedió en el verano de 1960. Zihuatanejo tenía escasos mil seiscientos y pico de habitantes. Intercambiaron opiniones sobre la medicina herbolaria, particularmente sobre los hongos mágicos, así llamados popularmente por curanderos y chamanes. “No los conozco”, respondió el abuelo, y se despidieron.

Serapio regresó a casa. Timothy hizo lo propio: volvió a Cambridge, Massachusetts, a la Universidad de Harvard, donde era un prestigiado académico e investigador. Era psicólogo clínico, investigador de estados alterados de conciencia. Fue la figura más conocida en los años sesenta del movimiento psicodélico, por su defensa del LSD y otras sustancias para explorar la mente.

En Harvard trabajó en lo que se conoció como el “Zihuatanejo Project”. Lo hizo junto a dos colegas: Richard Alpert, que después cambió su nombre por el de Ram Dass, y Ralph Metzner.

Alpert era profesor de la Universidad de Harvard, especialista en desarrollo de la personalidad y motivación humana. Era diez años menor que Leary. Medía quizá un poco más de 1.80; hombre delgado y atlético; cabello castaño oscuro, liso, bien peinado; ojos marrón oscuro en un rostro ovalado y fino; boca mediana, labios finos y una sonrisa cálida. Su expresión era amable. Elegante para vestir: le gustaban las camisas de cuello abierto. Tenía el aspecto de un joven profesor universitario. Su apariencia era pulcra, refinada. Era el más sociable de los tres. Procedía de una familia acomodada de Boston.

Ralph Metzner había nacido en Alemania y crecido en Estados Unidos. Por ese entonces rondaba los veintisiete años. También era alto, casi 1.80. Su cabello castaño claro tendía a un rubio oscuro; ojos claros, entre azul gris y verde gris; rostro angular; nariz recta y grande; boca estrecha; mirada seria, intelectual. Reservado, cerebral, tenía el estereotipo del clásico investigador universitario. Era el menos carismático de los tres. Obtuvo el doctorado en Harvard. Fue investigador de los estados alterados de conciencia, psicólogo y académico.

Leary, líder del “Zihuatanejo Project”, inició entre 1960, 1961 y principios de 1962 un trabajo extenuante a través de una convocatoria que fluía entre círculos académicos, intelectuales, exalumnos de Harvard, artistas y grupos de contracultura. Se difundió ampliamente en la red social académica. La respuesta ascendió a casi cinco mil solicitudes. Los psicólogos ya habían determinado que solo experimentarían con treinta y cinco personas. Empezarían en el verano de 1962 en el hotel Catalina, que rentarían total y exclusivamente. La segunda fase sería en el verano de 1963. Tendría una duración de seis semanas y un costo de 200 dólares al mes, con derecho a hospedaje y alimentos. Los seleccionados llegarían por su cuenta a México.

Durante más de un año realizaron entrevistas para depurar al grupo. Buscaban personas con alta apertura mental, interesadas en la psicología, la filosofía y la espiritualidad; con baja rigidez moral y gran capacidad de introspección. No aceptaban perfiles autoritarios, cerrados o con fuerte resistencia a experiencias psicológicas intensas. Evaluaban la estabilidad emocional básica, la tolerancia a estados alterados, la curiosidad sin comportamiento destructivo y, sobre todo, la disposición a abandonar el ego. La pregunta central del equipo era: “¿Esta persona puede explorar su mente sin colapsar psicológicamente?”.

El grupo final fue una mezcla de psicólogos jóvenes, artistas, intelectuales y buscadores espirituales. Exestudiantes o académicos de Harvard; pintores, músicos, escritores experimentales; bohemios de Nueva York y California; jóvenes de familias adineradas. Entre los participantes estaban el psicólogo Gunther Weil, Paul Lee —teólogo de Harvard— y algunos colaboradores del “Harvard Psychedelic Project”. La mayoría eran estadounidenses, aunque también había algunos de origen europeo.

En el verano de 1962 arrancó la primera etapa del “Zihuatanejo Project”. Todos hospedados en los bungalós del hotel Catalina. Cada participante pagaba 200 dólares por mes, con derecho a hospedaje y alimentación. Cada integrante costeaba por su cuenta el viaje a México. “Zihuatanejo Project” era un centro experimental psicológico. Crearon una comunidad intencionalmente contracultural. Experimentaron en grupo con LSD. Fue un movimiento psicodélico temprano. Su cuna: Zihuatanejo. Usaban entre 100 y 500 microgramos de LSD en sesiones grupales. Se guiaban por un texto inspirado en The Tibetan Book of the Dead. Las sesiones psicodélicas eran por la mañana: experiencias individuales y grupales. Se registraban los estados de conciencia. Interactuaban con la playa, el mar, la pesca local y se aislaban.

Los académicos buscaban un modelo de educación psicológica alternativo: conocer los efectos del LSD en grupo y desarrollar algo semejante a un retiro psicodélico terapéutico.

Verano de 1963. “¡Don Serapio, don Serapio!”, repetía una voz apremiante. Lapo salió de su torito para asomarse y ver quién hacía tanto argüende. Un empleado del hotel Catalina le explicó brevemente que, por favor, fuera a atender a un huésped que se había zafado el codo, pero que no quería salir del hotel para ser atendido.

Cuando llegó al hotel, en ese mes de julio, vio a un grupo de extranjeros que parecían ajenos a lo que los rodeaba. Afuera del círculo estaba el paciente. “No haga caso de lo que ve, don Serapio”, le recomendó el empleado. “Ahí está su cliente”, agregó, señalando al extranjero.

Lapo pidió una silla junto al paciente. Una vez que le llevaron lo que pidió, el empleado se despidió rápidamente diciendo: “No puedo estar aquí”. Agregó que, al terminar, pasara a recepción para que se le pagara.

