Serapio

JORGE LUIS REYES LÓPEZ

En los cerros que rodean la bahía de Zihuatanejo todavía quedan caminos que parecen no llevar a ninguna parte. Senderos angostos, cubiertos de hojarasca, que suben entre los renovales y bajan después hacia los arroyos, como si la tierra misma los hubiera dibujado para que por ellos caminaran los hombres, los burros y las vacas.

Por esos caminos conocía cada recodo un vaquero llamado Pancho el Cuche.

Con certeza no se sabía de dónde le había venido aquel apodo. Algunos decían que desde chamaco había sido medio cuche, es decir, con cierta maña para escabullirse de los problemas. Otros aseguraban que el sobrenombre se lo habían puesto porque, cuando era niño, perseguía a los marranos por los corrales y terminaba revolcándose con ellos en el lodo.

Lo cierto era que a Pancho le quedaba bien.

Era chaparro, panzón, nalgón y cabezón. Tenía los dientes separados y torcidos, como si cada uno hubiera escogido por su cuenta el lugar donde quería estar. Su piel quemada parecía tener el mismo color de la tierra de los cerros. Usaba sombrero, camisa de mezclilla y pantalones gastados por los años y por la silla de montar.

Siempre llevaba en la boca un pedazo de hoja de tabaco.

Lo mascaba lentamente, con la paciencia de quien no tiene prisa.

De vez en cuando hacía una pausa, ladeaba la cara y escupía hacia un costado.

—¡Puaaj!

Después volvía a masticar. Pancho era un parlanchín redomado, tanto que con los animales podía pasarse horas conversando.

—A ver, Prieta, no te me hagas la desentendida.

La vaca levantaba la cabeza.

—Sí, tú. ¿A quién crees que engañas?

La vaca lo miraba con sus ojos grandes y tranquilos.

—Ya sé que tienes hambre. Pero primero vamos a buscar a las otras.

Y la Prieta, como si hubiera entendido perfectamente, se levantaba y comenzaba a caminar. Pancho conocía a cada animal por su nombre. Sabía cuál era flojo, cuál corneaba, cuál se apartaba del grupo y cuál tenía la costumbre de caminar siempre al frente.

También sabía leer el monte. Conocía el olor de la tierra cuando la lluvia se acercaba. Distinguía el ruido de un arroyo entre el canto de los pájaros y podía saber, por la forma en que se movían las hojas de los árboles, si el viento venía de la sierra o de la bahía. Los cerros eran para él como un libro abierto. Había aprendido a leerlos sin letras.

Sabía dónde encontrar agua durante la temporada seca, dónde crecían los mejores pastos y en qué parte se escondían las reses cuando se espantaban.

A pie o montado en su burro, Pancho arreaba el ganado por aquellos caminos.

Algunas mañanas salía antes de que el sol apareciera detrás de los cerros.

El pueblo todavía dormía.

Las casas permanecían cerradas y apenas comenzaban a escucharse los primeros ruidos del día: una puerta que se abría, el ladrido de algún perro, el canto lejano de un gallo.

Pancho caminaba al frente, mientras el burro lo seguía.

A veces iba hablando solo.

—Hoy nos vamos para El Limón.

El burro levantaba las orejas.

—No pongas esa jeta. Allá hay sombra.

El animal seguía caminando.

—Y no me digas que estás cansado porque apenas vamos empezando.

El burro parecía no estar de acuerdo.

—Bueno, bueno. Tú ganas.

Y Pancho sacaba de una bolsa una tortilla doblada y un pedazo de queso.

En aquellos tiempos, Zihuatanejo era todavía un pueblo pequeño. La bahía parecía más grande porque había menos casas y menos ruido. Las calles eran tranquilas y los vecinos se conocían casi todos.

No había la prisa de los años que vendrían. No había automóviles entrando y saliendo a todas horas ni edificios altos que escondieran el horizonte.

Había polvo, árboles, huertas, animales y mar. Y había tiempo, mucho tiempo.

Pancho formaba parte de aquel mundo, como los hujes, los arroyos y los caminos de tierra.

Cuando el sol subía demasiado, llevaba el ganado hasta la orilla del arroyo de El Limón. Ahí crecían los hujes, árboles de sombra generosa bajo los cuales las vacas podían descansar durante las horas más calientes. Las reses se acomodaban lentamente. Una se echaba. Luego otra. Después otra. En pocos minutos, el ganado entero parecía haberse convertido en un montón de cuerpos tranquilos, respirando despacio.

Pancho se sentaba bajo uno de los hujes. Sacaba su bule de agua. A veces llevaba también un pequeño trago de tequila o de mezcal.

—Nomás uno —decía.

Pero casi siempre terminaba siendo más de uno. El mezcal le calentaba el pecho y el tequila le soltaba la lengua.

Entonces comenzaba a hablar con las vacas.

—Ustedes no saben lo que era este pueblo antes.

Una vaca movía la cola para espantar una mosca.

—No, no saben.

Pancho miraba hacia la bahía. A lo lejos, el azul del mar brillaba bajo el sol.

—Antes había paz.

Se quedaba callado. Después agregaba:

—Paz de verdad.

