Serapio

Jorge Luis Reyes López

“Las historias se parecen, lo que cambia son las maneras de contarlas”. Mo Yan, Premio Nobel de Literatura.

Ese viernes Lapo sentía más frío el aire. No es que fuera por ser invierno, porque en el puerto esa estación solo representa un descanso del calor. Estos meses se viven muy diferente en la sierra donde nació, creció y se casó. A esta hora el frío se siente y cala el cuerpo. Parte de los pinos están cubiertos de neblina. Es ligera y permite mirar lejos. El problema es con la niebla: en días como esos lo mejor era permanecer en casa. Se torna espesa y la visibilidad no llega lejos.

Aquí en Zihuatanejo, en esta época del año, solo se siente un ambiente fresco. El agua de los arroyos, de las lagunas, incluyendo las aguas marinas, es casi fría, pero en tierra la temperatura es grata.

Es el mes de enero, ya casi para finalizar: viernes 29. Los escasos trescientos habitantes viven un alboroto singular. Pronto recibirán al presidente de la República que visita el puerto. Está por llegar vía marina el general Lázaro Cárdenas del Río. Es el año de 1937. Relatos locales hablan del expresidente Sebastián Lerdo de Tejada, quien supuestamente, en su huida a Estados Unidos después de ser derrocado, dicen que Zihuatanejo le sirvió como punto de embarque. No conozco registros oficiales que especifiquen los días exactos que permaneció en el puerto. Tampoco cuadra la playa donde dicen que embarcó; en fin, parece más un anecdotario local que información histórica. Ciertamente, en el año de 1876 la Revolución de Tuxtepec, encabezada por Porfirio Díaz, lo derrocó. Terminó asilándose en Nueva York hasta el año de 1889, fecha en que murió. Sea lo que haya sucedido —concluyó Serapio—, la visita del general Cárdenas debe ser considerada como la primera presencia oficial de un presidente de la República en el puerto.

Todo el lío empezó en 1935, cuando el ingeniero Enrique Castillo Flores elaboró en el mes de septiembre un plano donde delimitó la zona federal del caserío. El pueblo, de naturaleza pacífica, se encrespó al saber que sus viviendas estaban en riesgo de perderse al formar parte del polígono de la zona federal. Pujaron y lograron que otro ingeniero, de nombre Pablo Campos, delegado de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, diera una opinión técnica “que declara fuera de la zona federal las construcciones particulares de los actuales habitantes del puerto”. El general presidente está rodeado de costeños que lo miran ansiosos, esperanzados. Lázaro Cárdenas se mueve con absoluta seguridad. Con la mirada escruta los rostros que contienen el aliento. “Se aprueba la opinión técnica…”, dice el presidente. Cancela el pago de arrendamiento de los terrenos que estaban en la anterior zona federal. Luego suelta la bomba: “Se declara fundo legal del pueblo de Zihuatanejo, del estado de Guerrero”.

Por ese entonces, el general Francisco J. Mújica era el titular de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas. Había necesidad de concretar las buenas intenciones de los acuerdos firmados por el presidente. Por esa razón, Cárdenas solicita al general Mújica que comisione al ingeniero Campos para que se responsabilice de dirigir los trabajos “de planeación y fijación de los límites de la zona federal…”. Ese día no era un día más en la vida de Zihuatanejo. Se sentaba la piedra angular del futuro del pueblo: con carácter inmediato ordena la construcción del edificio escolar; el edificio para albergar a correos, telégrafos, aduana, unidad sanitaria ejidal y oficina de migración. Así nacen la escuela primaria Vicente Guerrero, el Palacio Federal y el sistema de agua potable. Era un día lleno de ambiciones. El presidente estaba desatado: que “se destine una brigada de ingenieros que haga el estudio y trazo de la carretera de Acapulco a este lugar…”. “…En la inteligencia de que, tan luego como se tenga terminado el estudio, debe procederse a abrir la brecha que dé comunicación inmediata de Acapulco a Zihuatanejo…”.

Concluye diciendo: “…En toda esta zona, desde Acapulco hasta este lugar, los vecinos vienen desarrollando cultivos agrícolas de importancia, muy especialmente plantaciones de palma de coco, algodón y ajonjolí, lo que obliga al gobierno a estimular este esfuerzo abriendo las comunicaciones hacia esta importante región que ofrece grandes perspectivas para el futuro”. Lapo se pregunta: ¿quién y de dónde surgió el mito de que Zihuatanejo era puerto de pescadores?

Todo sucedió en un día: viernes 29 de enero de 1937.

