JORGE LUIS REYES LOPEZ
Domingo 27 de septiembre del año 2026. Pabellón del hospital general “Bernardo Sepúlveda Amor”. Cama 113. Zihuatanejo, Guerrero México.
Martes 29 de septiembre del año 2026. Residencia particular. Centro de Zihuatanejo, Guerrero México.
Ese domingo temprano el paciente del hospital le pidió a su compadre Deivi que le trajeran un sacerdote. Quería recibir la extrema unción. Un sacramento mediante el que un cura unge con aceite a un fiel enfermo o en peligro de muerte.
En la casa particular sus habitantes están tensos. Hay temor extremo por la vida del líder del clan. Las sombras nocturnas han atrapado a la ciudad.
La agenda del presbítero le impide asistir el domingo, eso dijo. Ofrece ir al nosocomio al siguiente día lunes.
Las Moiras no cesan en su quehacer vital. Cloto empieza a tejer el hilo de la vida en el nacimiento; Láquesis, con su vara mide la longitud del hilo, otorgando a cada humano su parte de vida y destino; Átropos, la inexorable, la fatal, toma sus tijeras y corta el hilo de la existencia para marcar el momento preciso de la muerte.
Nacimiento, desarrollo de vida y muerte. Es la síntesis de la existencia.
Dios. La Naturaleza. El creador. El dador de la vida y de la muerte.
Cada quien piensa y cree lo que mejor le acomoda.
La noche siguió avanzando. Por la madrugada del lunes 28 la providencia tomó una vida: la del enfermo nacido en el año de 1949. No recibió la asistencia espiritual esperada. En los días de la víspera de su fallecimiento, tuvo conciencia de su crítica situación. Su rostro no reflejaba temor. Se veía sereno y convencido del final cercano. ¿Valiente o resignado? Lo que fuera, provocaba en quien lo miraba respeto. Indudablemente que sabía la proximidad de su final terrenal. Le costaba hablar. Sus manos se convirtieron en su voz. Los ojos no perdieron intensidad ni intensión. Cuando las circunstancias lo permitían, se quitaba la mascarilla de oxígeno y pronunciaba algunas palabras que ayudaban a completar el sentido de las manos hablantes.
El martes, noche aciaga, envuelve la vida del jefe del clan familiar. Una familia que honró la amistad. Sus padres eran misericordiosos. Esa virtud que no siempre practican los humanos: comprensión ante la miseria y sufrimientos ajenos. Ahora su hijo nacido en el año de 1938, se encuentra en el umbral de la muerte.
Once años median entre los nacimientos de quienes el tiempo y la magnanimidad de los Merel Rodríguez, los convertirían en hermanos de crianza.
Gilberto tenía 77 años el día de su fallecimiento. Jesús Efraín los 88 cumplidos.
Gilberto llegó del occidente del país. Nadie conoció a su madre. Su padre Jerónimo era un hombre bien conocido en el puerto. Toda una leyenda. Sin ser Zihuatanejense, adoptó a Zihuatanejo como su patria. Para muchos de los viejos pobladores significaba ser el padre del ceviche. Referencia obligada para locales y visitantes si de comer un excelente ceviche de sierra se trataba.
Gilberto no conoció el amor materno. Tampoco supo lo que era amar y ser amado por un hijo. La vida no le dio esa oportunidad. Su esposa no lo pudo acompañar en el momento que le cortaron el hilo de la existencia. Ella había partido antes.
Sí recibió afecto del matrimonio Merel Rodríguez; hogar, alimento y el calor que da la unión familiar. La diferencia de edades entre Efraín y Gilberto no los condicionó tanto. Fueron libres dentro de un marco de respeto mutuo.
El tiempo les marcó ritmos y escenarios distintos: Efraín un cosmopolita que tenía al territorio nacional como patria suya; Gilberto un sedentario convencido; un tipo de vida con poco movimiento, sin agitación.
Los hermanos, sin embargo, compartían la misma perturbación del ánimo. Poseían un sentimiento muy intenso. Era una inclinación, una preferencia exagerada. Un deseo tan fuerte que a veces los hacia sufrir: el deporte.
El mayor vivió con una inmensa alegría jugar al beisbol. No era el acto exclusivo de practicarlo solamente. Este trota país construía equipos en cada comunidad que se convertía en su residencia transitoria. Como short stop se convirtió en leyenda local. El mejor parador en corto para los aficionados de la vieja guardia. De una elegancia y eficiencia épica, fabulosa, maravillosa. Desde hace muchos ayeres circula un rumor, un mito beisbolero, que solo el creador y aquellos que lo vieron jugar saben la verdad: era tal su grandeza que hacía atrapadas increíblesobligándose a extender en el aire todo su cuerpo deteniendo la huida violenta de la pelota con su guante proverbial. Cuando la gravedad reclamaba su cuerpo, se levantaba con tal gracia, elegancia y eficiencia, que se daba el lujo, brindando un espectáculo adicional a los aficionados, de sacudirse el polvo, ajustarse la gorra y después sacar al corredor mucho antes de que se acercara a la almohadilla de la primera base.
Gilberto nació, vivió y murió con el fútbol.
Pegado no en la piel, sino en el alma. Jugador mientras el cuerpo se lo permitió. Arbitro cuando se retiró. De cuerpo enjuto, flaco, magro, nervudo y de estatura media. No parecía tener nada especial cuando caminaba por la calle o se preparaba para entrar a jugar a un campo de fútbol. Jugando era otra cosa. De manera astuta ocultaba su verdadera habilidad y potencia real al disparar o lanzar un pase largo preciso. Era un lobo con piel de cordero. Un experto en la estrategia silenciosa. Prefería que lo subestimaran, sabiendo que la sorpresa y la fortaleza de sus tiros a gol serían fatales para los porteros.
El mayor y el menor: Jesús Efraín Merel Rodríguez y Gilberto Rincón Velázquez. Los dos se alejaron en el mes de septiembre. Ambos lo hicieron de noche. Uno en la soledad concurrida de pacientes en el hospital. Otro rodeado de miembros de su tronco familiar. Solo se concedieron unas horas de diferencia.
La vida los había unido bajo un mismo techo, donde aprendieron a llamarse hermanos sin que la sangre tuviera que darles permiso. Después cada cual tomó su rumbo, aunque en algún rincón de la memoria siguieron habitando la misma casa.
La muerte los encontró en la misma ciudad. Entre ambas despedidas apenas transcurrieron menos de 48 horas.
¿Casualidad? ¿Un capricho del destino?
Nadie lo puede responder.
Lo cierto es que, en el puerto de Zihuatanejo dos hombres dejaron de existir casi al mismo tiempo, como si la vida después de separarlos durante años, le hubiera concedido a la muerte la decisión de reunirlos de nuevo.
Quizá en algún lugar donde no cuentan los calendarios ni las horas, volvieron a encontrarse bajo aquel techo de la infancia-juventud, allí donde alguna vez fueron, sencillamente hermanos.
