SERAPIO

Jorge Luis Reyes López

—¿Qué comes? —¡Tolondrones pa’ los preguntones!

La respuesta de Lapo desató las carcajadas de Cruz. Entre ellos esas chanzas eran permitidas. Entrados en años los dos, habían tejido una sólida amistad basada en la franqueza. Hombres claridosos que no sentían la obligación de decirle incondicionalmente “sí” al otro. Eso sí: acostumbrados a que, si se acusaban de torpes, el acusador estaba obligado a probarlo o disculparse si no acreditaba con argumentos la torpeza ajena.

Cruz, de piel blanca, tenía una cicatriz debajo del pómulo izquierdo, hundiendo la mejilla y logrando que el rostro pareciera más delgado. Pelo abundante, lacio, entrecano y rebelde al peine. La barbilla pequeña. Cotidianamente olía a alcohol. El pulso, extrañamente firme para un alcohólico dedicado a extraer dientes y muelas. Su nombre completo era Cruz Roberto. Lapo le decía Cruz; el resto de las personas lo llamaban Roberto “el sacamuelas”. Sus brazos delgados hacían dudar de si podría, o no, extraer algún molar. Para los pacientes resultaba ser un buen doctor: no había dolor, no sufrían durante el proceso, no se les hinchaban las mejillas; tampoco se sabía de infecciones en algún sujeto. Cruz tenía un maletín negro, la clásica valija de los años sesenta. En el pueblo nadie sabía dónde estudió o aprendió el oficio de dentista. En esa maleta pequeña traía todos los instrumentos necesarios para arreglar cualquier muela que ofreciera resistencia.

Lapo no sacaba muelas. Él, como buen yerbero, sabía curar las postemillas: esos abscesos dolorosos, inflamados y constantemente con pus. El sacamuelas era un médico ambulante. Por periodos largos de tiempo se ausentaba del Puerto mientras recorría la sierra y los pueblos cercanos a Zihuatanejo. Estando en el Puerto, era inquilino permanente de Lapo. En algún momento de la tarde se sentaban a conversar. El abuelo recreaba su ritual: cortaba la hoja de maíz; en su mano izquierda, en forma de cuenco, la sostenía; con la mano derecha sacaba de una bolsa tabaco picado y lo esparcía en la hoja de maíz. Cuidadosamente enrollaba el pedazo de hoja y el tabaco; pasaba la lengua por el borde donde terminaba el rollo, usando la saliva como pegamento. Esperaba unos segundos para encender el cigarro. Una vez encendido, chupaba profundamente; después expulsaba el humo con un “ahh” que expandía el olor a tabaco junto con una sensación relajante. Ahora estaba listo para escuchar y hablar. Cruz Roberto aún no estaba preparado para sostener diálogo alguno. Lapo tendría que esperar.

Parsimoniosamente llevó un vasito con granos de sal y lo puso al centro de la mesita de madera. Partió un limón, colocándolo en un plato hondo. Luego llevó el premio mayor. Cuidadosamente, como si se tratara de una criatura delicada y tierna, acariciaba y veía la botella de tequila Viuda de Romero. Se sentó frente a Lapo, vació un chisguete de tequila y lentamente lo sorbió. Tomó la mitad del limón y lo presionó sobre los granos de sal, llevándoselo a los labios para chuparlo; sacudía la cabeza al tiempo que decía: “¡Ahh, qué sabroso!”.

—Puñaladas iguales, cobardía correr —soltó el sacamuelas.

Los viejos amigos estaban felices.

—Lapo, eres viejo viviendo en Zihuatanejo; supongo que conocerás detalles de la vida de algunos pobladores. Tengo curiosidad por saber algo de Montenegro; casi no sé nada de él. —No eres el único —respondió el abuelo—. Lo poco que sé es lo que muchos sabemos, lo que pude platicar con él en contadas ocasiones y algo más que me comentó su hijo Vicente.

