SERAPIO

Jorge Luis Reyes López

En octubre de 1990 nació la primera asociación de ecología de Ixtapa Zihuatanejo, A.C., diecisiete años después de que el gobierno federal expropiara terrenos de los ejidos El Rincón, Agua de Correa y Zihuatanejo para dar paso al desarrollo turístico de la región.

Con el progreso llegaron los hoteles, las marinas y las promesas de prosperidad. También llegaron las heridas al paisaje. Los esteros perdían su tranquilidad, los manglares resentían la intervención humana. Los animales silvestres que desde siempre habían sido dueños de aquellos parajes, empezaban a estorbar en el paraíso que se estaba construyendo.

Los ecologistas no se quedaron cruzados de brazos. Mientras Héctor Alonso Rebaque, antiguo piloto de Formula 1, se enfrascaba en conflictos con la comunidad por los trabajos que realizaba en el cerro y la playa de El Almacén, en Ixtapa el grupo SIDEK, por medio de su filial SITUR, dragaba el estero para construir una marina. Entre las víctimas de aquella transformación estaban los cocodrilos, que de pronto descubrían que su territorio tenía nuevos propietarios; aunque nadie se hubiera tomado la molestia de consultarles.

La asociación intervino cuantas veces pudo. Poco a poco, la gente empezó a buscarla cuando algún problema ambiental amenazaba la región. Así llegaron dos de sus integrantes a capacitarse en una técnica para capturar cocodrilos en tierra, reducirles el estrés y trasladarlos a lugares más seguros.

El método había sido desarrollado por dos maestros del Instituto Tecnológico de la Costa Grande, ubicado a la orilla de la ciudad, en una zona conocida como El Limón. No requería maquinaria sofisticada ni un presupuesto de esos que hacen sudar a los tesoreros. Bastaban dos hombres, un trasmallo convertido en una especie de tarraya y un guante de cuero.

Uno lanzaba la red sobre el animal y el otro, el del guante tenía que inmovilizarle el hocico. Era necesario correr perfectamente sincronizados a partir de que el trasmallo lo tenía envuelto. Ambos se aproximaban para inmovilizarle el hocico y la cola.

En teoría era sencillo. En teoría.

Un domingo, el presidente de la asociación recibió una llamada urgente del gerente del hotel Dorado Pacífico.

-¡Necesitamos su ayuda! Hay un cocodrilo en la alberca y los huéspedes están espantados. Tenemos turistas nacionales y extranjeros que ya no saben si quedarse o salir corriendo.

El presidente escuchó con atención. Se sintió importante. Para eso y más servía la asociación: para defender la naturaleza y de paso, salvarle el domingo a algún gerente.

Aceptó la encomienda confiado en que los maestros acudirían a realizar la captura. Buscó a Florentino Zavala Climaco, y juntos emprendieron la peregrinación en busca de los expertos. 

Al primero no lo encontraron. Había salido de la ciudad. Fueron entonces a casa del segundo. El maestro los recibió, escuchó el asunto y, sin el menor asomo de preocupación, le soltó: -No puedo acompañarlos. Estoy calificando exámenes. 

Los dos ecologistas se miraron. -¿Y entonces?

-Tomen el trasmallo y el guante. Se los presto. Ustedes pueden hacerlo solos.

Aquello no era una respuesta: era una sentencia. Suplicaron, argumentaron, apelaron a la amistad, a la responsabilidad ambiental y hasta al sentido común. Nada. El hombre tenía exámenes que calificar y, al parecer, ningún cocodrilo figuraba en el programa de estudios. 

Salieron con el equipo prestado y el ánimo en los suelos. En el camino al hotel comenzó la discusión. 

– Tu lanza el trasmallo- ordenó Climaco. -¿Y por qué yo?. -Porque tienes más experiencia.  – ¿Experiencia en qué? ¡Si nunca hemos agarrado uno sin los maestros! 

Climaco que en corto sufría las bromas de su amigo por su barba espesa, el pelo rizado y la tez morena, tenía un apodo que le había puesto por semejante estampa: Bin Laden.

– Mira, insistió – , tu avientas la red, corremos los dos y yo me voy a la cola. Tu al hocico, ¡Fácil!   – ¿Fácil? ¡Entonces hazlo tu!

Y así, entre instrucciones, reproches y recordatorios del 10 de mayo llegaron al Dorado Pacífico. Climaco bajó del vehículo con el trasmallo al hombro. El presidente llevaba puesto el guante de cuero en la mano derecha, como si aquel accesorio tuviera poderes mágicos para convertirlo en domador de reptiles.

En el vestíbulo los recibió el gerente, acompañado por el personal de seguridad. – El cocodrilo ya no está en la alberca- les informó. Los dos se quedaron quietos. – ¿Cómo que ya no está? -Está en el pasto, junto al bar.

El gerente señaló una pequeña cabaña circular, techada con palapa, rodeada por un pasillo estrecho y unos setos que formaban una especie de muralla vegetal. El animal se había refugiado allí. El presidente observó el terreno. Un muro de piedra de aproximadamente metro y medio de altura, contenía la tierra donde se levantaba la construcción. El cocodrilo estaba arriba, adentro del pasillo, en un corredor angosto, donde cualquier intento de sacarlo a terreno abierto podía convertirse en una trampa mortal si se les ocurría meterse a su guarida.

-Climaco, súbete al patio y espérame ahí . Yo voy a sacarlo al espacio libre. Cuando salga me esperas a que me suba. Entonces lanzas el trasmallo. – ¿Yo? – ¡Pues sí, tú! El hombre tomó una vara de otate y, protegido por el muro, comenzó a empujar al saurio. El cocodrilo respondió triturando la vara con unas mandíbulas que parecían una licuadora industrial. El presidente tragó saliva y siguió empujando. Finalmente, el animal salió al pasto. Al descubierto. Cuando Climaco lo vio no lo pensó dos veces. Lanzó el trasmallo. El cocodrilo quedó cubierto de la cabeza a la cola. Poco duró el entusiasmo. Todo fue tan rápido que el hombre del guante seguía abajo, mientras Climaco olvidándose de la sincronización se arrojó a la cola. El cocodrilo respondió con un coletazo monumental haciendo volar a Climaco, rodando varios metros en el pasto. Entre fascinados y aterrados los mirones contemplaron la escena. Al tipo del guante le pareció cómico y no contuvo las carcajadas, al tiempo que salta el muro – ¿De qué te ríes, pen…? ¡Ve por el! El hombre se abalanzó sobre el cocodrilo, montándose a horcajadas para inmovilizarlo. Con la mano enguantada presionó el hocico mientras con la otra presionaba la parte baja de la quijada. Climaco se subió al animal y ató manos y patas doblándolas hacia la espalda. Turistas y miembros de la seguridad hacían lo suyo: unos sacaban fotografías, otros a través de sus radios decían que tenían todo controlado. Climaco tenía la mirada torcida. Seguía furioso. El saurio comenzó a inflarse. Climaco lo notó. El alboroto seguía. Bin Laden decidió que ya era suficiente. Con premeditación le picó las costillas al cocodrilo. Lo que salió de aquel cuerpo fue un sonido profundo, súbito y aterrador como si se hubiera abierto una compuerta del mismo infierno. Cámaras y radios cayeron al suelo. Turistas y guardias se atropellaron en su huida colectiva.

Y Climaco, el mismo que había salido volando se dobló de risa.

Desde entonces cuando escucha a alguien presumir de tener todo bajo control, solo dice:

– ¡Fácil, nomás hay que agarrarlo! Recordando así la historia vivida.

About Author

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Salir de la versión móvil