Serapio

Jorge Luis Reyes López

“Hay cosas que son muy difíciles en soledad y muy gratas en compañía”. Juan Villoro, El libro salvaje.

Por una calle que un día fue un callejón, los dos hermanos caminaban despacio. Claramente se ve la gran diferencia entre sus edades. Llevan gorras puestas. Las puntas lacias del pelo se escapaban caprichosamente de su prisión transitoria en la cabeza del mayor. El menor tiene un rostro expresivo que contrasta con el de su hermano. Sus ojos parecen querer huir de sus cuencas.

Frente a ellos avanza un peatón. Cuando el menor y el peatón se reconocen, se lanzan miradas de alegría, de picardía y tal vez una que otra maldición cariñosa. Frente a frente, superada la distancia que los separaba, se tornan elocuentes, efusivos. Sus caras revelan la estatura de su amistad.

—¿Sabes quién es? —pregunta, señalando al hermano.

El aludido mira al hombre de bigote, al que las puntas del cabello se le salen por la nuca. Busca en el palacio de la memoria y no encuentra el lugar donde lo vio. Otra mirada barre al enigma. Balta —que así llama al menor de los hermanos— está disfrutando de la congoja ajena. El otro no coopera. Parece una esfinge. Está parado. No mueve parte alguna de su cuerpo. No habla. No sonríe.

¿Quién jodidos es? El caso es que lo conozco, pero no lo recuerdo, piensa el peatón. Algo tiene que ver con el granuja de Balta.

—¡Es Rubén, mi hermano!

¡Claro, eso es! ¡El marido de Margarita! Rota la barrera del reconocimiento, los saludos se precipitan. Rápidamente son invitados a casa de Nely para que la saluden y puedan concertar una reunión con otros amigos.

Entran entre las mesas ocupadas por gente desayunando, atraviesan esa zona y se internan en dirección al patio, pasando por la cocina, rodeando a Rocky, el perro. Salen del pasillo estrecho y desembocan en un patio sombreado por un viejo mango criollo.

Nely y Rubén —otro Rubén— miran al trío, desconcertados por la presencia del peatón que justo unos minutos antes se había despedido de ellos. Reconocen a Balta, pero no a su hermano. Es momento de cobrársela a quienes nada le deben, piensa el peatón.

—¿Quién es? —pregunta, señalando al trigueño delgado que se quedó quieto cerca de Nely, mientras la mujer lo mira de arriba abajo, sentada cómodamente.

Rubén, el profesor, más osado, se apoya en su bastón, se pone de pie sonriendo al otro lado de la mesa y suelta un nombre absolutamente ajeno al del visitante.

¡Suficiente! El guía improvisado ya no quiere esperar. Los tiene en sus manos. No hay duda de que ni remotamente tienen la menor idea de quién está frente a ellos. Lo mismo que le sucedió a él. No fui el único, se consuela para sus adentros.

—¡Es Rubén, el hermano de Balta! —dejó escapar de su boca, satisfecho de la parálisis pasajera que provocó en todos.

Lo que sucedió después fue mágico, alucinante y tempestuoso: Nely, a sus 88 años, se paró misteriosamente rápido, como un cometa fugaz. La esfinge cobró vida. Ante la vista de todos se fundieron en un tierno y expresivo abrazo. Emocionada, la mujer repetía, como si no pudiera creerlo:

—¡Eres tú, eres tú, Rubén!

Nely está al borde de sus sentimientos. Los ojos se le han enrojecido. Toda ella es presa de un remolino de emociones. El profesor, al otro lado de la mesa, esperaba su turno. Se le veía feliz. Entendía el significado del reencuentro y lo gozaba cabalmente.

Los amigos pactaron reunirse dos días después, el jueves, ahí mismo. Intentarían que Rodolfo y Nico estuvieran para esa fecha.

Es jueves. Cuando entro al patio, Nely y Rubén Valencia están sentados en sillas contiguas. Un par de mesas los separan del profesor Rubén y de Nico, con su inigualable continente asiático. Alejado de los dos binomios, Baltasar Cabrera gesticula. Me acomodo entre los hermanos sin mayor recato. El grupo está encarrerado. Solo hay que escuchar y estar atento al hilo de la charla.

—¿Quién le puso “guanábano” al profe? —No sé —respondió Valencia—. Entre la palomilla alguien lo hizo. —¡Fuiste tú! Jaime me lo dijo.

Tema cerrado. La conversación se fue por la tangente.

Cuando los profesores Guadalupe García Ayala, Eustolio Encarnación y Lázaro Ramírez llegaron, dormían en los salones de la escuela en catres de tijera. Eran de jarcia, ese tejido vegetal que hacía las veces de colchón. Bueno, incluso ya casado, el profe Lupe vivió un rato ahí.

—Oye, Nely, ¿bailaste con Panito? —Sí, y con Gilberto también.

La señora, de 88 años, se para. Mueve la cintura, los hombros y los brazos con las manos extendidas, bailoteando hacia adelante y hacia atrás. Una genuina alegría contagia a los veteranos.

—Gilberto era muy bueno para bailar —afirma mientras retoma su lugar en la silla—. Usaba unas camisas de manga larga con olanes. Con él ganamos un primer lugar en una competencia.

—¿Y peleaban, Nely? —Ay, amigo, éramos pesados, junto con Lilia López, la que crió Cheque Arciga.

Vendaval sin rumbo, como dice la canción, es la conversación. Qué me importa tu vida, si la mía es otra.

—Mi madre me dijo que un alacrán puede matar a un elefante —continúa—. Me hierve la sangre nomás de acordarme de esa mujer alta como vara de guamúchil, y yo bajita, gruesecita. Fui a llevar la masa al molino de don Alberto Castro. La chamaca me maltrataba, vieras cómo me tapó de cosas. Entonces me llamó don Alberto y me preguntó: “Nely, ¿le tienes miedo? ¿Por qué permites que te ofenda tanto?” —Está muy grande, don Alberto. —¡No te le rajes!

Y me acuerdo del alacrán y del elefante.

—Oiga, don Alberto, ¿pero qué hago con mi mamá si se entera? —Eso lo arreglo yo. ¡Vámonos recio, cuarranga!

Amigo, que la recibo con un rodillazo a los bajos. Nuevamente la relatora estaba de pie. Y métole un dos: con los puños cerrados dibuja en el aire un jab y un gancho al hígado.

—Ahí se acabó el pleito. Nunca más esa chamaca me molestó.

—¿Y cómo les fue con Toña, la de Hermila? —No, no, ahí la cosa era distinta. Toña Orozco eran palabras mayores. Mis respetos. Un día Lilia me dijo: “Date un cierre con Toña”. —¿Pero cómo crees? —¿Le tienes miedo? —La verdad, sí. Hay que reconocerlo. —¿Por qué no la retas tú? ¡También te arrugas! —Bueno, entre las dos. —No, Lilia, no. Hay que reconocer: nos jode a las dos.

Y nunca peleamos con ella. Toña era pesada. Tenía en un puño al barrio.

El rostro de Nico dice que está divertido. Cuando ríe, una clara línea se dibuja en sus ojos, haciéndolos casi desaparecer. Todos están gozosos. Juntos rebasan los 500 años. Esperan que no pase mucho tiempo antes de que la fortuna les dé la oportunidad de reunirse otra vez.

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