Serapio

Jorge Luis Reyes López

En el Zihuatanejo de los años cincuenta, donde el polvo se levanta como un suspiro antiguo y las campanas repican más por costumbre que por fe, nadie olvidó el día en que Chucho se robó a Petra.

No fue un rapto de sombras ni de violencia, sino de decisiones apresuradas y orgullo juvenil. Chucho la esperó junto al tamarindo grande, al borde del camino que sale hacia Agua de Correa. Petra llegó con un rebozo azul y una maleta pequeña. No lloraba. Tenía los ojos firmes, como quien ya ha tomado una decisión y nada la hará cambiar. Se subió a la camioneta sin mirar atrás. El motor tosió dos veces antes de arrancar y alejarse.

Al amanecer, la noticia ya estaba en todas las bocas. La abuela de Petra, doña Pulito, no gritó ni rompió platos. Se sentó en su mecedora de madera, frente al fogón apagado, y miró el patio como si esperara que la tierra misma le devolviera a su nieta. Era una mujer pequeña, pero de espaldas anchas y manos endurecidas por años de partir leña y desgranar maíz.

Chucho y Petra pasaron tres días en el rancho de un pariente lejano. Allí, bajo un techo de lámina, hablaron del futuro como si fuera un animal que podían domesticar. Pero el murmullo del pueblo llegó hasta ellos. No bastaba con quererse; había que enfrentar la ofensa.

Fue Chucho quien decidió volver primero. —Iré a pedir perdón —dijo, sintiendo que cada sílaba le raspaba la garganta. Petra asintió en silencio.

Regresó una tarde dorada, cuando el sol cae oblicuo sobre las techumbres del caserío. Caminó hasta la casa de doña Pulito con el sombrero apretado entre las manos. En el patio estaban la abuela y dos vecinas que fingían desgranar frijol mientras aguardaban el espectáculo.

Chucho cruzó el umbral y el aire se volvió espeso. Se hincó frente a la anciana, apoyando las rodillas en la tierra dura.

—Vengo a pedir perdón —dijo, sin levantar la mirada—. Amo a Petra y quiero hacer las cosas bien.

Durante un instante que pareció eterno, doña Pulito no respondió. Se levantó despacio de la mecedora. Sin decir palabra, caminó hasta el rincón donde se apilaba la leña. Tomó una raja gruesa de palo de arco, todavía áspera de corteza. Chucho levantó apenas la vista, confundido, justo a tiempo para ver cómo el brazo de la abuela se alzaba con una fuerza que desmentía su edad.

El primer golpe le dio en la cabeza. Seco. Contundente. El sonido resonó en el patio como un disparo mudo. Chucho tambaleó, pero no se levantó. El segundo golpe cayó sobre su espalda, arrancándole un quejido que quiso tragarse. No hubo insultos ni maldiciones, solo el ritmo severo de la madera contra la carne, como si la anciana no estuviera castigando su cuerpo, sino su orgullo.

—Para que aprendas —murmuró al fin— que el amor no se roba. —¡Remátalo! —gritó una de las vecinas.

Chucho permaneció hincado, con la frente casi tocando el suelo. Sentía el calor punzante en la cabeza y la espalda, pero más le ardía la vergüenza. No alzó la mano para defenderse. Sabía que cada golpe era también una medida de la herida que había abierto en esa casa.

—Total, ¿qué conejo tiene la cola larga? —escupió otra vecina, como diciendo: “¿Cuál es el miedo de seguirlo castigando?”

Cuando doña Pulito dejó caer el leño, el silencio volvió a ocupar su sitio. Las vecinas desviaron la mirada. La abuela respiró hondo y señaló la puerta.

—Si de verdad la quieres, vuelve con tus padres. Tráelos. Que se hable como se debe.

Chucho se levantó despacio. Tenía una línea de sangre fina que le corría por la sien. Se acomodó el sombrero y, antes de irse, inclinó la cabeza en señal de respeto.

Esa noche, el pueblo murmuró menos. Supieron que no todo estaba perdido. Porque en Zihuatanejo incluso los errores podían enderezarse, pero primero había que sentir el peso del leño y la dignidad de los viejos sobre la espalda.

Años pasaron desde aquel soberbio castigo. Petra y Chucho tuvieron hijos y nietos. En las noches frescas del invierno, la pareja se mece en la ancha hamaca. Con la confianza que dan los años de convivencia y en un ambiente relajado, Petra pregunta:

—Viejo, ¿te lastimó la abuela? —Los golpes los sentí como caricias maternas —respondió el marido.

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