El abuelo estaba incómodo, distraído. No se concentraba. Exploró el brazo y le dijo: “Esto te va a doler”. “No se preocupe, señor, lo toleraré”. “¿Seguro?” “¡Sí!”, respondió.

Se detuvo para mirar con calma el brazo. Luego se enderezó al escuchar una voz que le sonaba familiar. Volteó y descubrió que ese hombre era el mismo con el que conversó en la playa, a la sombra de los manzanillos, en 1960. Solo que ahora lo veía raro.

El paciente estaba descuidado y Lapo aprovechó para hacer un movimiento rápido y brusco: jaló la muñeca del brazo y, con la otra mano, empujó el codo hacia adentro y hacia arriba. El hombre sudó, gritó y pudo ver su codo arreglado.

Lapo sabía que algo pasaba en el grupo. Conocía el olor de la marihuana, y ahí nada olía parecido a la hierba. Sabía que masticar la cáscara de plátano seco puede drogarte, hacerte alucinar. Esa posibilidad también la desechó. Vio cómo pasaban un gotero por cada boca. Lapo no sabía que se trataba de LSD.

En 1938 el químico suizo Albert Hofmann lo sintetizó, extrayéndolo de un hongo que crece en los cereales: el cornezuelo del centeno. Cuando lo toman, el tiempo y el espacio se deforman; emociones y pensamientos se alteran. Aseguran ver colores muy intensos, alucinan, perciben las cosas distorsionadas; luego el tiempo se detiene o se acelera. Tienen ideas muy rápidas, difíciles de entender.

Serapio escuchó un tropel que parecía bajar atropelladamente las escaleras en dirección al grupo. Creyó que era su imaginación alterada. No lo era. Pronto apareció un grupo de hombres uniformados con los colores de Migración. Al menos pudo reconocer a uno: el de la estación de Migración que tenía su oficina en el Palacio Federal.

El 10 de junio de ese año, el periódico estadounidense Newsweek publicó el artículo No Illusions, donde escribían sobre una colonia psicológica en México en la que se experimentaba con LSD en un hotel de la costa del Pacífico. ¡Todo se colapsó! La prensa mexicana hizo eco: “LSD Paradise / Colonia extranjera en la costa”. “Experimentos psicológicos y conductas sospechosas” fue de lo más amable que publicaron. El 2 de julio, el San Francisco News-Call Bulletin publicó: “Paradise Lost by Mexico LSD Colony”.

El gobierno mexicano no aguantó la presión diplomática de Estados Unidos y Migración, días después, detuvo en una redada al grupo huésped del hotel Catalina. En esos precisos momentos los treinta y cinco realizaban actividades con psilocibina, que se encuentra en los llamados “hongos mágicos”; cuando se consumen, el cuerpo los transforma estimulando la serotonina.

Desde la Ciudad de México un avión DC-3 voló especialmente a Zihuatanejo para trasladarlos a lo que sería su rápida deportación.

Timothy Leary murió en 1996. Richard Alpert, después de la deportación, viajó a la India. Ahí conoció al gurú Neem Karoli Baba y cambió su nombre por el de Ram Dass; murió en 2019, el mismo año en que falleció Ralph Metzner. Los tres fueron expulsados de Harvard.

Serapio

Jorge Luis Reyes López

La construcción de vivienda en Zihuatanejo ha pasado por etapas distintas en la forma y el uso de materiales.

La palma redonda, tanto como la palma de coco, han sido proveedores constantes en la elaboración de casas. En la década de los años cincuenta, las habitaciones populares se construían principalmente con madera. Horcones, soleras y murillos eran cimiento y parte de los techos hechos con palapa. El piso, mayoritariamente, era el suelo. Poco a poco surgieron paredes construidas con adobe. Un antecedente cercano fueron los muros de bajareque. Lo que se conoció como “vaso de la casa” lo constituían los horcones, que cumplían la función de las modernas columnas de concreto o de acero.

En forma horizontal se liaban con bejuco o se aseguraban con clavos las varas, generalmente llamadas “patas de venado”, formando una especie de molde al dejar a los horcones en el centro, ya que ellos eran la fortaleza para construir esas paredes huecas que luego se rellenaban con barro, piedra o estopa de coco, lo que daba frescura a la estancia y permitía tener un aislante del ruido. El adobe fue una innovación importante en cuanto a la construcción de paredes. De hecho, dio pie a los primeros techos de teja de barro.

Para la década de los sesenta ya había casas con paredes de tabique y techos de teja o concreto.

Las tabiquerías tuvieron un rol importante en el desarrollo urbano de Zihuatanejo: tabique, teja, petatillo, cuñas y baldosas se producían en las factorías de lodo y barro. La mayoría de los tabiqueros eran originarios del pueblo llamado El Conchero, situado a la orilla de la carretera, poco antes de llegar al puerto de Acapulco.

La producción específica tiene procesos diferentes, aunque al final todos se agrupan en el mismo lugar: el horno.

Hacer tabique requiere elegir tierra de buena calidad que no esté muy contaminada con barro. Encontrado el lugar ideal, se desarrolla toda una estrategia de operación: ubicar el sitio más conveniente para construir el horno; elegir dónde estarán los patios para tender y secar el tabique. El círculo de esta primera etapa se cierra con la conveniencia de colocar el área de corte y batido de tierra para convertirla en lodo, asegurándose de que esté en estrecha cercanía con el patio.

Hacer teja es diferente. Se requiere fundamentalmente de barro, al que frecuentemente hay que atemperar para evitar que el producto se reviente.

Una de las primeras tabiquerías fue la de don Víctor Reyes Ruíz. Actualmente esos terrenos están ocupados por las viviendas de Infonavit La Parota y por una gran tienda de autoservicio.

