Jaime Ojendiz Realeño
Pese a un detallado plan maestro, una administración
modelo, un paisaje excepcional y un arranque sólido, Ixtapa terminó siendo un
pendiente sin solución en la agenda turística nacional, señala el cronista de
Cancún, Quintana Roo, Fernando Martí, en un informe a 50 años de la creación
del Centro Integralmente Planeado (CIP).
En un diario de circulación nacional, manifiesta que aunque
las comparaciones sean odiosas, a 50 años de distancia es pertinente analizar
qué sucedió con el plan gemelo de Cancún, el proyecto Ixtapa-Zihuatanejo, el
cual siempre estuvo lejos de lograr el auge sostenido y el crecimiento
explosivo del proyecto del Caribe Mexicano.
Ciertamente, se trataba de un plan más modesto, que en su
mayoría de edad apenas tendría 8 mil habitaciones, pero tal cifra nunca se
logró, y ese fracaso parcial de Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur)
resulta difícil de explicar.
Los autores del proyecto eran los mismos, y el cuidado que
pusieron en sus proyecciones y pronósticos fue idéntico. A diferencia de
Cancún, donde había que arrancar todo desde cero, en torno a Ixtapa ya existía
una infraestructura incipiente: ductos de captación de agua potable, tendido de
líneas eléctricas y una modesta carretera que lo unía con el principal
balneario del país: Acapulco.
Más importante aún, existía un centro de población cercano,
Zihuatanejo, que no sólo podía integrarse al proyecto, sino que además tenía
una innegable vocación turística. En las décadas anteriores, de manera
espontánea, se había transformado en un rústico destino de playa, que sumaba 15
pequeños hoteles, una docena de casas de huéspedes y una veintena de palapas
playeras que funcionaban como restaurantes.
Esa minúscula oferta estaba dispersa en las playas Madera,
Las Gatas y La Ropa, que a pesar de su relativo aislamiento, habían alcanzado
renombre nacional y atraían un público devoto, mayormente extranjero.
Era una elección que parecía sensata porque, sin ser tan
espectacular como Cancún o Acapulco, el paisaje era realmente encantador. La
bahía de Zihuatanejo, al sur, íntima y protegida, lucía una playa sin
interrupciones de más de dos kilómetros de largo. Al norte, la bahía La Puerta
daba albergue a otra playa kilométrica, que hacía justicia a su nombre: el
Palmar; detrás se encontraban una zona de colinas que parecían perfectas para
albergar un campo de golf, y la Laguna Ixtapa, adecuada para construir una
marina.
Y la cereza del pastel: frente a la costa estaba la Isla
Ixtapa y su playa Cuachalalate, un sitio excepcional para la práctica del
buceo. En total, Ixtapa sumaba seis kilómetros de playa.
El proyecto arrancó a buen ritmo. En el período 75-76 se
inauguraron los primeros tres hoteles, todos de cadenas nacionales (el Aristos,
el Presidente y el Viva), y al año siguiente se estrenó el campo de golf,
asociado a un club de tenis. Para 1981, el número de hoteles había aumentado a
ocho, que sumaban 2 mil 486 cuartos.
Luego abrió su dársena la Marina Ixtapa, con 582 posiciones
de atraque (operada por el Grupo Situr, desarrollador en Quintana Roo del
proyecto Playacar).
Hacia 1985, Ixtapa contaba con 4 mil 058 cuartos de hotel y
ocupaba el quinto lugar nacional entre los destinos de playa.
Sus resultados eran más que aceptables, pues esa cifra
equivalía al de la meta propuesta. El problema fue que Ixtapa se estancó.
¿Qué fue lo que pasó? A toro pasado, los expertos ofrecen
varias explicaciones, todas las cuales se encuentran detalladas en el
capítulo El gemelo de Cancún, del libro Fantasía de banqueros II.
Entre las razones aducidas se encuentra el sismo de 1985,
los cambios de rumbo y de criterio de la dirección de Fonatur, y hasta la
balacera que protagonizó el Chapo Guzmán en la discoteca Christine.
Todos esos argumentos no bastan para explicar que los planes
se hayan quedado a la mitad, sostiene el cronista.