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Editorial

Morena: una elección cerrada

La elección para presidente de Morena puso de mal humor al Presidente López Obrador. Cuentan los que estuvieron en ese encuentro, que regañó a los superdelegados por usar sus atributos y los programas sociales para operar dentro de la elección del partido.

Lo que sorprende es que le sorprenda, que espere algo distinto de una estructura política que él mismo creó para favorecer a los candidatos de Morena. Si la decisión fue poner a operadores políticos al frente del manejo de los programas sociales en cada estado, si optó por los más grillos y no por los más técnicos, el resultado esperado es que hicieran grilla, no un manejo pulcro y sistemático de los programas.

¿Se le está haciendo bolas el engrudo al presidente en Morena? Definitivamente nadie esperaba los niveles de violencia y mano negra que hemos visto en las jornadas de selección de representantes a la asamblea.

El memorándum ordenando que nadie se meta desde el gobierno a operar elecciones, que es el equivalente el regaño de “fuchi-guácala” y “sicarios háganles caso a sus mamás”, tiene por objeto mandar una señal de advertencia, poner límites y recordar que siempre es posible el rebosazo.

Todos saben, pero el Presidente más que ninguno, que hoy por hoy Morena es López Obrador y López Obrador es Morena. No hay otra definición posible. El partido sin el Presidente es un cascarón vacío, hueco e inservible, de ahí la amenaza permanente de López Obrador de que, si las cosas en el partido no caminan o comienzan a estorbarle en su proyecto, lo deja.

Por supuesto, estamos muy lejos de que eso suceda. Antes está la intervención del Presidente para poner a todos en orden y decidir, como ya lo sugirió, por la vía de encuestas (esas que solo las conoce su dedito). La pregunta es quién es el que más le conviene al Presidente en esta coyuntura.

El encono mayor está entre el grupo de Bertha Luján y el de Yeidkol Polensky. La primera representa un proyecto mucho más ideológico y tiene de su lado al operador de los padrones de los programas sociales, Gabriel García.

 La segunda representa el pragmatismo puro y duro, la máquina electoral, la rentabilidad no importa cómo ni de donde vengan los candidatos. El tercero en discordia es Mario Delgado, apoyado por los políticos más hechos del partido y que representa la posibilidad de mostrar una cara presentable, de mayor solidez intelectual.

El problema es que ninguna de las tres corrientes por si sola tiene futuro. En cualquiera que sea el proyecto político los tres necesitan a los otros dos y el Presidente lo sabe mejor que nadie. Su tarea será acomodarlos. Conseguir la comunión en un partido que, pese a su corta edad, ha manifestado muchas mañas, se ve una tarea, cuando menos, muy compleja.

Cuanto más avanza la contienda al interior de Morena más convencido estoy de que será una elección cerrada, que al final se decidirá por un solo voto: el de López Obrador.

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