Jorge Luis Reyes López
Dos hombres, alternándose, transportan en carretilla un generador eléctrico portátil. Manuel, de oficio carpintero, y Armando, médico de profesión. La planta de luz, como la conocen los lugareños, tiene un propósito discutido meses atrás por los dos amigos. En la década de los años cincuenta, Zihuatanejo no tenía un sistema de electrificación. La solución obligada para materializar sus planes pasaba por la producción de energía eléctrica para poder iluminar mínimamente un cuadro de aproximadamente cinco metros por lado.
Mientras la carretilla rebotaba al rodar por la superficie irregular, chocando repetidamente con los chipotes o desniveles del suelo, un vecino curioso y burlón los miraba con malicia, exagerando los ojos saltones y la risa pícara. Se miraron apenas un instante, como si confirmaran en silencio que estaban en la misma página, y luego volvieron a lo suyo. El hombre fornido soltó otra carcajada pícara, exagerada, buscando reacción… pero no la encontró. Uno de los amigos esbozó una sonrisa leve, no de burla ni de sumisión, sino de quien ya decidió no engancharse. El otro, más relajado, incluso se permitió un comentario casual, como si el ruido de fondo no tuviera mayor importancia. No había tensión en sus hombros ni prisa en sus movimientos; su calma no era debilidad, era elección. No lo enfrentaron directamente ni intentaron competir en volumen o ironías. Su actitud era más sólida que eso: indiferencia firme, casi elegante. Era evidente que no necesitaban probar nada. Mientras el hombre insistía con sus gestos y risas, ellos permanecían centrados, conversando entre sí, como si el mundo relevante fuera el que compartían. Esa falta de reacción terminó diciendo más que cualquier respuesta: no es que no oyeran las burlas, es que simplemente no les concedían valor. Sonriendo, uno le dijo al otro: “Ese Chequelón es simpático y contagioso cuando de reír se trata”.
Discutieron las posibilidades: dificultades y riesgos económicos. De algo estaban convencidos, seguros: la historia local les reconocerá el mérito de ser los primeros en realizar peleas de box en lo que también será la primera casa del boxeo: la Arena Libertad.
La carretilla llegó a su destino. Pronto el cuadrilátero estaría iluminado. Los aficionados no tardarían en llegar. Hoy es la noche. Los socios se sentaron. Manuel encendió un cigarro. Con calma fumó y expulsó el humo. Juntos repasaron los pasos preliminares. Todo era novedad. Todo lo que acontecería esta noche ocuparía el primer lugar. Fabio Aguado y Ángel “Chamberina” Tellechea integrarían la primera comisión de box de Zihuatanejo; Fabio sería el primer réferi. Los calientarings y los boxeadores que subirían al tablado también serían pioneros.
La planta de luz era propiedad del doctor Armando Morales Vallejo. El ring era la obra realizada por el carpintero Manuel Vargas Dozal. La Arena Libertad se instaló en el patio enorme de la casa de Manuel. El barrio de La Palma Liada tenía el honor de abrigar en sus entrañas un espectáculo organizado, brindando la oportunidad a jóvenes locales de quitarse el gusanito de subirse a un ring a boxear, rodeados de un público curioso, morboso y de aquellos aficionados auténticos al arte del pugilismo. Ahora muchos espectadores tendrían la oportunidad de ver una pelea en vivo. Lo más cercano para ellos eran historias escuchadas en radios de baterías o peleas callejeras mal recordadas.
Esa tarde-noche todo se sentía raro. Los primeros hombres que llegaron se cruzaban de brazos, escupían al suelo, opinaban sin saber: “Eso es puro baile”, decía uno. “Yo en mis tiempos…”, empezaba otro, aunque nunca había peleado en su vida.
Cuando los peleadores subieron, el murmullo bajó. No eran figuras imponentes. Eran muchachos del mismo pueblo, con guantes nuevos y miradas que mezclaban nervios y orgullo. Uno de ellos no dejaba de brincar, como si el movimiento fuera lo único que lo mantenía firme. Era La Burra Morgan. El otro estaba rígido, respirando hondo, como si estuviera a punto de meterse al agua fría. Quizá pensaba en todas las veces que Morgan pasaba frente a su casa para gritarle que lo noquearía en el primero de los tres rounds en que se pactaban las peleas de los calientarings. Ni dudar que Vitico Reyes estaba muy presionado.
