Los pangueros de El Ticui: una tradición familiar marcada por el río y sus crecientes

Cuauhtémoc Rea Salgado

Atoyac de Álvarez, Gro.- Antes de que cruzar el río fuera parte de la rutina de muchas familias de El Ticui, hubo hombres que aprendieron a construir sus propias embarcaciones para conectar a la comunidad con la cabecera municipal de Atoyac de Álvarez. Entre esas historias está la familia de Agustina Lara Ávila, cuyo padre comenzó a trabajar como panguero alrededor de la década de 1960.

Lara Ávila recuerda que sus padres y hermanos también participaron en esta actividad, dedicada al traslado de pasajeros que necesitaban llegar a Atoyac para comprar alimentos, trabajar y resolver asuntos cotidianos. Aunque otras personas ya ofrecían el servicio, su padre decidió fabricar su propia panga, una labor que después compartió con sus hijos y que los llevó a construir embarcaciones para otros trabajadores del río.

Pero la corriente que durante años permitió el traslado de habitantes también mostró su fuerza en momentos difíciles. Uno de los recuerdos que permanece en la memoria de Agustina es la creciente de 1985, cuando el agua subió hasta alcanzar viviendas y obligó a varias familias a recurrir a las pangas para ponerse a salvo y salir de las zonas inundadas.

Tenía alrededor de 13 años cuando vivió aquella emergencia. A pesar del tiempo transcurrido, recuerda cómo el nivel del río llegó incluso a una casa situada a una altura considerable. La experiencia dejó una huella que se mantiene presente cada temporada de lluvias, cuando la posibilidad de una nueva creciente genera preocupación entre quienes viven cerca del cauce.

“Le tenemos miedo, mi respeto para el río”, expresó Agustina Lara al evocar aquellos episodios. Sus palabras resumen una relación construida durante generaciones con una corriente que ha sido sustento y camino para la comunidad, pero que también ha representado una amenaza para sus habitantes.

La historia de los pangueros de El Ticui permanece en los recuerdos de quienes conocieron ese oficio de cerca. Sus embarcaciones no solo servían para cruzar de una orilla a otra: durante años fueron parte de la vida diaria de una población que dependía del río para mantener el contacto con Atoyac. El testimonio de Lara Ávila recupera esa memoria familiar y comunitaria, marcada por el trabajo artesanal, la necesidad de comunicarse y el respeto ante la fuerza del agua.

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