Ochenta y nueve años han transcurrido desde entonces. Sucesivamente desfilan imágenes por la mente de Serapio, recordando rostros, nombres, acciones. Un año después de la visita de Lázaro Cárdenas, en 1938, nació el ejido de Zihuatanejo; dieciséis años transcurrieron para que el decreto número 50 se publicara en el Periódico Oficial del Gobierno del Estado de Guerrero el 23 de diciembre de 1953, creando así el municipio de José Azueta. Entrecerrando los ojos, recrea la figura del tlaxcalteca Faustino Acametitla construyendo el Palacio Federal. No era el único trabajador.

En el Palacio Federal despacharon hombres de diferentes lugares. Algunos francamente sociables, simpáticos, populares. Lapo no puede aclarar la memoria, ordenarla. Nombres y caras bailan sin dejarse atrapar; otras son asequibles: Zamudio padre, en Hacienda, hizo coloquial aquella frase “esa pringa y un bule de agua, dijo Zamudio”; Belisario Rodríguez, en Migración; Gumesindo García, en la oficina de correos. A don Fernando Bravo no lo recuerda en el Palacio Federal, pero sí en su casa, atrás del manipulador telegráfico, transmitiendo señales en código Morse, ese aparatito desarrollado por Samuel Morse. Súbitamente aparece con gran claridad la obesa figura de Amigón Sandoval, funcionario agrario. Blanco, grueso de cintura. Nariz grande y ancha. Dos pronunciadas entradas en la cabeza donde el pelo era domado con vaselina, peinado hacia atrás. Y esa forma tan peculiar de caminar. Sin prisa. Con una guayabera blanca de manga larga y pantalones de pinzas, causando un efecto visual que lo hacía aparecer más grueso. El rostro amigable era serio y a la vez jocoso. Ese era Amigón.

Entre 1950 y 1960, en varias etapas, se construyó la carretera Zihuatanejo–Acapulco. En el año de 1988, el gobierno federal comenzó el proyecto de modernización más importante, que permite transitar los más de 240 kilómetros que separan a los dos puertos guerrerenses.

Esa primera visita de Lázaro Cárdenas a Zihuatanejo se repitió siendo vocal de la Comisión del Río Balsas, y, como la primera vez, fue benéfica. Intervino con energía y decisión para empujar la palabra empeñada de la señora Eva Sámano de López Mateos para dotar a la ciudad de la primera escuela secundaria, que tuvo su primera generación en el periodo 1963–1966. Cárdenas rompió la inercia burocrática que tenía atascada la promesa empeñada por la profesora Eva Sámano.

Todos los actos de gobierno que ayudaron a mejorar la calidad de vida de los porteños formaron eslabones de una cadena de oportunidades en diferentes campos del crecimiento urbano: los servicios educativos; la asistencia a la salud; la comunicación interna y externa; las expresiones culturales; y un Zihuatanejo que, de pueblo, transitó a una ciudad de convergencia. Una ciudad multicultural. En suma, una ciudad cosmopolita donde se integran habitantes de orígenes distintos: locales, nacionales e internacionales. Es una comunidad cambiante.

Durante más de tres cuartos de siglo se ha construido una identidad, pero no siempre hay sentido de pertenencia. La identidad tiene entre sus peculiaridades sus espacios simbólicos, su historia, sus costumbres, su memoria colectiva y el origen de su nacimiento. Sin embargo, eso no es suficiente para que los ciudadanos vivan con un sentido de pertenencia. Solo se da cuando la ciudad les pertenece, cuando son reconocidos y participan en la vida pública, construyendo vínculos afectivos en el lugar, no dependiendo únicamente de haber nacido en Zihuatanejo.

Hasta la década de los años sesenta —concluye Serapio—, Zihuatanejo conjugaba identidad y sentido de pertenencia. ¿Cómo nos fue arrebatada? ¿O simplemente nos atrapó el “importamadrismo”, esa actitud de desapego selectivo frente a la presión social, los conflictos o las expectativas externas?

Los porteños que se acercaron a Lázaro Cárdenas para pedirle que actuara en beneficio del pueblo tenían una postura de apego emocional ante aquello que les parecía tener méritos, aunque implicara un desgaste para su tranquilidad personal. Tenían la capacidad para distinguir lo verdaderamente importante de lo superficial. Hoy hay una actitud de despreocupación consciente ante todo aquello que escapa del control personal. Hay desapego. Existe una decisión de no conceder poder emocional a circunstancias, opiniones o conflictos que no contribuyen al bienestar propio. Se normalizan los problemas colectivos.

Ni duda cabe —resume Lapo— que Zihuatanejo tiene sus rincones donde aún existen algunos sentidos de pertenencia.

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