El viento movía las hojas del huje. El agua del arroyo corría lentamente entre las piedras. Y Pancho cerraba los ojos. Muchas veces se quedaba dormido recargando la cabeza sobre una de las gruesas raíces del árbol. Entonces, mientras dormía, por sus ojos pasaba una parte de la vida del viejo Zihuatanejo. Veía el pueblo como había sido muchos años atrás. Miraba a los hombres regresar de la pesca con las manos ásperas y el olor del mar pegado a la ropa. Veía a las mujeres conversando en las puertas de sus casas. A niños corriendo descalzos por las calles. Campesinos limpiando sus milpas. Burros cargados, perros echados bajo las sombras y hombres sentados afuera de las tiendas, hablando de cualquier cosa. La bahía limpia y silenciosa.

Miraba a sus propios compañeros de aquellos años. Algunos ya estaban muertos. Otros se habían ido. Algunos simplemente habían desaparecido de su memoria, como desaparecen ciertas huellas después de una lluvia fuerte. Pero en sus sueños regresaban.

Entonces Pancho volvía a ser un muchacho. Corría detrás de las vacas. Montaba el burro. Se bañaba en el arroyo. Se metía al mar y bebía mezcal con los amigos mientras la noche caía sobre el pueblo.

En esos sueños, Zihuatanejo nunca cambiaba. La bahía permanecía igual. Los cerros seguían verdes, libres de viviendas aferradas como garrapatas a las verijas de las lomas. Los caminos seguían de tierra y la gente seguía saludándose por su nombre.

—Buenos días, Pancho. —Buenos días. —¿Cómo amaneció? —Pues amanecí, ya es ganancia.

Algunas veces, al despertar, Pancho no sabía si había estado soñando o recordando. Abría los ojos lentamente.

El sol se filtraba entre las ramas del huje. Las vacas rumiaban. El arroyo seguía corriendo. Una mosca insistente caminaba por su nariz. Pancho la espantaba con la mano.

—¡Chingada mosca!

Se incorporaba con dificultad. Miraba a su alrededor.

—¿Y ustedes qué?

Las vacas levantaban la cabeza.

—¿Ya descansaron?

Ninguna respondía.

—Pues vámonos.

Se ponía de pie, acomodaba el sombrero y escupía de lado.

—Todavía nos falta camino.

Había tardes en que Pancho no quería regresar; se quedaba sentado bajo el árbol mirando hacia los cerros. El viejo vaquero sabía que el pueblo estaba cambiando. Lo había visto poco a poco. Primero aparecieron más casas. Después llegaron vehículos, luego más. Los caminos se hicieron calles. Algunas huertas desaparecieron. Los lugares donde antes pastaban las vacas comenzaron a tener cercas.

Aquel Zihuatanejo tranquilo que llevaba en la memoria comenzó a parecerle un pueblo de otra época. Pancho no decía que los tiempos nuevos fueran malos. Pero entendía que algunos acontecimientos parecían infernales. Simplemente eran muy distintos.

—Cada tiempo tiene lo suyo —decía.

Pero cuando lo hablaba, había tristeza en su voz.

Una tarde, mientras el ganado descansaba junto al arroyo de El Limón, Pancho se quedó dormido; el tabaco quedó entre sus labios. Volvió a soñar. El pueblo estaba tranquilo. Escuchó las campanas de la iglesia. Oyó risas, el golpeteo de un remo contra una canoa. Alguien lo llamó de lejos:

—¡Pancho!

Se volvió. Era un viejo amigo que había muerto hacía muchos años.

—¿Qué haces aquí? —Vine a buscarte. —¿Para qué?

El amigo sonrió.

—Para que nos vayamos a arrear las vacas.

Pancho soltó una carcajada.

—¡Pero si yo ya estoy viejo! —Aquí no.

Pancho miró sus manos. Ya no estaban arrugadas. Vio sus piernas. Volvían a ser fuertes. Se tocó los dientes y los sintió jóvenes, aunque seguían igual de torcidos.

—¿Y el burro? —Ahí está.

Pancho lo vio a unos metros. El animal parecía esperarlo.

—Pues vámonos.

Los dos comenzaron a caminar hacia los cerros. Detrás de ellos la bahía permanecía azul y tranquila.

Cuando Pancho despertó ya estaba cayendo la tarde. Las sombras de los hujes se habían alargado. Las vacas empezaron a levantarse. El vaquero permaneció sentado unos instantes, mirando el agua. Después se llevó la mano a la boca. Luego sacó el tabaco y lo arrojó al suelo. Buscó otro pedazo de hoja. Lo cortó con los dientes y lo mascó.

—Ya está bueno de dormir.

Se levantó.

—Vámonos, muchachas.

El ganado comenzó a caminar. Pancho tomó las riendas del burro y avanzó detrás. El sol se estaba ocultando. La bahía parecía cubierta de sombras. Pancho se detuvo un momento. Miró hacia atrás. Allá quedaron los hujes. El arroyo. Los caminos. Los cerros.

Todo parecía igual. Sin embargo, nada era igual.

Pancho sonrió. Escupió de lado.

—Mientras yo me acuerde —dijo en voz baja—, el viejo Zihuatanejo no se va a morir.

Luego siguió caminando. Detrás de él, lentamente, las vacas fueron perdiéndose entre los renovales mientras la noche bajaba. Pancho el Cuche regresaría a su casa con el olor del monte en su cuerpo, el sabor del tabaco en la boca y una historia nueva que contarles a sus animales al día siguiente.

Porque los hombres pasan. Los pueblos cambian. Los caminos desaparecen, pero mientras alguien recuerde el nombre de los árboles, el sonido de los arroyos y las historias de quienes caminaron antes por ellos, el viejo Zihuatanejo seguirá viviendo.

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