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SERAPIO

JORGE LUIS REYES LOPEZ

El vehículo, un Sentra gris se deslizaba por el asfalto a una velocidad moderada, constante. Los cuatro pasajeros, eran empleados del gobierno estatal. Dos subdelegados de gobierno en la costa grande, el asistente del delegado y el propio titular de la oficina. Habían salido de Zihuatanejo después de desayunar. Ese día tenían una reunión con los pescadores de Petacalco, en el vecino municipio de La Unión. Al volante manejando el subdelegado Genaro Flores Martínez. En el asiento del copiloto el asistente del delegado, Alain Llamas Gutiérrez y atrás el profesor Manuel García Cabañas y el propio delegado. Parecía que al interior del auto había dos universos diferentes. Adelante la conversación era variada, ajena al propósito del viaje. Atrás los ocupantes trataban de establecer una ruta de diálogo con los pescadores. García Cabañas era el de mayor edad. El profesor había nacido en 1941. Tenía experiencia política. Durante el periodo de gobierno del médico Raymundo Abarca Alarcón, había sido presidente municipal de Atoyac, lugar donde había nacido. Era primo segundo con el guerrillero Lucio Cabañas. En el mes de mayo de 1967, un jueves por la mañana, el profesor lidió con uno de los días más difíciles de su vida: La masacre de Atoyac y el levantamiento de Lucio Cabañas.

El automóvil seguía su curso monótono. Genaro también era atoyaquense. Platicador. Buen conductor. Todos consideraban que la experiencia y la pericia del conductor les permitía viajar relajados, confiados sin sobresaltos. Estaban por llegar al entronque carretero que lleva al poblado de La Unión. Su lugar de destino estaba cerca. El reproductor de música expulsaba los acordes de un trio. El requinto armonioso y las voces cantando “Cerca del mar yo me enamoré, y como la luna, la brisa y la espuma también te besé…” Pa que se alegre el profe, dijo Genaro. García Cabañas sonrió y se acomodó sin decir palabra. El delegado pidió que se orillaran. El coche se apartó de la carretera y se estacionó a un costado. Dialogaron sobre la postura del gobierno estatal y concluyeron en que lo prudente sería escuchar a los pescadores y agendarles rápidamente una entrevista con el gobernador. Reiniciaron el viaje. El ambiente interior no había cambiado. El conductor y el copiloto seguían conversando de cualquier cosa. Los pasajeros de atrás estaban cerca del sueño. El delegado conocía sus limitaciones y sabía hasta donde podía tomar decisiones. Ahora estaban justo en el crucero de La Unión. Se redujo la velocidad antes de pasar un tope, esos que tanto abundan en la transitada carretera. Con cadencia subió y bajó el lomo de concreto que estaba a todo lo ancho de la vía. En ese preciso momento Alain miró la tarántula negra con amarilla, grande, peluda. Las tarántulas cruzando carretera, pertenecen al imaginario popular que las considera de buena suerte para quien las divisa tanto como para sus compañeros de viaje. Antes de cinco kilómetros el copiloto miró una segunda tarántula. No creo esas ocurrencias populares, pensó para sí. Lo que el delegado deseaba era una reunión sin tormenta de pasiones. Nada extraño en el horizonte. Al entrar en la curva se sintió en el coche una sacudida, como provocada por un viento fuerte. Lo que no cuadraba de la sacudida del vehículo, era la serenidad de árboles y arbustos a los lados de la carretera. Todo sucedió en segundos. El vehículo dejó de ser zarandeado, pero la maleza y el monte estaban siendo azotados por lo que parecía un furioso viento.

Los sucesos se invirtieron rápidamente a la mitad de la curva. Lo mismo sucedía dentro del auto. El delegado y el subdelegado nunca se enteraron del maltrato recibido por el carro, causado, supuestamente por el viento. Tampoco vieron árboles ni maleza sacudida por el viento. Solo el conductor y el copiloto lo vivieron. El asistente miró el asiento trasero y notando a sus ocupantes relajados, ausentes, no se atrevió a comentar nada por temor a ser mal juzgado. Sólo Genaro y él oyeron y vieron y entre ellos cruzaron una mirada cómplice, con más interrogantes que respuestas. Cielo despejado. Recta larga. Del costado derecho de la carretera sale una sombra negra y empieza a atravesar la carretera. Los cálculos de Alain eran que, debido a la distancia, a la velocidad del carro y a la aparente lentitud con la que atravesaba la sombra no se podría evitar el impacto. Luego tuvo la certeza, no supo porque, de que, aunque el conductor desbocara el auto, este jamás la alcanzaría. Genaro creyó ver una figura humana, lo más parecido a un monje con hábito. Cubierta la cabeza y parte del rostro con la capucha, que lo miraba de soslayo. ¿Viste zurdo? Preguntó al copiloto. Si respondió, pensé que era mi imaginación, que solo yo me dí cuenta. Lo que sea que fuera al terminar de cruzar la carretera se perdió. Solo el movimiento de árboles anunciaba su paso y dirección. Una bandada de zopilotes salió del monte como si alguien los hubiera asustado obligándolos a dejar la carroña. ¿Qué sucede? Preguntó el delegado. ¿No vieron nada? Brevemente los ocupantes del asiento trasero fueron puestos al tanto de los acontecimientos. El silencio invadió al vehículo. Ya no hablaron hasta llegar a su destino.

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