Roberto Camps
Cuando las lealtades se terminan, los principios comienzan a diluirse. Y cuando los principios se esfuman, lo que sigue casi siempre es una cadena de malas decisiones que no sólo desdibujan trayectorias políticas, sino que traicionan las enseñanzas que en algún momento dieron rumbo y sentido a un grupo político.
La política, como la vida, se construye sobre convicciones. No se trata únicamente de ocupar espacios o de sobrevivir en la coyuntura; se trata de sostener una línea de congruencia, incluso cuando las circunstancias cambian.
Por eso resulta oportuno observar cómo, en medio de las definiciones internas que hoy se discuten en Morena, surgen voces que, más que abonar al debate democrático, parecen responder a posicionamientos dictados.
El caso reciente de Sofío Ramírez es ilustrativo. Su declaración contra los lineamientos del Consejo Nacional de Morena —particularmente aquellos que buscan erradicar prácticas como el nepotismo electoral y la reelección— no sólo abre un frente innecesario, sino que revela una contradicción de fondo: se invoca la defensa de derechos constitucionales mientras se desestima el derecho de los partidos a establecer reglas internas que fortalezcan su vida democrática.
Llamar a la movilización contra decisiones partidistas, sugerir litigios y advertir supuestas violaciones a derechos humanos, puede sonar atractivo en el discurso, pero en el fondo erosiona la institucionalidad que se dice defender.
La democracia no se construye a partir de presiones coyunturales ni de interpretaciones a conveniencia; se sostiene en reglas claras, en procesos y en el respeto a las decisiones colectivas.
Más aún, llama la atención el tono de confrontación que se intenta instalar en un momento en el que lo que más requiere Guerrero —y el país— es estabilidad, unidad y visión de futuro. La política no puede convertirse en un espacio de revancha ni en una plataforma para ajustar cuentas personales.
En este contexto, resulta pertinente dejar claridad sobre las posiciones y los deslindes. El ex gobernador Ángel Aguirre Rivero ha sido enfático al respecto. En entrevista concedida a este columnista, precisó sin titubeos: “no coincido absolutamente en nada con las apreciaciones de quien fuera mi colaborador Sofío Ramírez, quien ya no mantiene ningún vínculo o relación política con mi persona; desde hace un buen tiempo él ha tomado su propio camino y sus propias decisiones”.
La declaración no es menor. Marca una línea clara entre una trayectoria política construida desde la responsabilidad institucional y una ruta individual que hoy parece alejarse de esos principios. En política, los deslindes también son definiciones éticas.
Porque al final, más allá de nombres y coyunturas, lo que está en juego es algo más profundo: la credibilidad de los actores públicos. Cuando se pierden las lealtades, no sólo se rompen relaciones; se debilita la confianza. Y cuando se abandonan los principios, se pierde el rumbo.
Guerrero ha aprendido, muchas veces a golpes, que las improvisaciones y las decisiones tomadas desde la visceralidad tienen costos altos. Por eso hoy más que nunca se requiere mesura, responsabilidad y una profunda convicción democrática.
La política no es para los que reaccionan, sino para los que construyen. Y construir implica, ante todo, no olvidar de dónde se viene ni traicionar aquello que alguna vez se defendió
Sofío tal vez, ingenuamente, cree que lo premiarán con algún cargo de representación popular.
Si cree eso se sobreestima, nada más alejado de la realidad: la dirigencia nacional y la propia Presidenta de la República ha tomado nota de quienes asumen posturas de chantaje, y no han entendido que Morena lo que pretende desterrar son los viejos vicios que tanto daño le han hecho a la política.