Los patios tenían que estar impecables: bien nivelados, lisos, sin estorbo alguno. Cada tabiquería tenía su propio estilo: algunas trabajaban en equipo, otras en solitario. Una vez cortada la tierra con barreta o azadón, se distribuía formando un círculo, dejando el centro vacío; ahí se vaciaba el agua. Después, con el azadón, se mezclaba con la tierra mientras se batía y se agregaba agua hasta obtener un lodo pastoso y consistente, que sería transportado en unos discos hechos con alambrón con los que se formaba el aro. Desde las orillas de ese aro surgía un entramado de alambre recocido que convergía en el centro formando una telaraña de finos hilos metálicos.

En el patio yacía un molde de madera, generalmente de seis rectángulos, llamado gavera, donde se vaciaba el lodo. El tabiquero lo amasaba asegurándose de que no hubiera huecos internos. Una vez compactado, pasaba por encima de la gavera un racero metálico, una especie de cinturón corto con el que emparejaba y alisaba la superficie de cada bloque destinado a ser tabique.

Los trabajos iniciaban de madrugada para que, al asomarse los primeros rayos solares, los tabiques comenzaran su proceso de secado. Por la tarde, ya oreado el tabique, se desbabillaba, es decir, se le cortaban los sobrantes de lodo que se habían salido del molde. Después se colocaban de canto para que, al terminar el día, estuvieran estibados de manera tal que quedaran expuestos al sol dos o tres días más, hasta quedar totalmente secos y fuera de los patios.

La teja tenía un proceso diferente. Se usaba barro mezclado con algún material que lo cohesionara, frecuentemente llamado “liga”. Era el pajoso de burro, caballo o mula el más utilizado, pero nunca el de vaca. Se recogía en costales yendo a los potreros. Después, en las tabiquerías, se amontonaba y con un garrote se majaba hasta desmenuzarlo. Era un vegetal fino que se mezclaba con el barro.

Convenientemente se trabajaba en pareja. Uno moldeaba el barro en una tabla lisa y perfecta, donde colocaba un rectángulo hecho por un herrero. La parte superior era más ancha que la inferior. Aproximadamente treinta centímetros más abajo había otro banquito formado por una tabla horizontal clavada sobre dos minipostes. Ahí se colocaba lo que se conocía como “burro”: un molde curvo con mango, frecuentemente hecho con madera de parota.

El cortador colocaba con cuidado en el burro el barro salido del molde e iniciaba otra tarea: el tendedor —así se llamaba quien manejaba el burro— llegaba al patio, se hincaba y depositaba el molde. Alisaba el barro y, con sumo cuidado, lentamente sacaba el burro, asegurándose de que la futura teja no se cayera. Ahí permanecía todo el día asoleándose. Por la tarde era levantada y colocada en forma vertical para culminar el secado. Dos de los mejores tejeros de esa época eran los hermanos Nogueda: Esteban, que cortaba, y Félix, que tendía.

El último eslabón del proceso era quemar el tabique y la teja. Algunas veces la horneada era solo de tabique; otras era mixta. En este caso, las tejas siempre serían las capas superiores.

Quemar era un arte lleno de sabiduría. Por lo general, los hornos eran de dos tipos: el conocido como “de campaña”, que era una excavación en el piso, y el que se hacía a cielo abierto. Todos los hornos tenían dos bocas que terminaban sin salida. El combustible usado era la estopa de coco, vendida por los copreros después de haber extraído la pulpa seca. Se transportaba en carretas con redilas improvisadas con varas y tiradas por bueyes.

Los quemadores no se bañaban después de quemar ni se lavaban el rostro si no habían transcurrido al menos tres días. Corrían el riesgo de quedar ciegos si lo hacían. El horno se forraba con tabique crudo, enjarrado con lodo en las puntas, formando una costra que evitaba que se escaparan el fuego y el calor. Las esquinas de los hornos eran referencias obligadas para suspender la alimentación de combustible. Cuando el fuego llegaba al techo, se aventaban estopas de coco para reforzar la lumbre arriba y que la cocción fuera pareja.

Nunca los atizadores estaban exentos de pasarse de calor. Cuando esto sucedía, el tabique o la teja sufría una metamorfosis caprichosa: su color rojo esperado se convertía en tornasol y su cuerpo retorcido emitía un sonido metálico al golpearlo. Los viejos tabiqueros decían, cuando esto pasaba, que el quemador había “fundido” el tabique o la teja.

Gindo Morelos, Librado Reséndiz y Chico Campos Galeana eran los carreteros más ocupados. Ellos transportaban desde los asoleaderos de copra el bonote hasta las tabiquerías.

Tabiqueros fueron Román Juárez, don Severiano y don Luis Martínez Santana.

Tabiquerías se establecieron en la parte baja de la actual colonia Vicente Guerrero. Eran terrenos propiedad de Salvador Espino, que los rentaba, y en lo que ahora es la colonia Ignacio Manuel Altamirano.

El tabique o la teja eran transportados de las tabiquerías a las obras en carretas de cajón; ya no se usaba la figura de redila. Con el paso del tiempo, camiones de redila fueron adecuados para transportar los productos colocándoles costeras alrededor. Finalmente llegaron los famosos vehículos llamados volteos.

Sin embargo, todos, absolutamente todos los transportes necesitaron cargadores: uno abajo, en la tierra o desde el horno, lanzaba el tabique; otro, arriba de la carreta o del camión, lo recibía y acomodaba. La teja, como siempre: cara y delicada. Se acarreaba y subía en hombros, y se colocaba verticalmente para evitar que se quebrara el menor número posible antes de llegar a su destino. Algunos cargadores eran suficientemente hábiles para saber lanzar y cachar la teja.

Serapio

Jorge Luis Reyes López 

Lapo camina con soltura por entre el caserío del pueblo. A su carácter relajado se agrega el ambiente despreocupado de los habitantes. Este Zihuatanejo no tiene prisa. Nada externo lo sobresalta. No hay congojas. El viento parece acariciar, inyectando optimismo y buen humor, como despejando el pensamiento. El viejo curandero toma atajos para cambiar sus rutas internas. Las viviendas se establecen en áreas que rehúyen la zona lacustre, que es extensa. Las casas están regadas en un territorio relativamente pequeño. Muchos hogares tienen grandes patios donde abundan los huizaches, que son aprovechados doblemente: burros, caballos, vacas y mulas se alimentan de sus vainas. El otro beneficio que brindan sus ramas es bien utilizado por las gallinas, que las convierten en su dormitorio.

