Opinion

Serapio

By Despertar de la Costa

January 15, 2026

Jorge Luis Reyes López

En el pueblo todos lo conocían como Pablo el loco. No porque hiciera daño a nadie, sino porque hablaba con el viento, saludaba a las iguanas y juraba que las nubes le contaban secretos. Caminaba descalzo, con un sombrero de palma torcido y una sonrisa que parecía no caberle en la cara. Decían que su risa era como la del mar cuando choca contra las rocas: inesperada, libre, interminable.

Una tarde de agosto, cuando el sol ardía sobre los campos y los maizales crecían altos como murallas verdes, Pablo decidió subir al cerro viejo. Desde ahí, decía, se podía ver el corazón de la bahía de Zihuatanejo. Tomó el sendero que serpenteaba entre los surcos de maíz, saludando a cada espiga como si fueran viejos amigos.

—Cuídenme el camino —murmuró—, que hoy quiero ver el mundo desde arriba.

Pero el maíz no respondió. El viento, en cambio, jugó con él, empujándolo de un lado a otro, abriendo veredas falsas entre las hojas crujientes. Pablo caminó y caminó, siguiendo un colibrí, luego una mariposa amarilla, luego una sombra que creyó ver moverse. Cuando quiso regresar, el sendero había desaparecido. A su alrededor solo había tallos altos, un murmullo verde y el cielo cortado en pedazos.

Por primera vez, Pablo sintió miedo.

—No me dejen solo —dijo al maíz—. Yo siempre los saludo.

El maíz siguió meciéndose, indiferente. Pablo avanzó a tientas hasta que el terreno cambió. El verde se volvió más bajo, más joven: eran los renovales del cerro viejo, árboles pequeños que brotaban tras los incendios y las talas, tercos en su deseo de volver a ser bosque. Entre ellos, el aire olía a tierra húmeda y resina. Las chicharras cantaban como si marcaran el paso del tiempo.

Pablo se sentó bajo un mezquite joven. El sol empezaba a caer y, entre los claros, alcanzó a ver un destello azul: la bahía. Le pareció que el mar respiraba. Cerró los ojos y escuchó. El viento bajaba del cerro, cruzaba los renovales, rozaba el maíz y llegaba hasta el pueblo. Era el mismo viento de siempre, el que le hablaba.

—No estás perdido —susurró—. Estás aprendiendo otro camino.

Pablo se levantó. Siguió la pendiente, guiado por la luz que se encendía en el horizonte. Cada paso era una promesa. Los renovales parecían abrirse para él, como si reconocieran en su andar torpe una voluntad antigua. Bajó entre piedras tibias y raíces, hasta que el verde se volvió polvo y el polvo, vereda.

Al anochecer apareció en la orilla del campo. Desde ahí vio las primeras casas del pueblo y, más allá, la bahía de Zihuatanejo encendida con reflejos dorados. Los pescadores regresaban, y el mar parecía un animal cansado que se recuesta.

Cuando Pablo entró al pueblo, algunos corrieron a su encuentro. Lo creían extraviado desde la mañana.

—¿Dónde estabas, Pablo? —le preguntaron.

Él sonrió, con hojas en el cabello y tierra en los pies.

—Me perdí para aprender —respondió—. El cerro me enseñó a volver.

Nadie entendió del todo. Pero desde ese día, cuando el viento cruza los maizales y sube por los renovales del cerro viejo, hay quienes aseguran oír una risa mezclada con el murmullo del mar. Dicen que es Pablo, recordándole al mundo que perderse también puede ser una forma de llegar.

Posdata para una reconocida amiga, autora de la poesía La palma de coco: Esperanza Mora Luviano

La palma de coco, de la autora Esperanza Mora, recuerda que las pencas secas de la palmera eran las paredes de muchas casas donde no había calor dentro. No había muebles, solo hamacas, tarecuas, tarrayas y mucho pescado para comer. Un sabor sublime de mi infancia fue el de las nieves de coco, esas que se hacían en garrafa de madera, a puro giro, vuelta y vuelta, rallando coco. Se pasaban las tardes costeñas sin tedio, separando la leche y cociendo los dulces: cocadas hirviendo en aceite con parsimonia hasta darles un color dorado. Ese aceite servía para ungir dolores y, por muchos años, fue el bronceador de los gringos y de toda la fauna playera.

Por las noches de luna, las palmeras lucen como sombras chinescas con vida propia, que bailan suavemente seducidas por los vientos del sur y dejan reflejar sus destellos sobre las pencas, como cabelleras lustrosas de mujer.

Los cocos vinieron de muy lejos. Las corrientes marinas los fueron arrojando de costa en costa, de isla en isla. Como polizontes hicieron largas travesías en el vientre de navíos errantes. Más de una vez fueron confundidos a lo lejos con náufragos después de la tormenta. Valioso tributo de isleños, fueron usados para halagar a los extraños y para avivar su codicia en la Nueva Caledonia y en la Polinesia; valiosa dote para hijos casaderos, y también en la isla de Cebú, donde encontró la muerte Magallanes poco antes de dar la primera vuelta al mundo redondo.

Por cierto, como un coco, las palmeras son los personajes centrales durante ciclones y huracanes. Ellas resisten heroicamente, exhaustas, a veces tendidas por la fuerza del viento, con sus cabelleras hasta el piso, para amanecer al día siguiente verticales y arrogantes, como si nada hubiera pasado. En este trance muchos hombres salvaron sus vidas abrazados a su tronco, resistiendo la creciente de ríos y arroyos.

Yo creo que la bíblica manzana del paraíso era una manzana de coco. Son tan frescas y jugosas, tan suaves, que resultan irresistibles.