Jorge Luis Reyes López
Hacia el año de 1914, tres mozuelos salen de Zihuatanejo caminando. La meta era llegar a Acapulco, el pueblo de las oportunidades para quienes querían mejorar la calidad de vida. Dos varones y una niña de doce años formaban un trío peculiar. Todos decididos: Wenceslao García, El Sapito; Chevo Meza y Lucía Hernández Gutiérrez. La chamaca no hacía mucho había quedado huérfana de padre y madre. La viruela no les dio oportunidad alguna de vivir.
La mayoría de las vías de comunicación eran una combinación de brechas de terracería y caminos de herradura; era un terreno montañoso, accidentado, lo que dificultaba el avance de los adolescentes. Se enfrentaron a más de un cruce de ríos; había que aprovechar los vados y superar más obstáculos por caminos que no eran directos. Los muchachos tenían que descansar, comer y dormir. Aun llevando buen paso, no siempre tuvieron éxito en su plan de recorrer cinco kilómetros por hora. La niña caminaba al mismo ritmo que los varones.
Dependían en buena medida de los pueblos a la vera del camino, tanto para dormir como para proveerse de alimentos. No planearon el viaje incorporando las dificultades del terreno y la distancia. Lo mismo pasó con la alimentación o la seguridad de alguna mediagua donde pudieran pedir posada y se las concedieran para descansar.
Al fin llegaron al puerto después de casi una semana apretando el paso. Ahí se desintegró la aventura tripartita. A partir de ese día cada quien eligió su camino. Atrás quedó Francisca, hermana de Lucía. También el simple y poco prometedor puerto de Zihuatanejo. Ahora ella estaba sola, en un lugar desconocido y a una edad considerablemente vulnerable.
Pronto pagó la primera factura. Antes de los catorce años ya tenía pareja. La relación estaba caracterizada por el abuso y el dominio del hombre sobre la menor. Nada maneada, Lucía no aprobaba esa conducta. No salió de Zihuatanejo para que la maltrataran y no le guardaran el respeto que creía merecer. Recia de carácter, decidió cortar ese lazo vil. Agarró sus triques y en silencio salió de la casa. Con sigilo, con cautela, se subió a una carreta que la llevaría a México, capital del país.
Todo el camino era de terracería y las curvas abundantes la mareaban. La ruta cruzaba la Sierra Madre del Sur. Las paradas abundaban para descansar y comer comida criolla, casera. La situación no era segura, más bien inestable. Llegar a México parecía más una expedición. Era un desafío. Entre ilusionada e inquieta —porque timorata no era—, la muchacha se alista para enfrentar un nuevo episodio de su vida.
El cielo era claro, lleno de estrellas. El aire frío la hacía temblar ligeramente. Ni Zihuatanejo ni Acapulco tenían ese clima. No llevaba ropa para protegerse. Tampoco tenía hogar donde dormir. Tendría que hospedarse en cualquier posada barata que pudiera pagar. Por su cuenta correría mirar por su seguridad dentro del hotel y afuera, en las calles de la gran ciudad.
En el Distrito Federal trabajó intensamente. Fue así como escaló hasta ser ama de llaves en la casa del general Plutarco Elías Calles. Ahí conoció al Dr. Abraham Ayala González, médico de cabecera del expresidente. El Dr. Ayala González tenía un hermano llamado Rodolfo, destacado médico, creador del primer banco de sangre de México.
El general Calles estaba de regreso en su patria después de haber sido exiliado por el general Lázaro Cárdenas. Había sido maestro rural, inspector de educación, comisario de Agua Prieta, Sonora; gobernador de su estado y presidente de la república en el año de 1924.
Un sábado 13 de octubre de 1945 es operado de las vías biliares. La noche del jueves 18 tiene una recaída. El doctor Abraham es llamado de urgencia a la habitación 32 del Hospital Inglés. A las once y media de la mañana recobra la conciencia y el 19 de octubre, a las 14:40 horas, muere.
Lucía era ya una mujer casada con Mario Hernández Toss, de madre italiana. El trato con el doctor Abraham le permitió conocer a su hermano Rodolfo, con quien más tarde iría a trabajar en su casa. Era un profesional exitoso, famoso y maestro de la Academia de Medicina.
Poco después de la muerte del general Calles, fallece el Dr. Abraham. Lucía había perdido a dos conocidos que la habían impulsado en su desarrollo laboral. Otra tragedia estaba por tocar su existencia. Un mal día, después de una discusión con su esposa María Luisa Nieto Ortiz, el doctor Rodolfo Ayala González falleció asesinado por su cónyuge. El desafortunado acontecimiento fue presenciado por su pequeña hija de diez años, quien con el paso de los años sería conocida como la famosa conductora Lolita Ayala.
El matrimonio de Lucía y Mario no tuvo descendencia. Tal situación le permitía a Lucía trabajar y utilizar las tardes para deambular por el centro de la Ciudad de México. En uno de esos paseos se tropezó con Chevo Meza. Los recuerdos fluyeron y su épica andanza de adolescentes estuvo presente. La nostalgia se apoderó de la mujer al saber que su familia seguía en Zihuatanejo, tomando la decisión de visitarlos.
Después de unos días de convivir con sus familiares, regresa a la capital del país llevándose a su sobrino Gabriel Torres Ávila, el mismo que vivió cinco años en ese lugar. Ya entonces Lucía tenía problemas con los bronquios, de manera tal que decide definitivamente abandonar México, D.F., y se establece en Zihuatanejo, donde construye su hogar en la playa de La Madera. Es ahí, en esa casa, donde fallece su esposo Mario.
La vestimenta de Lucía era atípica para una mujer de aquella época: usaba pantalones. Esa peculiaridad hizo que la población la conociera como Doña Lucía la Pantalonuda. En Zihuatanejo empezó a vender pozole junto al viejo cine Janeiro. En el seno de su hogar recibió a un niño casi recién nacido a quien pusieron por nombre Pedro, al que coloquialmente se le conoce como Pedro El Pozole.
Se cuenta que un leñador que le surtía periódicamente leña le preguntaba: “¿Quiere leña, amigo?”. Un día, quizá su ánimo no estaba del todo bien, así que cuando le repitió la pregunta: “¿Quiere leña, amigo?”, tomó el machete y le dio un sonoro fajo en la espalda, al tiempo que le decía: “Soy tan hembra como tu madre cuando te parió. La próxima vez que me digas ‘amigo’ te voy a dar de canto”.
Doña Lucía fallece en la casa de su sobrino Gabriel Torres Ávila, El Pichiche, a la edad de ciento tres años. El sobrino recuerda que su tío Chucho Ávila era su patrón; trabajaba haciendo la tarea completa de cualquier marinero, pero el salario no era igualitario. Le comenta a la tía abuela la inconformidad y esta le dice: “Habla con tu tío, exige lo justo. Defiéndete. Si alguna vez cometo injusticias contigo, defiéndete de mí”.
Así era Lucía Hernández Gutiérrez, La Pantalonuda.