Hay solares vacíos donde libremente crecen plantas medicinales que acrecientan la botica herbolaria del abuelo: la susucua para el piquete de alacrán; el atuto o el cirián para aliviar la tos; el cascalote, con sus pequeñas vainas anchas, planas, de color café cuando está maduro, tiene adentro una especie de polvo amarillo que parece azufre. La corteza, hojas y flores son medicinales: puede ayudar en casos de diarreas no tan agresivas. Facilita desinflamar la piel o la garganta. En las heridas ayuda a acelerar la cicatrización lavando la zona afectada o haciendo cataplasmas de la corteza. Ni qué buscar cuando hay encías inflamadas o dolor de garganta. Las infecciones en la piel son combatidas con éxito. Sirve como curtiente. Lapo, por lo general, lo usa haciendo té de la corteza o de las vainas. El viejo tiene cuidado en no excederse en su preparación o uso para evitar estreñimiento o irritación del estómago. Nunca se lo da a las embarazadas o si sospecha que alguien tiene problemas con el hígado.

En la mediagua de la casa de su hija Ramona, el cascalote ayuda también a los arrieros, brindándoles seguridad cuando apersogan a sus cuadrúpedos. Al atarlos con sogas quedan bien sujetados al tronco del árbol corrioso.

La variedad herbolaria en el pueblo es considerable. Algunas otras necesidades hay que resolverlas subiendo al cerro porque ya no las encuentra en el puerto. El suelo tiene humedad. En las partes secas frecuentemente se encuentra agua a menos de cincuenta centímetros de excavar. Zihuatanejo está lleno de charcos y de una laguna que crece y decrece sujeta a los caprichos de cada temporada de lluvias.

El solar donde Lapo tiene su torito, esa modesta vivienda, cuenta con un patio de buen tamaño. Atrás, a no más de cincuenta metros, está la orilla de un remanente de la laguna, suficiente para albergar vida en sus aguas.

Ramona, Esperanza y Soledad, vecinas del barrio del huizache, llevan meses reuniéndose entre el espacio que separa la laguna de los patios de sus casas. Lo hacen antes de que el sol se oculte. Lo han convertido en un ritual. Como si tuvieran reloj, cada una saca una silla de madera, tejido el asiento con fibra de la palma de soyate, y la coloca en el lugar de costumbre. Ese lugar existe atrás de la cuadra central de tres que tiene la calle actual llamada Ignacio Manuel Altamirano, paralela a la calle Antonia Nava, que no existían por esos ayeres.

Ahí, en el crepúsculo, las tres mujeres charlaban mientras cada una peinaba con suma paciencia su pelo, ayudadas con una peineta y un poco de aceite de coco. Ramona, con el pelo negro que le llega a la cintura, se tarda más en acicalarse. Soledad, pelo lacio y menos largo. Esperanza, con el pelo más corto y quebrado. Las conversaciones eran un abanico de las experiencias vividas cada día, salpicadas con nombres y acontecimientos que en el pasado o el presente habían conmocionado a la comunidad.

El viento riza la superficie de la laguna y les llega de frente, moviéndoles el cabello y refrescando su semblante. Parecen figuras sobresalientes que hubieran causado un entusiasmo sin igual en Edgar Degas. Las tres mujeres, pienso, superarían como modelos al cuadro Mujeres peinándose. Las sillas, la laguna, imagino, serían atrapadas por la mano maestra del pintor parisino que falleció en el año de 1917. Una escena colorida, a la que no idealizaría porque no era su estilo. Colores que brillarían como el crepúsculo, capturando los movimientos de las manos recorriendo el pelo con suavidad.

Las mujeres, ajenas a cualquier consideración, reían con discreción moderada y elegante. Hablaban de cosas cotidianas: el nixtamal que molieron a mano en el metate, o el incidente que casi se convertía en accidente cuando la manija del molino daba vueltas mientras adentro, al fondo del recipiente, una especie de broca gira triturando los granos de maíz y expulsándolos en forma de masa. Al tiempo que la mano empuja el nixtamal al fondo surge el peligro: cuando la distancia se calcula mal, los dedos pueden ser triturados.

R: ¿Cómo les fue el día con los alimentos? E: Hice unas gordas de manteca con machigüe. S: Le compré un litro de leche a don Jorge, el del conejo. Con eso les di un plato de pachomata. Alcanzó para todos. R: Tenía verdolagas y las guisé con huevos. Les llené el tecomate de tortillas. Ninguno se quedó sin comer. S: ¿Y a medio día? R: Trajeron un armadillo. Lo guisé en salsa verde. E: No se me antoja. R: Sabe bien. Lo único es que hay que ser cuidadosos con el choquío. La carne es blanca y blandita. Lo pongo a reposar en limón. Después lo hiervo antes de pasarlo a la cazuela. Ahí lo mezclo con los recaudos hasta que hierve. Entonces retiro los tizones y lo dejo que se consuma un poco con el calor de las brasas. S: Me fiaron un kilo y medio de carne con hueso en la carnicería de don Pedro Jiménez. Hice caldo y tortillas quebradas. E: Nosotros comimos caldo también, pero de huachinango. S: Estamos aquí sentadas platicando, pero al rato nos toca hacer la cena. E: No es tan pesada. R: Depende mucho de la costumbre. Si comen ligero o pesado. Hoy solo habrá té de limón y pan. S: No pos sí. Los míos son bravos. Quieren enchiladas. Dejé remojando los chiles guajillos ya desvenados. En un ratito llego, pico cebolla y les desmorono el queso seco al servirlas y asunto terminado. E: Yo les daré gordas de harina con sal, frijoles y queso seco. ¡Y a dormir!