Como por encanto súbito empezaron las apuestas. Morgan, el favorito. Sentado en primera fila, el Ing. Carbajal, dueño del hotel Zafari, no quitaba la vista del chamaco que estaba abajo en los momios. Haciendo a un lado el cigarro que tenía en la boca, le gritó al corredor: “¡Le voy a Vitico!”. Cazó todas las apuestas. La campana sonó. El primer golpe no sonó como esperaban. No fue seco ni espectacular. Fue más bien torpe. La gente reaccionó como si algo se hubiera encendido. Poco a poco la pelea encontró ritmo. Frente a la acometida atropellada de Morgan, Vitico lanzó un recto al plexo solar que mandó a la lona a su oponente. El Ing. Carbajal saltó de su silla más entusiasmado que los familiares del chamaco. La pelea terminó cuando Fabio, el réferi, levantó el puño de Vitico. Las monedas llovieron sobre el ring, lanzadas por el público. La regla era dividir al 50% entre los muchachos. Por alguna razón desconocida, Vitico no tomó nada. Al bajar, el Ing. Carbajal lo detuvo y le dijo: “Toma”, entregándole un rollo de billetes. “Me hiciste ganar mucho; justo es que te dé algo”.
Los aficionados estaban prendidos; en poco tiempo se habían tornado adictos. Las peleas calientarings eran las botanas más apetecibles. Todos eran vecinos, hijos de fulanos conocidos: Mauricio Vargas Galeana se vería la cara con Joaquín González Ramírez. No se reservaron nada arriba del ring. La gente deliraba cuando los boxeadores intercambiaban una andanada de volados, ganchos, rectos y campanazos, obligando al réferi a separarlos. Terminaron empapados en sudor. Los brazos les pesaban y dolían, pero estaban felices.
Ahora el turno de los Carlos: Oregón y López. Más alto y fornido, Carlos Oregón era el favorito natural. Carlos López, “Pillinga”, parecía un ratoncito enclenque, bajito y callado. Parecía una masacre anunciada. Suena la campana. Pillinga se mueve velozmente, sin ser un blanco fácil. Tiene estilo y posee una técnica natural, no aprendida. Es un diablillo suelto tirando golpes y construyendo combinaciones. Al final de la batalla fue declarado unánimemente como indiscutible vencedor.
Chiro Valle, del barrio de La Noria, contra Luis Roberto “El Prieto” Vargas Galeana, del barrio de La Palma Liada.
Algunos jóvenes entrenaban en la Arena Libertad, no siempre con el propósito de subirse al ring en una función de box. Por ahí lo hizo Cuauhtémoc “Temo” Palacios Serna; Atanacio Baños, de la colonia Darío Galeana.
Entre los peleadores adultos destacó Luis Martínez, de Agua de Correa. Elegante y fino. El “Tábano” Valdovinos, fajador por excelencia, también era de Agua de Correa. De Acapulco llegó Yobel García, de los primeros boxeadores foráneos. Serafín Aguirre forjó su fama bien cimentada.
Cuando el polvo se asentaba y el eco de los golpes se iba acabando entre las casas, quedaba algo más que la simple memoria de una pelea. Quedaba la sensación de haber abierto una puerta nueva en el pueblo, de haber probado algo que antes solo existía en relatos ajenos.
Vale la pena recordar aquella primera arena de box en Zihuatanejo, la vieja Libertad, levantada hace más de 70 años en el barrio de La Palma Liada. Ahora, en su lugar, hay un hotel en la calle Ejido. No era grande ni lujosa, pero tenía algo que ninguna otra podía presumir: fue el lugar donde muchos vieron por primera vez dos voluntades enfrentarse con reglas, con respeto, con coraje. Al final, más que golpes, lo que se hereda es el impulso: el de pararse frente a otro, mirarlo a los ojos… y empezar.
Gracias, Gustavo Vargas Galeana, por su tiempo y dedicación en el contenido de esta columna.