SERAPIO

Jorge Luis Reyes López

La tarde anterior, Lapo y Roberto conversaron entusiasmados. Había una idea general del tema comentado. Roberto no estaba satisfecho. Ahora su atención, su curiosidad, era saber más de la esposa de Montenegro. Así lo dejó claro. El abuelo carraspeó y se frotó la oreja antes de empezar.

La referencia más añeja que tengo es de la pareja formada por Jorja Moreno Pérez y Constancio Rosas Rumbo. No fue una gran descendencia. Solo tuvieron un hijo, Julián. Las demás fueron mujeres. Una de ellas, Nicha, vivió toda su vida con Agustín Sotelo. Nunca procrearon. Agustín iba y venía en una bestia mular; vivieron en el barrio del Mitote. Toña inició a su familia en el oficio de la panadería, panes que se horneaban a la manera artesanal de la época. El domicilio lo tenía en la actual calle Catalina González, que por cierto no tengo ni la menor idea de quién es o por qué bautizaron la calle con ese nombre.

De Julián se dice que murió tratando de poner orden en el pueblo donde vivía. Con Luisa Mercado Bracamontes tuvo hijos: Florinda, Lucía, Juan y Gabriela. Esta última fue la esposa —hoy viuda— de Felipe Reyes Montenegro.

Cómo son las cosas, amigo Roberto. A mí no me llaman mucho los deportes. Sin embargo, en esos años había dos jóvenes beisbolistas con mucha categoría, poderosos y elegantes. Ambos jugaban en la posición de cátcher. Uno, Darío Reyes, y el otro, Félix Rosas. La Güela era hermano por parte de padre de Gabriela. Así las cosas, el beisbolista fue cuñado de Montenegro. El sobrenombre se lo ganó a pulso: no podía pronunciar la palabra “abuela”, entonces balbuceaba “güela”, y Güela le quedó.

Las calles de la ciudad tenían historia. Se extendían y se comunicaban, conectando sucesos, familias, épocas. Absorbían como esponjas el pasado, dispuestas siempre a ser exprimidas y compartir su memoria. Montenegro, sus hijos y su esposa podían caminar una cuadra en dirección al norte, una vez que habían salido de su casa. Una cuadra después doblaban a la derecha y, en la esquina de la primera cuadra, encontraban el primer rastro filial. Siguiendo por la misma calle, hoy llamada Catalina González, llegaban a la esquina donde vivía Jorja, la abuela de Gabriela, la matriarca del clan Reyes Rosas.

Frente a esa esquina se extendía una mancha verde integrada por palmeras de coco, árboles de mango criollo; los guanábanos esparcían un dulce olor cuando alcanzaban la madurez; las guayabas caían, a veces, rebosando los límites de su plenitud, abriéndose al chocar con el suelo y ofreciendo una desagradable vista cuando los gusanos de color amarillo salían arrastrándose del interior de la fruta. Los limoneros no solo aportaban la oportunidad de refrescarse con una fresca agua de sabor: sus hojas hervidas producían un oloroso té. Toda la mancha verde se prolongaba hasta llegar a la escuela Vicente Guerrero. La masa verde marcaba la frontera donde terminaba el caserío. Ahora esa calle tiene el nombre de Vicente Guerrero y los frutales desaparecieron.

El sacamuelas guardó silencio solo un momento. Pensativo, expresó lo fácil que resulta conectarse con la gente cuando los pueblos son chicos. Ese Zihuatanejo era un libro abierto. Los descendientes del matrimonio Reyes Rosas se han convertido en un tejido social con vasos comunicantes con apellidos como los Sotelo, González, Obregón. El pueblo se convirtió en ciudad. Los nietos han volado y construido nidos. Sí, así es, Roberto. Cada calle trae lo suyo. Es importante alimentar la memoria histórica de las comunidades.

Montenegro no tenía el negocio en una esquina. Tradicionalmente, las esquinas son codiciadas. En las actuales calles de Ejido y Cuauhtémoc estaba un próspero negocio de frutas y verduras. Los dueños eran Juan Ayvar y Gudelia Pineda. Enfrente, en la otra esquina, vivía el matrimonio formado por Federico Ruíz y Francisca Olea. Con el paso de los años, los hijos varones pusieron negocios: Irlaín vendía esquimos muy demandados por niños, jóvenes y adultos.

La vivienda de la familia Ayvar-Pineda tenía dos esquinas: una sobre la calle Cuauhtémoc y la otra en la Hermenegildo Galeana. Lo mismo sucedía con la casa de la familia Ruiz-Olea. En las esquinas de Cuauhtémoc y Juan N. Álvarez, dos negocios bien socorridos: Las Landitas —su apellido era Romero— vendían dulces. Las aguas frescas de tamarindo eran codiciadas por los estudiantes de la escuela primaria Vicente Guerrero, que aprovechaban el recreo para saciar su deseo. Al otro lado de la acera, la tienda de don Salvador Espino tenía una variedad de ofertas. Fue en su terreno donde se estableció la primera gasolinera.

Sí, las esquinas tienen su encanto. Aunque la fascinación estaba en cualquier parte en ese pueblo que era auténticamente mágico. El antiguo cine Janeiro, sobre la actual calle Juan N. Álvarez, por supuesto que estaba a mitad de cuadra. La diversión también se vivía en la orilla del caserío. Esto corría por cuenta de los síncaros, a quienes los habitantes simplemente nombraban como húngaros.

El cine improvisado se montaba en Las Salinas. Cada espectador llevaba su silla, banco o lo que le sirviera como asiento. Un gran lienzo blanco de tela hacía de pantalla. La función obligadamente iniciaba cuando el día moría. La planta generadora de energía eléctrica se encendía. La fantasía estaba a punto de sorprender al público. Del proyector, una luz en forma de cono salía y pronto la distancia entre el aparato y la habilitada pantalla era alcanzada. La audiencia estallaba en algarabía. Las imágenes en blanco y negro se apoderaban de la sábana. Héroes y villanos eran aplaudidos por igual. Así, cada visita de los húngaros traía alegría a la comunidad. Reafirmaban la popularidad de actores y actrices mexicanas. El Llanero Solitario y Toro, a la par de Tarzán, eran las películas extranjeras más ovacionadas.

¡Uff, Lapo! ¡Qué paseo! Desde Montenegro hasta Toro, pasando por Tarzán. Así era Zihuatanejo, ¿qué quieres que haga?

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