Las tres estallaron en carcajadas. Parecían niñas despreocupadas. Frente a ellas, un perro negro, criollo, llamado Relámpago, se paseaba nervioso. Traía las orejas ariscadas y no le quitaba el ojo a la laguna. El sol se había ido. El cielo tenía colores encendidos diversos. Era una combinación hermosa de formas color naranja, tornasol, un juego de colores cambiantes: azul, verde y violeta iridiscentes con destellos dorados. Parecía que el cielo quería despedir a las mujeres con una visión alucinante que les levantara el ánimo antes de hacer la última tarea del día. Así parecía.

El Relámpago aumentó su ansiedad. Gruñía con ira y miedo. No se separaba de las vecinas. No podía saberse si lo hacía por instinto de protección o porque buscaba refugio. R: ¿Qué le pasa al perro? S: Sepa. Está muy raro.

Sin que lo esperaran, el can se despegó en una rápida carrera, ladrando desaforado hasta llegar a la laguna, metiéndose unos centímetros al agua. Como llegó, salió: furioso y veloz. Ya no les gustó a las mujeres la actitud del perro. Se tornaron reservadas por momentos, al tiempo que expresaban en sus rostros un intenso interés por la conducta del Relámpago. Se pararon. El perro estaba con ellas. Empezaba a oscurecer. De plano, el perro se había desbordado. Corría por la orilla de la laguna ladrando. Entraba a la laguna y chapoteaba con furia las manos en el agua.

—¡Se volvió loco este animal! —No, algo malo pasa; es mejor que regresemos a nuestras casas.

Cada una tomó su silla. Entonces pasó. Del centro de la laguna emergió una figura entre color café y negro, con el agua escurriéndole por su cuerpo. Se veía alto. Casi dos metros. Brazos y rostro no se parecían a nada humano. Asustadas, las mujeres se miraron.

—¡Vámonos! —Que nadie sepa. —Juremos que nadie lo sabrá.

El perro estaba desquiciado. No se separaba de ellas. Esa noche ninguna familia cenó.

Un niño, en la soledad de la cama, daba vueltas sin poder encontrar sosiego; en los momentos que dormía, la figura oscura de la laguna lo despertaba sobresaltado. Muchas noches pasaron antes de que la calma volviera a sus sueños, guardando en lo más profundo de sus pensamientos el recuerdo de aquel atardecer tornasolado.

Serapio

Jorge Luis Reyes López

“Las historias se parecen, lo que cambia son las maneras de contarlas”. Mo Yan, Premio Nobel de Literatura.

Ese viernes Lapo sentía más frío el aire. No es que fuera por ser invierno, porque en el puerto esa estación solo representa un descanso del calor. Estos meses se viven muy diferente en la sierra donde nació, creció y se casó. A esta hora el frío se siente y cala el cuerpo. Parte de los pinos están cubiertos de neblina. Es ligera y permite mirar lejos. El problema es con la niebla: en días como esos lo mejor era permanecer en casa. Se torna espesa y la visibilidad no llega lejos.

Aquí en Zihuatanejo, en esta época del año, solo se siente un ambiente fresco. El agua de los arroyos, de las lagunas, incluyendo las aguas marinas, es casi fría, pero en tierra la temperatura es grata.

Es el mes de enero, ya casi para finalizar: viernes 29. Los escasos trescientos habitantes viven un alboroto singular. Pronto recibirán al presidente de la República que visita el puerto. Está por llegar vía marina el general Lázaro Cárdenas del Río. Es el año de 1937. Relatos locales hablan del expresidente Sebastián Lerdo de Tejada, quien supuestamente, en su huida a Estados Unidos después de ser derrocado, dicen que Zihuatanejo le sirvió como punto de embarque. No conozco registros oficiales que especifiquen los días exactos que permaneció en el puerto. Tampoco cuadra la playa donde dicen que embarcó; en fin, parece más un anecdotario local que información histórica. Ciertamente, en el año de 1876 la Revolución de Tuxtepec, encabezada por Porfirio Díaz, lo derrocó. Terminó asilándose en Nueva York hasta el año de 1889, fecha en que murió. Sea lo que haya sucedido —concluyó Serapio—, la visita del general Cárdenas debe ser considerada como la primera presencia oficial de un presidente de la República en el puerto.

Todo el lío empezó en 1935, cuando el ingeniero Enrique Castillo Flores elaboró en el mes de septiembre un plano donde delimitó la zona federal del caserío. El pueblo, de naturaleza pacífica, se encrespó al saber que sus viviendas estaban en riesgo de perderse al formar parte del polígono de la zona federal. Pujaron y lograron que otro ingeniero, de nombre Pablo Campos, delegado de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, diera una opinión técnica “que declara fuera de la zona federal las construcciones particulares de los actuales habitantes del puerto”. El general presidente está rodeado de costeños que lo miran ansiosos, esperanzados. Lázaro Cárdenas se mueve con absoluta seguridad. Con la mirada escruta los rostros que contienen el aliento. “Se aprueba la opinión técnica…”, dice el presidente. Cancela el pago de arrendamiento de los terrenos que estaban en la anterior zona federal. Luego suelta la bomba: “Se declara fundo legal del pueblo de Zihuatanejo, del estado de Guerrero”.

