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SOS COSTA GRANDE

(Misael Tamayo Hernández, in memóriam)

El regreso a clases no tiene por qué ser un terremoto en Guerrero. Bastante tenemos con el Covid-10 en su variante Delta, que tiene postrados nuevamente a los municipios de por lo menos 4 regiones aparte de Acapulco, como para que además asistamos al pleito entre docentes “instituciones” y “democráticos”, unos en apoyo y otros en contra del retorno a las aulas, el próximo 30 de agosto, tras 18 meses de estar bajo el modelo de clases a distancia.

Ayer, el gobernador Héctor Astudillo señaló que el retorno será primero, por consenso entre autoridades, profesores y padres de familia. Segundo, será con base en un semáforo epidemiológico propio, que irá determinando en qué municipios se puede iniciar clases y en cuáles no.

Actualmente, se dijo, hay 17 municipios de 81 en la entidad, en donde podrían reiniciarse las clases presenciales, pero siempre por acuerdo, pues el mandatario estatal señaló que no se va a obligar a nadie.

Este anuncio distiende el ambiente político-social en Guerrero, que desde la semana pasada se polarizó, pues mientras que los profesores aglutinados al SNTE están de acuerdo con el plan federal del retorno a clases el 30 de agosto, la CNTE y sus filiales estatales (CETEG en Guerrero) se mostraron en desacuerdo y acusaron de ilegal la comisión que dialoga con el gobierno para este asunto.

Ojo: aunque el gobernador dijo que acataría la disposición del gobierno federal para el regreso a clases, finalmente decidió escuchar a sus colaboradores, sobre todo al secretario de Salud, Carlos de la Peña Pintos, quien diariamente ha estado informando de nuevos récords de contagios del Covid-19, la saturación de hospitales y el promedio de muertes diarias por la pandemia.

La razón y la lógica se impone, y estamos de acuerdo en que se aplique el semáforo estatal, que nos indique los municipios que pueden regresar, mientras que en el resto, sobre todo en las urbes, hacerlo conforme la pandemia toque su máximo y vaya disminuyendo en casos de contagio, hospitalizaciones y muerte, y entrando en una fase de baja prevalencia de la enfermedad.

Ya lo dijo el gobernador, que de por sí es difícil controlar la pandemia en las condiciones actuales, como para agregarle el ingrediente de movilidad de estudiantes de todas las edades, sus padres y maestros. No podemos imaginar el caos que eso provocará.

En la recta final de su gobierno, Astudillo Flores no se arriesgará a que se le acuse de negligente, máxime si comienza a repuntar la infección en niños y estos comienzan a ser hospitalizados o, peor aún, si comienzan a morir.

La muerte de un niño será siempre una muerte de mayor impacto. Porque si muere un anciano, siempre decimos que ya vivió. Pero si muere un niño, siempre será una muerte más dolorosa, primero por su vulnerabilidad ante las decisiones de los adultos; segundo, porque siempre queda la compasión por una vida truncada.

La lógica dicta que el retorno a clases debe ser escalonado, donde las condiciones lo permitan y siempre por consenso entre las partes. Que no vuelva el que no quiera, y que cada quien asuma su responsabilidad.

Claro, no podemos descartar que se inmiscuyan intereses políticos en estas negociaciones, pero para ello la Secretaría de Salud irá mostrando cifras reales de niveles de contagios, para que las partes involucradas en el sector educativo tomen decisiones acertadas.

Entra aquí, por ejemplo, la decisión de la Secretaría de Educación Pública de hacer que padres y maestros firmen un acta de consentimiento para que sus hijos vuelvan a clases. Eso, desde el punto de vista laboral, deja desprotegidos a los docentes, pues en caso de enfermar o morir, no podrán hacer uso de sus derechos sindicales y descarga la responsabilidad de la parte patronal, en el aspecto de garantizar un ambiente de trabajo libre de riesgos, entre otros aspectos.

Para los padres, igualmente, no podrán responsabilizar a nadie del sector público por negligencia, si sus hijos llegan a enfermar o, en el peor de los escenarios, a morir.

Claro, estamos siendo un tanto cuanto pesimistas, pero más vale a pecar de optimistas, que para el caso rayaría en el valemadrismo.

El Covid-19 ha demostrado que se cuela por donde puede. No importa a veces cuántos cuidados tengamos, simplemente un día amanecemos con síntomas. Imposible tratar de buscar con quién tuvimos contacto, porque a veces ese aspecto es detectable, pero otras veces no.

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