“La ternura es revolucionaria”: la artista que lucha contra el machismo desde el arte 

Ruth Tamayo

Zihuatanejo, Gro. — Celeste Illazki habla con la voz que se dobla, como si cada frase cargara una memoria que todavía duele. No es solo la historia de una pintora que se fue lejos para formarse; es la historia de una mujer que ha tenido que abrirse paso en un mundo que insiste en recordarle que el arte —como casi todo— sigue siendo territorio masculino.

Desde niña quiso ser artista. Lo dijo con la misma ilusión con la que hoy pinta: desde la belleza, desde la ternura, desde la convicción de que el arte puede sanar. Pero crecer, estudiar y trabajar en México le mostró pronto que la sensibilidad no siempre es virtud y que la confianza, a veces, se paga con decepciones. “Soy muy sensible y muy confiada”, reconoce. “Y a veces la gente se aprovecha de eso”.

Cuando habla del machismo, su tono cambia. No se refiere a un concepto abstracto, sino a experiencias concretas: comentarios que la reducen, sospechas que la persiguen, méritos que se le niegan. “A los hombres artistas siempre los llaman maestros”, dice. “A nosotras, ayudantes”. Y recuerda las veces que le dijeron que si logró algo fue porque “seguramente alguien quiso acostarse con ella”.

En Alemania encontró un respiro. No una igualdad plena, pero sí un espacio donde las mujeres artistas comienzan a ocupar lugares que en México aún se les niegan. Allá, dice, las mujeres se dan su lugar. Aquí, en cambio, la cultura del machismo sigue siendo una sombra que lo cubre todo: los talleres, las instituciones, los pasillos del arte, las calles donde las mujeres caminan con miedo.

Celeste no pinta desde la rabia. Pinta desde la esperanza. “La ternura es revolucionaria”, afirma. Y en sus cuadros —luminosos, suaves, casi un abrazo— intenta recordarle al mundo que todavía hay belleza posible. Que el arte puede ser refugio, puente, medicina. Evita pintar cuando está triste porque no quiere dejar que la oscuridad se quede en el lienzo, aunque reconoce que para muchos la arteterapia es justamente eso: convertir el dolor en color.

Habla de las mujeres violentadas, de las niñas abusadas, de los feminicidios que en México se han vuelto paisaje. Habla de las marchas, de las críticas, de quienes dicen que el Día Internacional de la Mujer es un show. “Marchan por las que ya no están”, responde. “Y todas hemos vivido algún tipo de violencia. Todas”.

Aun así, Celeste insiste en volver a su tierra. En traer arte, talleres, exposiciones. En abrir espacios para otras mujeres. En demostrar que el arte no es un lujo, sino una necesidad. “La cultura nos salva”, repite. Y lo dice con la certeza de quien ha encontrado en los pinceles una forma de resistir.

Este domingo presentará De ellas para ellas, un evento de creadoras mexicanas donde el escenario será tomado por mujeres: artistas, talleristas, mariachis. Mujeres que, como ella, han tenido que abrirse camino a golpes de talento y persistencia. Mujeres que vienen a mostrarle a Zihuatanejo que sí se puede.

Antes de despedirse, Celeste deja un mensaje para las mujeres de Guerrero y de cualquier parte: “Que estudien, que lean, que se informen. Que no permitan que nadie pisotee su dignidad. Venimos enteras al mundo. No necesitamos a nadie para ser valiosas”.

Y entonces, por un instante, la voz que se quiebra vuelve a ser la de aquella niña que soñaba con ser artista. La misma que hoy, pese a todo, sigue creyendo que el arte puede cambiar algo. Aunque sea un poquito. Aunque sea desde un cuadro que parece un abrazo.

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