Por ese entonces, el general Francisco J. Mújica era el titular de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas. Había necesidad de concretar las buenas intenciones de los acuerdos firmados por el presidente. Por esa razón, Cárdenas solicita al general Mújica que comisione al ingeniero Campos para que se responsabilice de dirigir los trabajos “de planeación y fijación de los límites de la zona federal…”. Ese día no era un día más en la vida de Zihuatanejo. Se sentaba la piedra angular del futuro del pueblo: con carácter inmediato ordena la construcción del edificio escolar; el edificio para albergar a correos, telégrafos, aduana, unidad sanitaria ejidal y oficina de migración. Así nacen la escuela primaria Vicente Guerrero, el Palacio Federal y el sistema de agua potable. Era un día lleno de ambiciones. El presidente estaba desatado: que “se destine una brigada de ingenieros que haga el estudio y trazo de la carretera de Acapulco a este lugar…”. “…En la inteligencia de que, tan luego como se tenga terminado el estudio, debe procederse a abrir la brecha que dé comunicación inmediata de Acapulco a Zihuatanejo…”.

Concluye diciendo: “…En toda esta zona, desde Acapulco hasta este lugar, los vecinos vienen desarrollando cultivos agrícolas de importancia, muy especialmente plantaciones de palma de coco, algodón y ajonjolí, lo que obliga al gobierno a estimular este esfuerzo abriendo las comunicaciones hacia esta importante región que ofrece grandes perspectivas para el futuro”. Lapo se pregunta: ¿quién y de dónde surgió el mito de que Zihuatanejo era puerto de pescadores?

Todo sucedió en un día: viernes 29 de enero de 1937.

Ochenta y nueve años han transcurrido desde entonces. Sucesivamente desfilan imágenes por la mente de Serapio, recordando rostros, nombres, acciones. Un año después de la visita de Lázaro Cárdenas, en 1938, nació el ejido de Zihuatanejo; dieciséis años transcurrieron para que el decreto número 50 se publicara en el Periódico Oficial del Gobierno del Estado de Guerrero el 23 de diciembre de 1953, creando así el municipio de José Azueta. Entrecerrando los ojos, recrea la figura del tlaxcalteca Faustino Acametitla construyendo el Palacio Federal. No era el único trabajador.

En el Palacio Federal despacharon hombres de diferentes lugares. Algunos francamente sociables, simpáticos, populares. Lapo no puede aclarar la memoria, ordenarla. Nombres y caras bailan sin dejarse atrapar; otras son asequibles: Zamudio padre, en Hacienda, hizo coloquial aquella frase “esa pringa y un bule de agua, dijo Zamudio”; Belisario Rodríguez, en Migración; Gumesindo García, en la oficina de correos. A don Fernando Bravo no lo recuerda en el Palacio Federal, pero sí en su casa, atrás del manipulador telegráfico, transmitiendo señales en código Morse, ese aparatito desarrollado por Samuel Morse. Súbitamente aparece con gran claridad la obesa figura de Amigón Sandoval, funcionario agrario. Blanco, grueso de cintura. Nariz grande y ancha. Dos pronunciadas entradas en la cabeza donde el pelo era domado con vaselina, peinado hacia atrás. Y esa forma tan peculiar de caminar. Sin prisa. Con una guayabera blanca de manga larga y pantalones de pinzas, causando un efecto visual que lo hacía aparecer más grueso. El rostro amigable era serio y a la vez jocoso. Ese era Amigón.

Entre 1950 y 1960, en varias etapas, se construyó la carretera Zihuatanejo–Acapulco. En el año de 1988, el gobierno federal comenzó el proyecto de modernización más importante, que permite transitar los más de 240 kilómetros que separan a los dos puertos guerrerenses.

Esa primera visita de Lázaro Cárdenas a Zihuatanejo se repitió siendo vocal de la Comisión del Río Balsas, y, como la primera vez, fue benéfica. Intervino con energía y decisión para empujar la palabra empeñada de la señora Eva Sámano de López Mateos para dotar a la ciudad de la primera escuela secundaria, que tuvo su primera generación en el periodo 1963–1966. Cárdenas rompió la inercia burocrática que tenía atascada la promesa empeñada por la profesora Eva Sámano.

Todos los actos de gobierno que ayudaron a mejorar la calidad de vida de los porteños formaron eslabones de una cadena de oportunidades en diferentes campos del crecimiento urbano: los servicios educativos; la asistencia a la salud; la comunicación interna y externa; las expresiones culturales; y un Zihuatanejo que, de pueblo, transitó a una ciudad de convergencia. Una ciudad multicultural. En suma, una ciudad cosmopolita donde se integran habitantes de orígenes distintos: locales, nacionales e internacionales. Es una comunidad cambiante.

Durante más de tres cuartos de siglo se ha construido una identidad, pero no siempre hay sentido de pertenencia. La identidad tiene entre sus peculiaridades sus espacios simbólicos, su historia, sus costumbres, su memoria colectiva y el origen de su nacimiento. Sin embargo, eso no es suficiente para que los ciudadanos vivan con un sentido de pertenencia. Solo se da cuando la ciudad les pertenece, cuando son reconocidos y participan en la vida pública, construyendo vínculos afectivos en el lugar, no dependiendo únicamente de haber nacido en Zihuatanejo.

Hasta la década de los años sesenta —concluye Serapio—, Zihuatanejo conjugaba identidad y sentido de pertenencia. ¿Cómo nos fue arrebatada? ¿O simplemente nos atrapó el “importamadrismo”, esa actitud de desapego selectivo frente a la presión social, los conflictos o las expectativas externas?

Los porteños que se acercaron a Lázaro Cárdenas para pedirle que actuara en beneficio del pueblo tenían una postura de apego emocional ante aquello que les parecía tener méritos, aunque implicara un desgaste para su tranquilidad personal. Tenían la capacidad para distinguir lo verdaderamente importante de lo superficial. Hoy hay una actitud de despreocupación consciente ante todo aquello que escapa del control personal. Hay desapego. Existe una decisión de no conceder poder emocional a circunstancias, opiniones o conflictos que no contribuyen al bienestar propio. Se normalizan los problemas colectivos.

Ni duda cabe —resume Lapo— que Zihuatanejo tiene sus rincones donde aún existen algunos sentidos de pertenencia.