Seguramente el apellido Montenegro tenía más sonoridad que el de Reyes, su primer apellido. Su nombre completo era Felipe Reyes Montenegro. Se dice que una noche apacible unos militares acuartelados en Tenancingo, Estado de México, fueron al domicilio de Jesús Reyes Romero y Luisa Montenegro Suárez. Golpearon la puerta, asustando a la señora.

—¿Qué querían esos militares a deshoras de la noche? —Temerosa, les preguntó si se les ofrecía algo. —Venimos a ver a su hijo Felipe.

El corazón le latía aprisa. El muchacho estaba dormido.

—¿Por qué?, ¿qué hizo? —Serénese, señora. Su hijo no ha hecho nada. Estamos aquí porque sabemos que Felipe y su hermano Manuel son peluqueros. Mi general quiere que Felipe sea su peluquero. Le van a pagar. Tendrá instrucción militar y grado. —¡Bendito sea el Señor! —exclamó Luisa—. Felipe tendrá asegurado el futuro.

—Hombre, quesque es militar el tal Montenegro, ¿cómo la ves? ¿Cómo llegaría aquí, al Puerto? Eso solo lo sabe Dios. Lo cierto es que, por el año de 1950, Montenegro tenía una recua de burros con los que transportaba mercancías, particularmente ropa. Compraba en Ario de Rosales, Michoacán, y bajaba por las rancherías vendiendo con su peculiar estilo. —Lapo, Lapo, no me digas que ya tenía su bocinita en forma de corneta. —No, todavía no. Ese recurso lo usó aquí en Zihuatanejo. Se estableció en la calle principal, hoy llamada Cuauhtémoc, en una local propiedad de Guillermo Leyva. Ahí vivió y murió.

Encontrabas todo más barato: telas de popelina, “para la bailarina”; terlenka, “para el que no es chenca”, resistente, duradera y de fácil cuidado; tusor, “para que no tengas escozor”, cien por ciento algodón, aunque la veas rústica y arrugada, es resistente; satín, “para que se te quite lo hablantín y te veas brillante y lujoso”; tafetán, “como perfetán”, firme y crujiente; gabardina, “orina que no se nota”, buena para repeler agua y viento. Era una maravilla oírlo con su bocina invitando a los marchantes a comprar. Encontrabas pantalones de lino, los mil rayas, el dril, camisas Gacela y Medalla.

—Oye, Lapo, bájale tantito; también se oía que la ropa encogía.

El abuelo sonríe y se rasca la oreja.

—Mira, Roberto, algunas telas, por su naturaleza, se encogen después de lavarlas. Lo importante es que a nadie engañaba y sí ofrecía alegrías pasajeras. Había un amigo de la colonia Darío Galeana —que creo vive todavía—, Pedro “el tarrayero”. Lo fue a ver y le dijo a Montenegro: “Mi hermano se va a casar y le quiero regalar un pantalón, pero que no se encoja, ¿he?”. —Hermanito, tú lo que quieres es un wash and wear —le contestó.

O tienes el otro caso, que ya no se sabe si es cierto o no, pero le pueden preguntar al Chato Meneses. Dicen que le compraron un pantalón ahí con Montenegro. Se puso feliz cuando lo estrenó. Cuando lo usó nuevamente, después de haber lavado el pantalón, le llegaba arriba del coacoyul. Cuando el Chato lo vio, se llenó de felicidad; salió corriendo de la casa, atravesó la calle y llegó al negocio familiar gritando:

—¡Mamá, mamá, estoy creciendo, estoy creciendo!

Con mirada bondadosa, la madre meneó la cabeza diciendo:

—Ah, cómo serás inocente… ¡Los compré con Montenegro!

—Oye, Lapo, ¿sí sería militar? —Te comento un detalle: un día, borracho y quizá drogado, Marcelino Pan y Vino lo quiso agredir con un cuchillo. Montenegro sacó una pistola .380 que tenía entre las ropas y le disparó a la canilla para disuadirlo. El pelotón de soldados tenía su cuartel en donde está hoy el restaurante Coconuts. Rápido llegaron y se lo llevaron con todo y pistola. El caso es que luego lo regresaron con todo y arma, y se le cuadraron antes de retirarse.

—Ahí te la dejo —dijo Gómez.

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