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Editorial

Sepultar la reforma

         “El tema educativo no aguanta más”, pronunció el senador morenista Eduardo Ramírez en la sesión de la Comisión Permanente de este 6 de mayo que convocó a un período extraordinario del Congreso a partir de hoy. Los dirigentes de Morena, efectivamente, quedaron frustrados porque por un solo voto en el Senado no pudieron aprobar la contrarreforma educativa ordenada desde Palacio Nacional.

         Esta vez no habrá excusas. Ningún accidente familiar podrá alejar a un legislador de Morena de las cámaras, como ocurrió con Salvador Jara el 30 de abril. Para el presidente López Obrador sepultar la “mal llamada” es una prioridad política. Por eso tuvo en su conferencia de prensa del 30 de abril a unos niños que terminaron durmiéndose por la desmañanada y el aburrimiento. “¿Ustedes qué opinan de las maestras y de los maestros? ¿Son buenos?”, les preguntó con afán inductor. Como los niños no respondieron con el entusiasmo que él quería insistió: “A ver, a ver, a ver, esto es muy importante. ¿Sí les enseñan?” Por fin obtuvo un sí más o menos satisfactorio y concluyó: “Bueno, un aplauso para las maestras y los maestros”.

         La verdad es que hay maestros buenos, mediocres y malos. Es normal. Ninguna profesión tiene solo a integrantes de gran calidad. Solo que en el caso de la educación la influencia de los maestros en el resultado final es más importante que en otras profesiones. “El maestro típico es trabajador y eficaz -escribe Terry M. Moe en Special Interest: Teachers’ Unions and America’s Public Schools, Brookings Institution Press, 2011–. Pero si pudiéramos reemplazar el 5 al 10 por ciento de los peores maestros con docentes promedio, no extraordinarios, podríamos mejorar de manera dramática el desempeño de los estudiantes”.

         Cuando los alumnos están en el centro de la atención de un sistema educativo, contratar y mantener en las aulas a los mejores maestros es un proceso constante. El problema surge cuando lo importante es el sindicato. Moe señala cómo a partir de la década de 1960 los sindicatos de maestros han pasado a dominar la educación en los Estados Unidos. Lo mismo ha ocurrido en México.

         La educación en la Unión Americana es un gran fracaso, dice Moe, porque tiene niveles de desempeño muy bajos en las pruebas comparativas internacionales, como PISA, a pesar de que es el país que más invierte en educación. La culpa es en buena medida del poder que tienen los sindicatos de maestros. El problema es peor en México, donde no solamente los recursos son más escasos sino los sindicatos más poderosos e intransigentes.

         Para mí es imposible celebrar la contrarreforma educativa, que no solamente entrega de nuevo el control de la educación a los sindicatos, sino que los envalentona al confirmarles que son los dueños de la educación pública. Si hemos tenido abusos en el pasado, si los alumnos de Oaxaca no han tenido un ciclo lectivo completo en décadas, si se contrata a maestros mal preparados y los ascensos se determinan no por la calidad en el aula sino por la asistencia a movilizaciones, es culpa de los sindicatos.

         Lo peor es que la contrarreforma ampliará las diferencias entre la educación pública y la privada, donde los sindicatos no están presentes y se busca contratar y mantener a los mejores maestros. El resultado será una mayor desigualdad social. Nuestros políticos seguirán cuestionando la inequidad, mientras ellos mismos la promueven. Parecería que el objetivo de la contrarreforma es impulsar la privatización de la educación en México.

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