MAREMÁGNUM 316 – Aspirantes pasan por alto estatutos de MORENA e INE

Ricardo Castillo Barrientos

La terminología política morenista en boga hace alusión en forma reiterada a la “espera de los tiempos”, “la publicación de la convocatoria”, “los lineamientos y reglas”, “las renuncias y licencias”,“las redes sociales”, “las pintas y espectaculares” y “somos territorio”, etc. etc., etc.

Por más que se trate de camuflar las campañas políticas, se nos hanvenido encima las ante-pre-campañas políticas, fuera de los periodos oficiales establecidos por los organismos electorales, la pasividad y permisibilidad de los titulares y consejeros de estos órganos, hacen mutis de la libre movilización de aspirantes a la candidatura guinda a la gubernatura del estado.

Se observa a simple vista que los estatutos de MORENA se los vienen pasando por el arco del triunfo debido a la frenética carrera de los y las aspirantes que durante meses están desarrollando tareas de proselitismo al margen a lo estipulado en su marco legal, aprobado por el Congreso Nacional y el Consejo Nacional del partido en el poder, lo cual podría tener consecuencia impedir el registro.

El estilo propagandístico de las campañas anticipadas resultan burdas y denigrantes, además de anti estéticas y carentes de creatividad, denotando gran desesperación por posicionar sus nombres, a través de “pintas callejeras”, como si fueran merecedores de rendirles pleitesías y aceptar sus acciones degradantes y de mal gusto.

Habría que hacer una excepción en el caso de la ex Consejera Jurídica de la Presidencia de la República, la chilpancingueña Esthela Damián Peralta, quien no ha seguido esa fallida estrategia de propaganda, en apego a los lineamientos internos de MORENA para la designación a través de encuestas de los Coordinadores de Defensa de la Transformación, en las 17 entidades federativas donde se renovarán las gubernaturas de los estados. Ha sido la única que atendió el llamado de la Presidenta Sheinbaum de renunciar al alto cargo que desempeñaba, nadie más ha tenido el valor de acatar la instrucción presidencial.

Damián Peralta ha enfocado sus actividades proselitistas, a través de las redes sociales y medios de comunicación, así como reuniones con reconocidos liderazgos de izquierda y también con ex militantes de partidos políticos y personajes de diversos sectores sociales, realizando una campaña de altura, sin insinuaciones, denostaciones o confrontaciones, siempre haciendo llamados a la unidad, aunque algunos no han cesado en insinuaciones, ataques y descalificaciones, sin respuestas, cayendo en el vacío.

Por un camino tortuoso y lleno de abrojos están transitando desesperados la mayoría de suspirantes, a sabiendas que no tienen la más remota posibilidad de obtener la ansiada candidatura al ser considerados por el pueblo “cartuchos quemados”, yendo exclusivamente a la “repesca” o algún “premio de consolación”.

La Comisión Nacional de Honestidad y Justicia (CNJ) y la Comisión Nacional de El3cciones (CNE) del CEN de MORENA, deberán de intervenir en el “Caso Guerrero”, ante la flagrante violación a sus normas estatutarias aplicando las sanciones correspondientes a que haya lugar, antes de la publicación de la referida convocatoria.

Por su parte, los organismos electorales del INE y el IEPC, tendrán que hacer su parte e implementar medidas coercitivas como lo establecen las leyes en la materia, a efecto de no parecer instituciones decorativas.

Marea Baja.- En Acapulco y otros municipios también proliferan las pintas de los pretendientes a las candidaturas a las presidencias municipales, en franca violación de los reglamentos municipales y de “Buen Gobierno”, en lugares públicos y propiedades privadas.

Tal parece una competencia y quien pinte más bardas se lleva el premio mayor, bueno, eso creen los candidateables que son observados con desprecio por la población, hasta el momento no se han visto resultados favorables en materia de desarrollo municipal, con la reelecta alcaldesa Abelina López Rodríguez.

Marea Alta.Para no quedarse atrás y como estaba previsto, la senadora Beatriz Mojica Morga, rendirá el Segundo Informe de Actividades Legislativas 2026, el próximo sábado 30 de mayo, en la histórica Arena Coliseo de Acapulco, a partir de las 10 horas.

La senadora Mojica Morga viene realizando una intensa labor legislativa, a través de las diversas comisiones que desempeña en la Cámara Alta. El sábado anterior, el senador Félix Salgado Macedonio, hizo lo propio en un restaurant de la playa Papagayo ante cientos de sus simpatizantes.

Maremoto.- Toda una revelación ha resultado el joven político de la colonia Zapata, diputado federal Irugami Perea Cruz, por sus expresiones visionarias sobre el presente y futuro del municipio de Acapulco, a fin de hacer repuntar a este destino turístico mediante modernos atractivos y promociones efectivas a conquistar nuevos mercados del turismo nacional e internacional.

El diputado Irugami, ha venido de menos a más y hoy figura en las encuestas entre los punteros y con mayor crecimiento sobre todos los demás aspirantes que por cierto llevan un largo tiempo haciendo su luchita, sin mayores efectos. Hablando en plata, el diputado Irugami les da las buenas y las malas a cualquiera de los mencionados que se le ponga enfrente.

SERAPIO

Jorge Luis Reyes Luis Reyes López

Ciertamente, el hombre es el único animal que comete dos veces el mismo error. En las columnas del miércoles 22 y 29 de abril escribí un equívoco sobre la misma persona: Gustavo Vargas Galeana es el nombre correcto de quien me ayudó a construir esos relatos. Más aún, él es el padre que bautizó al Barrio del Mitote con ese nombre. Para Gustavo Vargas Galeana, mis disculpas y mi reconocimiento. Dicho lo anterior, entremos en el asunto del día de hoy.

Veredas y velorios forman parte de la naturaleza de los pueblos. En el principio, Zihuatanejo tenía una vasta red de caminos de herradura que lo comunicaban con tierras que parecían lejanas. Mujeres, niños y hombres caminando entre sierras, cerros y llanuras, y por caminos que no se mueven, pero por los que mucha gente se mueve. Arrieros que traen y llevan mercaderías al puerto, al lugar donde el gran océano tiene su descanso. Los viejos caminos que se transitan en burros, caballos o mulas. Bestias cargando jinetes o tiliches. El puerto parece un pulpo con suficientes tentáculos que lo alimentan y, a la vez, alimenta. Leche, queso, jocoque y requesón se transportan de Barrio Viejo.

Dos veredas salen del puerto para unirse en la cañada de El Limón. Una serpentea entre hornos de piedra caliza por el rumbo del arroyo de El Limón. La otra pasa por la orilla de Las Salinas, sigue por el barrio de Los Hermanos y sube al cerro de Las Mesas hasta juntarse al final de la cañada; convertidas ya en un solo camino, bajaban por las tierras de la hacienda de La Puerta y continúan la ruta estrecha por una planicie con poca fronda hasta llegar al pueblo de Barrio Viejo, hoy conocido como San José Ixtapa.

El pueblo más cercano, Agua de Correa, tenía diversos caminos. El arroyo ofrecía un trayecto idílico. Se empieza por el bordo del estero frente a la playa principal, trazando un arco hasta llegar a las aguas neutrales, una breve franja donde lo dulce y lo salado conviven. Esa frontera separa al estero de la corriente de agua dulce. A partir de ahí, la vegetación es cambiante. El macizo de manglares queda atrás. Palmeras de coco de seis a quince o más metros se levantan como vigilantes voluntarios. Árboles de mango ofrecen sombra y, dependiendo de la época del año —abril o mayo—, los olores de la fruta en racimo se esparcen en el ambiente.

El suelo, lleno de hojarasca y de mangos caídos, es pisoteado en el mes de junio, algunos ya agusanados. Al avanzar, la tentación de bajar al arroyo aumenta. Tramos del lecho eran de arena fina; otros están llenos de piedras bolonchas; por allá hay piedras sembradas, grandes peñascos rodeados de pozas de hasta tres metros de profundidad. Sentir el agua arriba del tobillo, pisando esa arena más grande y más dura que la de la playa, es estimulante.

En alguna parte del trayecto la sed se presentará; entonces hay por lo menos dos opciones: encontrar un pozo de agua hecho por no sé quién. De no funcionar esa posibilidad, entonces hay que hacerlo escarbando en la arena, fuera de la corriente, hasta hacer que el agua filtrada aparezca y esperar a que el líquido se asiente claramente. ¿Cómo beber? Hincado, acercando la boca directamente a la superficie y sorber el líquido; la otra forma es juntar ambas manos formando un recipiente y acercarlo a la boca. Eso es práctico, pero no elegante.

En esta categoría nada supera a las hojas de platanillo. Esa planta, parecida al colombo, de hojas grandes y anchas, pero más pequeñas y menos verdes. La naturaleza ofrece la oportunidad, según la habilidad de cada quien, para hacer con ellas un recipiente perfecto, parecido a un cono, doblando hacia adentro cada una de sus cuatro esquinas. Lo que sigue es sencillo: sumergir en el agua el vaso vegetal y sacarlo rebosante. Saciada la sed, la mini odisea continúa.

Salir del lecho y subir por algún paredón terroso para retomar la senda. Paso a paso se miran las plantas de piña. No tan alejados de ellas, los arbolitos de cacao con una altura que varía de los cuatro a los ocho metros. Hojas grandes, alargadas, brillantes, de un color verde intenso. Del tronco delgado brotan flores pequeñas de tonos blancos o rosados. Adheridas al tronco, unas mazorcas alargadas y gruesas, con una cáscara dura y rugosa, cuelgan como adornos descuidados.

Siempre resulta grato comerlo, sabiendo diferenciar el fruto verde del maduro. El primero es verde y brillante; el otro, amarillo, naranja o rojo, de tamaño más grande y pesado. Entonces, al abrirlo, está la recompensa; el premio está a la vista: más de treinta semillas cubiertas con una pulpa blanca, dulce y jugosa. Sobran razones para paladear más de una fruta.

Las semillas, después de almacenar la pulpa en el estómago, hay que llevarlas a casa junto con otras mazorcas metidas en una tirinche, para fermentarlas, después secarlas y posteriormente molerlas en molinos de mano para sacar chocolate en forma de masa oscura que, combinada con azúcar en moldes artesanales, dará luz a unas medallas gruesas llamadas tablillas.

Terminado el banquete de las pulpas de las semillas de cacao, la caminata tiene que seguir arroyo arriba. Pronto, después de cruzar el pequeño delta formado por el brazo del arroyo de El Limón que se une a la corriente principal que viene de Agua de Correa, el olfato atrapa el intenso olor del zapotillo. Esa fruta, parecida a la almendra, con un sabor profundo, obliga al afortunado a ruñir hasta la última ofrenda de la corteza.

Sentarse bajo la sombra, recargado en el tronco del árbol mientras se vive un aquelarre de olor; se mira el espejo de agua, interrumpida su calma sin movimiento aparente por la fantástica velocidad del tequereque, que se desplaza por la superficie sin hundirse, poniendo en el pensamiento el imperio de la velocidad sobre la gravedad.

Ya descansado, se sigue el camino que lleva a la población de Agua de Correa, alejándose del arroyo para internarse en un espeso bosquecillo plagado de árboles altos, fuertes, frondosos, con sus copas entrelazadas generando una sombra espesa, fresca en el día y pesada por las noches debido a su absoluta oscuridad. Tinieblas que mortifican. Son los hujes, causantes de sombras placenteras en el día y de una oscuridad supersticiosa por las noches, soltando la rienda a las fantasías, como la del perro negro echando lumbre por el hocico y con sus ojos negros como brasa.

Dejando atrás el bosquecillo, el camino se torna franco hasta llegar al caserío.

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